Contemplación: ¿Qué hay en un nombre?

por .famvin | Abr 24, 2026 | Contemplación SSVP USA, Formación, Sociedad de San Vicente de Paúl | 0 comentarios

Este artículo apareció originalmente en ssvpusa.org

«Aquello que llamamos rosa —lamenta Julieta—, con cualquier otro nombre olería igual de dulce». Ella conoce el corazón de Romeo y sabe que es únicamente por su nombre que su propia familia lo rechaza, y solo a causa de su nombre ni siquiera escucharán su súplica en su favor. Su nombre, por supuesto, estaba asociado a una larga enemistad entre familias; pero, de manera similar, todos los nombres pueden influir en cómo nos perciben los demás. Realmente no podemos controlar los nombres que se nos han dado —al menos no con facilidad—, pero sí podemos ser reflexivos respecto a los nombres que utilizamos para describir a los demás, a fin de no afectar negativamente la forma en que incluso nosotros mismos los vemos.

En el trabajo social, el término habitual para referirse a las personas que reciben ayuda es «cliente»; sin embargo, en la labor de la Sociedad, esta sería precisamente la palabra equivocada, no más precisa que llamarlos «pacientes» o «clientes comerciales». Además, dado que nuestra labor podría describirse con bastante acierto como «adyacente al trabajo social», el uso de este término genera una impresión errónea, no solo acerca del vecino, sino también acerca de nosotros mismos. Nos sitúa en una posición de poder, y al vecino, en la de alguien que meramente recibe servicios.

En aquellas primeras visitas domiciliarias, los jóvenes entregaban alimentos y leña a los pobres de su vecindario; sin embargo, ese nunca fue verdaderamente el propósito. El pan y la leña ayudaban a mitigar algunas carencias, pero lo que ellos buscaban compartir realmente era el amor, a imitación de Jesús. Nunca se trató de la leña, y nosotros no somos «meros trabajadores sociales».

Nuestra Regla nos convoca a forjar «relaciones basadas en la confianza y la amistad» con todos aquellos a quienes servimos, y a «comprenderlos como lo haríamos con un hermano o una hermana». [Regla, Parte I, 1.9] La mayoría de nosotros tenemos amigos, hermanos o hermanas; y, por muy desesperadas que sean sus circunstancias, si nos piden ayuda, no por ello se convierten en «clientes». Jamás se nos ocurriría emplear ese término, no porque haya algo intrínsecamente malo en él, sino porque no describe con exactitud a nuestros amigos ni —lo que tal vez sea aún más importante— a nosotros mismos.

Por mucho que Julieta hubiera deseado que no fuera así, hay mucho, en verdad, en un nombre.  «Amigo», «vecino», «hermano» y «hermana» no son eufemismos; describen no solo a aquellos a quienes servimos, sino también nuestra relación con ellos. Buscarás en vano a través de todas las páginas de nuestra Regla, de nuestro Manual y de la Sagrada Escritura para encontrar la palabra «cliente»; sin embargo, no necesitas leer más allá del Mandamiento Principal para saber que estamos llamados a amar a nuestro prójimo.

Términos clínicos o burocráticos como «cliente», «NIN» o «FIN» no son los nombres que utilizamos para describir a amigos y vecinos; y mucho menos son los nombres que usamos para describir a Aquel a quien vemos en los pobres, a Aquel que nos dijo que lo encontraríamos allí, a Aquel que nos visitó en nuestro hogar, a Aquel que llevó el Nombre que está por encima de todo nombre.

Contemplación

¿Mantengo siempre la relación con el prójimo como prioridad en mi mente, en mi corazón y en mi lenguaje?

Por Timothy Williams
Director Senior de Formación y Desarrollo de Liderazgo
Sociedad de San Vicente de Paúl USA.


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