Desde un punto de vista vicenciano: Una buena conciencia

Pat Griffin, CM
27 marzo, 2026

Desde un punto de vista vicenciano: Una buena conciencia

por Pat Griffin, CM | Mar 27, 2026 | Patrick J. Griffin, Reflexiones | 0 comentarios

Todos hemos escuchado la expresión: «Deja que tu conciencia sea tu guía». La insistencia habitual de san Vicente en la importancia de un buen examen de conciencia ciertamente recoge el espíritu de esa exhortación. El tiempo de Cuaresma ofrece una valiosa oportunidad para considerar y promover una conciencia bien formada.

En el documento del Concilio Vaticano II Gaudium et Spes encontramos una profunda reflexión sobre el significado de la conciencia:

En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. (GS 16)

Entre las maravillosas enseñanzas que pueden descubrirse en este texto, hay una frase que capta especialmente mi imaginación y mi atención. El documento describe la conciencia como el núcleo secreto y el santuario de la persona, donde está «a solas con Dios».

La experiencia de Adán y Eva en el Jardín nos invita a reflexionar sobre lo que significa estar «a solas con Dios». En ese lugar que el Señor ha creado para ellos, se apartan de la indicación de Dios. Después, intentan esconderse. Pero Dios los busca y los encuentra. Y deben afrontar las consecuencias de su decisión. No pueden ocultarse de Aquel que los ha llamado a la existencia. La historia de nuestros primeros padres reúne muchos de los elementos importantes de la conciencia moral: nuestra libertad, nuestra responsabilidad en las decisiones y las consecuencias que se derivan de nuestras elecciones. En este contexto, permanecemos ante nuestro Dios tal como somos.

Para mí, quizá el relato más elocuente del Nuevo Testamento que enseña sobre la conciencia y el estar a solas con Dios es el del «buen ladrón», crucificado junto a Jesús (Lc 23,39-43). En la cruz, este hombre desgraciado examina su propia conciencia. Reconoce haber obrado mal y acepta la justa consecuencia de su acción. Y se vuelve hacia Jesús para pedir perdón y reconciliación. Escuchar sus palabras llenas de sinceridad es escuchar nuestra esperanza más profunda: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino». Entonces el Señor pronuncia esas palabras que reflejan la actitud de un Dios que continuamente nos llama de nuevo a su Presencia divina cuando asumimos la responsabilidad de nuestros actos: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso».

Desde la posición de la verdad, el buen ladrón se vuelve hacia Jesús y le pide misericordia. Y Jesús responde sin vacilar ni poner condiciones. Este hombre vivirá con Dios para siempre y encontrará su plenitud en Aquel que lo ama. ¿Qué más se puede pedir a la formación de una conciencia moral que este tipo de conversión personal que nos conduce hacia Dios, nuestro verdadero destino?

Que nuestra conciencia sea nuestra guía.


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