Desde un punto de vista vicenciano: La homilía

por | Mar 13, 2026 | Patrick J. Griffin, Reflexiones | 0 Comentarios

En la reunión de este año con los sacerdotes de Roma, el papa León habló sobre el uso de la Inteligencia Artificial —la omnipresente IA— en la preparación de las homilías. En lugar de repetir las advertencias del Santo Padre, quiero subrayar lo que puede aprenderse de su enseñanza acerca de la dinámica y del contenido que deberían caracterizar la predicación ofrecida al Pueblo de Dios. Destacaré tres elementos.

En primer lugar, el Papa subrayó que los sacerdotes deben implicarse en “conocer verdaderamente a la comunidad… a la que están llamados a servir”. Las personas cambian; las situaciones de la vida varían; la economía, la política y las circunstancias familiares están en constante transformación. Para predicar a quienes han sido confiados a su cuidado, un sacerdote debe conocer a su gente. Sin esta comprensión, sus palabras sobre el Evangelio estarán dirigidas a una comunidad ajena. Yo celebro habitualmente la Eucaristía cada domingo en uno (o más) de tres lugares. Uno es la Universidad de St. John; otro es un convento de hermanas jubiladas; y otro es una iglesia parroquial. Las personas que desean escuchar y aprender de la Palabra de Dios en cada uno de esos lugares son distintas. No se necesita una homilía completamente diferente, pero sí una que tenga en cuenta sus historias y reconozca lo singulares que son. Sí, un sacerdote debe conocer a su comunidad para predicar de un modo valioso que se dirija a su realidad particular.

En consonancia con esto surge la necesidad de que el sacerdote dirija sus palabras a la “vida real” y no solo a algún mundo imaginado. ¿Cómo debe escucharse el Evangelio de manera que responda a las necesidades y valores actuales? ¿Cuándo, cómo y dónde aborda la experiencia vivida y la enseñanza tal como son acogidas según la fe de su ministro? León escribe: “Podemos ofrecer un servicio inculturado en el lugar, en la parroquia donde estamos trabajando; la gente quiere ver tu fe, tu experiencia de haber conocido y amado a Jesucristo”. El sermón debe tener un origen y una aplicación tanto pastorales como personales.

En segundo lugar, la homilía debería brotar de la formación del sacerdote y de la aplicación de su comprensión a la Palabra de Dios que se proclama. El Santo Padre escribe acerca del proceso de creación del sermón: “El cerebro necesita ser utilizado, nuestra inteligencia debe ejercitarse”. Si el clero no pone en juego su esfuerzo intelectual y espiritual, alimentado por el estudio y la reflexión, el mensaje se atrofiará. La enseñanza se debilitará en lugar de fortalecerse y centrarse. Una de las obras fundamentales que Vicente de Paúl encomendó a su comunidad fue la formación de los sacerdotes. Vicente sabía que el pueblo no estaba siendo suficientemente servido por ministros que tenían demasiado poca formación y estudio. Por el bien del pueblo de Dios, se implicó en el trabajo de los seminarios.

He aquí un último punto, aunque probablemente el primero en importancia: la homilía debe brotar de la fe del sacerdote y expresarla. Debe nacer de la reflexión y de la oración; debe alimentarse en ese ambiente. El papa León enseña que una homilía debería expresar el “tiempo pasado con el Señor”, que fluye de una “vida auténticamente enraizada en el Señor” (así, se puede apreciar que un documento creado por una máquina no puede participar en esta realidad).

La fe personal del sacerdote debería encontrar expresión en sus palabras. La homilía debería ser una creación que brote de su mente y de su corazón —una que encuentre expresión en sus acciones—. Si, de hecho, el sermón es la tarea más importante de un sacerdote en la preparación para la celebración dominical, debe expresar quién es él, qué espera y cómo Dios ha estado hablándole. La preparación y la proclamación de una homilía es una participación en el acto creativo de Dios, que elige revelarse a sí mismo a través de la Iglesia y de sus ministros humanos.

Naturalmente, siempre hay que reconocer el papel del Espíritu Santo tanto en la proclamación como en la escucha de una homilía. Sería provechoso buscar en los escritos de Vicente de Paúl su insistencia en “predicar el Evangelio a los pobres” y en cómo debería ejercerse esta predicación.

El Santo Padre convoca a quienes tienen el privilegio y la responsabilidad de proclamar el Evangelio a implicarse profunda y personalmente en este esfuerzo, a asumirlo como una tarea sagrada. Es una bendición tanto para el ministro como para la comunidad a la que sirve.

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