Una de las características más distintivas de la espiritualidad vicentina es su naturaleza eminentemente física: «amamos a Dios con la fuerza de nuestros brazos». [CCD XI:32] Comprender esto nos ayuda a entender cómo el propósito primordial de nuestra Sociedad puede ser nuestro crecimiento en santidad, mientras que, simultáneamente, nuestra actividad principal es el servicio personal y directo a los pobres. Sin embargo, nuestra vocación no se caracteriza por la contemplación o la acción, sino por la contemplación y la acción. No servimos a los pobres a expensas de la oración y la reflexión, sino como una forma de oración y como nuestra práctica espiritual más central.
Es por ello que el Beato Frédéric explicó en una ocasión que, al ver al pobre ante nosotros, debemos «arrojarnos a sus pies y decir, con el Apóstol: *Tu es Dominus et Deus meus*» [137, a Janmot, 1836]. Esta es también la razón por la que reconocemos que nuestra vocación consiste en nuestra formación, en todas sus dimensiones. Amamos a Dios —tal como nos lo ordena Cristo— con todo nuestro corazón, comprometidos a hacer que nuestro servicio no sea solo algo que *hacemos*, sino algo que *somos*; con toda nuestra mente, comprometidos a aprender todo aquello que nos ayude a servir; con todo nuestro espíritu, comprometidos a acompañarnos mutuamente en la oración y la reflexión; y —como nos recuerda San Vicente— con toda nuestra fuerza, comprometidos a actuar, a sudar y a trabajar para la gloria de Dios al servicio de Sus pobres.
Los vicentinos, pues, no rezan para luego dejar la oración a un lado y dedicarse a servir. No estudiamos, leemos ni asistimos a capacitaciones para adquirir habilidades que sean ajenas a nuestro llamado a servir a Cristo. No crecemos reflexionando juntos únicamente sobre palabras, sino también sobre nuestras propias acciones al servicio de los pobres. Nuestra formación, al igual que nuestra vocación, abarca cada momento de nuestras vidas [Regla, Parte I, 2.6] y cada parte de nuestra persona: corazón, mente, espíritu y fuerza.
Aunque a menudo se utilicen de ese modo, la capacitación y la formación no son sinónimos; pues, si bien toda capacitación es siempre una forma de formación, la formación es algo mucho más amplio y profundo que la mera capacitación. Es por esto que los Consejos cuentan con equipos de formación, responsables no meramente de la capacitación, sino de una formación fundamentada en nuestra espiritualidad y que abarque todos los aspectos de nuestra vocación; esto incluye la necesaria oración, reflexión y el compartir que nos ayudan a vivir como una comunidad de fe, creciendo juntos en santidad. No son estos equipos quienes nos forman, sino que dirigen o facilitan todos los aspectos de nuestra formación, ayudándonos a mantenerlos integrados y armoniosos, y capacitándonos para ayudarnos mutuamente en nuestra formación.<
Una espiritualidad holística exige una comprensión holística de la formación, la cual no comienza ni termina con un solo elemento. Servimos para llegar a ser. Oramos para llegar a ser. Estudiamos para llegar a ser. Amamos para llegar a ser. Buscamos seguir a Cristo plenamente, en todos los ámbitos de nuestra vida, para así llegar a ser como Él: perfectos.
Contemplación
¿Permito a veces que mis obras me distraigan de mi crecimiento espiritual, en lugar de nutrirlo?
Por Timothy Williams
Director Senior de Formación y Desarrollo de Liderazgo
Sociedad de San Vicente de Paúl USA.









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