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Evangelio y Vida para el 12 de abril de 2026
“Estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo”
Hch 2, 42-47; Sal 117; 1Pe 1, 3-9; secuencia; Jn 20, 19-31.
En la tarde del primer día, los discípulos están encerrados por miedo. Afuera hay amenazas; adentro, culpa y confusión. Y Jesús entra con una palabra que no acusa: “La Paz esté con ustedes”. La Pascua comienza así: la misericordia rompe el encierro.
La primera comunidad, según los Hechos, persevera en la enseñanza, en la fracción del pan y en la comunión. Allí donde el Resucitado vive, nace un estilo nuevo: compartir, sostenerse, cuidar al más frágil. No es romanticismo; es conversión concreta.
Tomás duda, como dudamos nosotros cuando el dolor se repite: violencia, injusticia, familias heridas, jóvenes sin futuro. Jesús no lo ridiculiza; le muestra las llagas. La misericordia no niega las heridas, las ilumina.
Hoy la Iglesia celebra la Divina Misericordia para recordarnos que Dios no se cansa de perdonar y de rehacer. Pero esa misericordia nos compromete: no podemos pedirla y al mismo tiempo despreciar, excluir o guardar rencor. Creer en él Resucitado es aprender a perdonar, a reconstruir la paz y a ser comunidad que abra puertas. Así se hace creíble el testimonio de fe en un mundo cansado de promesas vacías.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: P. Edder Oswaldo Triana Alcocer C.M.
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