Contemplación: Nuestro juicio confiado
En nuestras visitas domiciliarias, la Regla insiste en que no juzguemos a aquellos a quienes servimos, sino que procuremos comprenderlos como lo haríamos con un hermano o una hermana. [Regla, Parte I, 1.9] Motivados únicamente por el amor, esto parece fácil; al menos hasta que nos damos cuenta de que también debemos lidiar con las exigencias de la rendición de cuentas y la prudencia en el uso de los fondos que tan generosamente se nos han donado. No juzgamos al prójimo, pero debemos emitir un juicio práctico sobre lo que es posible y lo que es apropiado; y resulta muy fácil cuestionar nuestro propio juicio.
La manera más sencilla de evitar emitir cualquier juicio es pasar el tiempo de la visita rellenando todas las casillas de un largo formulario o cuestionario, en un intento fútil de obtener «la historia completa», o de crear un diagrama de flujo virtual que nos indique si la asistencia está justificada. De este modo, por mucho que nuestro corazón nos impulse en la dirección opuesta, siempre podemos señalar nuestros portapapeles, encogernos de hombros y consolarnos pensando que tenemos las manos atadas. «Nuestra dolencia —dijo Vicente— es que no confiamos en Él, sino que recurrimos a la prudencia humana». [CCD XII:104]
Por supuesto, siempre intentamos comprender mejor la situación del prójimo, y a veces eso implica formular preguntas que, en cualquier otra circunstancia, podrían parecer indiscretas. Sin embargo, lo que buscamos evitar es encajar a la fuerza cada historia dentro de un esquema predefinido, lo cual nos llevaría —como si «la única herramienta que [tenemos] fuera un martillo»— a tratar todo «como si fuera un clavo». [Maslow, *Science*, 15] Este enfoque solo sirve para eludir la responsabilidad de reflexionar —y sentir— las cosas en profundidad, juzgando cada necesidad por sus propios méritos.
El Beato Frédéric nos ofrece el camino más práctico y eficaz, recordándonos que «en una obra como esta es necesario abandonarse a las inspiraciones del corazón más que a los cálculos de la mente. La Providencia ofrece su propio consejo a través de las circunstancias que os rodean y de las ideas que os inspira. Creo que haríais bien en seguirlas libremente y no ataros con reglas y fórmulas». [82, a Curnier, 1834]
Podemos anotar toda la información que queramos, y aun así nunca —en una sola visita domiciliaria— llegaremos a conocer «toda la historia»; ni tampoco es necesario que lo hagamos. El Manual incluso aclara que «debemos tener cuidado de registrar únicamente aquello que sea esencial para servir [al prójimo]». [Manual, 21] No estamos allí para auditar libros, para inventariar vidas, para asignar culpas ni para buscar fallas en el relato. Como nos recuerda San Vicente, debemos «adquirir el hábito de juzgar los acontecimientos y a las personas, siempre y en toda circunstancia, favorablemente». [CCD XI:638]
Al evaluar la necesidad, siempre es preferible inclinarse hacia la generosidad y conceder al prójimo el beneficio de la duda. Sin embargo, por intimidante que pueda parecer confiar en nuestro propio juicio, no debemos temer excesivamente equivocarnos; confiemos, más bien, en que el Dios que nos llamó a esta obra guiará tanto nuestro discernimiento como nuestra misericordia para hallar la mejor manera de ayudar.
Contemplación
¿Me muestro a veces indeciso en mi generosidad, por sentir que no tengo suficiente información?
Por Timothy Williams
Director Senior de Formación y Desarrollo de Liderazgo
Sociedad de San Vicente de Paúl USA.
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