Te invitamos a descubrir a través de sus escritos al beato Giacomo Cusmano (1834–1888), presbítero que fundó las congregaciones de los Siervos y Siervas de los Pobres, y se destacó por su caridad hacia los necesitados y enfermos.
Giacomo Cusmano escribió numerosas cartas, homilías y notas espirituales en las que descubrimos a una persona que vivió una espiritualidad centrada en la caridad activa, viendo en cada pobre el rostro de Cristo; por ello, no solo socorría a los necesitados con sus propios bienes, sino que también organizó la obra del “Boccone del Povero” [el bocado del pobre], que movilizó a la comunidad para llevar alimento a los más desamparados.
Texto de Giacomo Cusmano:
Nuestra Caridad debe ser sin límite, como sin límite fue la Caridad del buen Jesús, el cual, como verdadero Buen Pastor, derramó toda Su sangre y entregó Su misma vida por todas las almas.
La caridad sin límites abraza a todo el hombre, desde la cuna hasta la tumba, y no se limita solo a las obras espirituales, sino que incluye también las corporales.
– Giacomo Cusmano, Boccone spirituale, 10 de julio.
Comentario:
El beato Giacomo Cusmano nos invita aquí a contemplar la caridad sin límites de Cristo como modelo absoluto para nuestra propia caridad. Cuando pensamos en los gestos de Jesús, no podemos reducirlos a un simple compendio de palabras o acciones puntuales: Él entregó la totalidad de sí mismo, hasta el derramamiento de Su sangre en la cruz, hasta dar la vida entera por todos. Ese amor radical, desbordante, total, es el que Cusmano propone como medida de nuestro amor.
No es fácil escuchar estas palabras, porque nos sitúan frente a una exigencia que parece desmesurada: amar como Cristo amó, sin límites, sin condiciones, sin exclusiones. Pero el Evangelio es así: no propone la mediocridad, sino la plenitud; no se conforma con una caridad selectiva, sino que llama a una caridad universal.
Cusmano evoca la imagen del Buen Pastor que da la vida por sus ovejas (Jn 10,11). Jesús no se reserva nada para sí, no protege su seguridad ni se aferra a sus privilegios: se expone hasta la muerte por las ovejas. Es un amor sin medida, porque no mide lo que da, sino que se entrega por entero.
Cuando contemplamos esta caridad absoluta, comprendemos que todo nuestro modo de amar está llamado a dejarse transformar por ella. No se trata de amar hasta donde resulte cómodo, ni hasta el límite de lo soportable, sino de dejar que el amor crezca más allá de nuestras barreras, de nuestras excusas, de nuestros cálculos.
El beato añade que la caridad sin límites “abraza a todo el hombre, desde la cuna hasta la tumba”. Es decir, la caridad debe estar presente en todas las etapas de la vida, desde el inicio hasta el final, acompañando cada situación, cada circunstancia, cada edad. El amor cristiano no se restringe a un momento, a una condición, a un tipo de persona: alcanza a todos, en toda situación.
Esto nos recuerda que la caridad no puede tener fronteras: no solo se dirige a los niños o a los ancianos, no solo a los pobres materiales o a los pobres espirituales, no solo a los de nuestra comunidad o cultura. La caridad de Cristo es universal, y por tanto, la nuestra también debe serlo.
Además, esta amplitud temporal —“desde la cuna hasta la tumba”— nos invita a reconocer que la caridad se adapta a las necesidades concretas de cada momento de la vida. Al niño se le cuida y se le educa, al joven se le acompaña en sus decisiones, al adulto se le sostiene en sus luchas, al anciano se le brinda respeto y ternura. La caridad sin límites sabe atender a cada uno según lo que necesita, sin imponer condiciones ni uniformidades.
Cusmano subraya que la caridad no se limita a las obras espirituales, sino que incluye también las corporales. Aquí se percibe la riqueza de la tradición cristiana, que siempre ha entendido la caridad como un amor integral que cuida tanto el alma como el cuerpo.
En la historia, ha habido tentaciones de reducir la caridad a lo espiritual —“rezar por los pobres, aconsejar a los pecadores, corregir al que yerra”— o a lo material —“dar pan, ropa, techo”—. Pero el Evangelio exige ambas dimensiones, porque el ser humano es cuerpo y alma, y necesita ser amado en su totalidad.
El beato nos recuerda que Jesús no solo predicó, sino que alimentó a las multitudes; no solo consoló, sino que curó enfermedades; no solo anunció el Reino, sino que lloró con los que lloraban. La caridad de Cristo es integral, y así debe ser la nuestra.
¿Por qué Cusmano insiste en que la caridad debe ser sin límites? Porque sabe que nuestra tendencia es poner límites. Limitamos la caridad al tiempo que nos sobra, al dinero que no necesitamos, a las personas que nos caen bien, a las causas que nos interesan. Limitamos el amor con excusas: “no puedo con todos”, “no es mi responsabilidad”, “ya hago bastante”.
Y sin embargo, el Evangelio rompe estas fronteras. No se trata de hacer todo ni de resolver todo, sino de tener un corazón abierto que no excluye a nadie. Una caridad sin límites no significa abarcarlo todo de manera imposible, sino estar siempre dispuestos a dar un paso más, a no cerrar nunca la puerta, a no dejar de intentar amar.
La caridad ilimitada de la que habla Cusmano no es abstracta ni difusa. Es una caridad que se traduce en gestos concretos: acompañar al enfermo, alimentar al hambriento, enseñar al ignorante, escuchar al que sufre, corregir al que se equivoca, rezar por todos. Cada gesto de amor, por pequeño que sea, se convierte en participación en esa caridad sin límites de Cristo.
Cusmano mismo lo vivió en su obra del Boccone del Povero: desde dar un simple bocado de pan hasta organizar instituciones estables para sostener a miles de necesitados. La caridad ilimitada no comienza con grandes proyectos, sino con pequeños gestos que, unidos y constantes, se convierten en un río de misericordia.
En nuestro mundo, hablar de caridad sin límites parece casi imposible. Estamos rodeados de fronteras: sociales, económicas, culturales, políticas. La tentación es encerrarnos en nuestra burbuja, amar solo a los cercanos, preocuparnos solo por los nuestros. Pero Cusmano nos recuerda que la caridad de Cristo no conoce fronteras, y que el cristiano está llamado a superar toda exclusión.
Hoy, esa caridad sin límites se hace visible en quienes acogen al migrante, en quienes acompañan al enfermo terminal, en quienes defienden la dignidad de los no nacidos y de los ancianos, en quienes trabajan por la justicia desde la fe. No se trata de ideologías, sino de un amor que abraza toda la vida y a toda persona.
La caridad sin límites no solo ayuda al otro, sino que transforma al que ama. Cuando amamos sin condiciones, nuestro corazón se dilata, nuestra fe se fortalece, nuestra esperanza crece. Descubrimos que no damos desde nuestra riqueza, sino desde nuestra pobreza; que no ayudamos “desde arriba”, sino que nos encontramos “en el mismo nivel” con el otro. Esa experiencia nos configura con Cristo, que se hizo pobre por nosotros.
En definitiva, Cusmano nos recuerda que el único límite del amor cristiano es no poner límites. La caridad de Cristo es el horizonte, y hacia allí caminamos, aunque siempre conscientes de nuestras fragilidades. El Señor no nos pide lo imposible, sino abrir el corazón cada día un poco más, hasta que nuestro amor se acerque, aunque sea humildemente, al suyo.
Sugerencias para la reflexión personal y diálogo en grupo:
- ¿Pongo límites a mi caridad? ¿A quién excluyo de mi amor?
- ¿Concibo la caridad como algo integral, que atiende al cuerpo y al alma de la persona?
- ¿Me dejo transformar por el amor sin límites de Cristo, o sigo calculando lo que doy?
Oración:
Señor, tu Caridad no conoce fronteras,
se derrama sin medida,
se entrega hasta la sangre,
se ofrece en la vida entera.
Enséñame a amar como Tú amas,
sin cálculos ni reservas,
sin exclusiones ni condiciones.
Haz que mi caridad abrace a toda persona,
desde la cuna hasta la tumba,
en el cuerpo y en el espíritu,
en la necesidad visible y en la oculta.
Que mi amor sea concreto,
hecho de gestos sencillos y fieles,
de pan compartido,
de escucha atenta,
de oración constante.
Que cada día mi corazón se dilate más,
hasta reflejar, aunque sea en parte,
la inmensidad de tu Amor sin límites.
Amén.








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