“Que no pierda nada de lo que me dio…”
Hch 8, 1-8; Sal 65; Jn 6, 35-40.
Por la persecución se dispersa la Iglesia, pero el Evangelio no sé encierra. Felipe llega a Samaría, anuncia a Cristo y la ciudad se llena de alegría. La Pascua convierte en lo que parecía derrota en misión; Dios saca vida de lo que nos hiere.
Jesús declara: “Yo soy el pan de vida”. Y promete: quien viene a Él no será rechazado.
En un mundo donde muchos son excluidos, esta palabra es pura esperanza. Cristo no descarta; acoge y levanta.
Nosotros también podemos acercarnos a Dios, pero con el corazón duro: queremos bendición, pero no conversión; queremos a Dios, pero no al hermano. La Pascua nos llama a unir la fe y la vida. Hoy también hay “Samarías”: lugares y personas etiquetadas, rechazadas, consideradas de segunda. La Pascua nos pide cruzar fronteras, acercarnos al diferente, escuchar al herido. No se anuncia al Resucitado desde la comodidad.
Las obras del Señor son admirables cuando un corazón se convierte y una comunidad se abre. Que nuestra fe no sea teoría, sino pan compartido, mano tendida, palabra que consuela. Si la Pascua es real, se nota en cómo tratamos al que sufre.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: P. Edder Oswaldo Triana Alcocer C.M.








0 Comentarios