¡Lázaro, sal fuera!
Una imagen que puede suscitar cierto temor es la de una tumba. Presente en escenarios de Halloween y en películas de terror, sugiere cosas como oscuridad y encierro.
Una tumba ocupa un lugar muy central en el evangelio de Juan: la de Lázaro. Marta, María, la multitud y un Jesús profundamente conmovido se han reunido en aquel lugar. Después de decir a los presentes que retiren la piedra del sepulcro, Jesús habla en voz alta a su Padre. Y luego, con un tono aún más firme, pronuncia aquellas palabras tan conocidas: «¡Lázaro, sal fuera!». Aquí está Jesús, en plena comunión con su Padre, llamando hacia el interior de una tumba y devolviendo la vida a un hombre muerto.
Este milagro ha resonado en muchos creyentes, especialmente cuando se sienten atrapados en situaciones sin esperanza.
En esos momentos, los seguidores de Jesús han recurrido a una práctica conocida como oración de la imaginación, visualizándose a sí mismos como parte de esta escena junto a la tumba de Lázaro.
Estando allí con los demás, ¿puede la persona escuchar la voz de Jesús mientras habla con su Padre? Y luego, acoger el grito de Jesús: «¡Sal fuera, Lázaro!». Sal fuera de todo aquello que me mantiene atado —o de cualquier situación sin salida que esté ocurriendo en el mundo que me rodea—. Este milagro ha resonado en muchos creyentes, especialmente cuando se sienten atrapados en situaciones sin esperanza.
A lo largo de los siglos, innumerables creyentes que sufrían y se sentían como sepultados han hecho precisamente esto: entrar con la imaginación en este escenario tan sobrecogedor y escuchar la voz sanadora del Salvador que les habla con fuerza —y también a nosotros—. No hay garantía de que la situación se resuelva inmediatamente. Pero la persona que ora de este modo puede crecer en confianza en la presencia que da vida y que el Señor Jesús lleva a todas las circunstancias de la existencia.
¿Y no ha sido precisamente esta oración confiada una característica propia de la Familia Vicenciana desde siempre, cuando se ha adentrado en tantas situaciones semejantes a tumbas entre los pobres? En esos momentos, ¿no ha sido ese servicio vicenciano como un eco de la llamada poderosa del Señor: «¡Sal fuera, Lázaro!»?
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