“No nos trates, Señor como merecen nuestros pecados”
Dn 9, 4 -10; sal 78; Lc 6, 36-38.
Esta semana hablaremos de la misericordia. Tanto la pedimos y quizá poco la practicamos. Más aún, es la exhortación a asemejarnos al Padre. Ser misericordiosos lo aprendemos de Dios. Aunque nuestra humanidad tenga sus resistencias y se encierre en el dolor para tener un caparazón duro. No queremos que nos dañen, insulten o destruyan.
Para muchos de nosotros practicar la misericordia resulta poco habitual, llega a ser incluso extraño. Sin embargo, la solemos pedir de manera directa o indirecta en muchas de nuestras experiencias.
Sobre todo cuando nos hemos equivocado de manera grave; cuando hemos actuado sin medir las consecuencias. Si esto nos sucede con nuestros compañeros de vida, familiares o vecinos, también, nos podría
pasar lo mismo con Dios, le pedimos, cuando no hasta le exigimos para que perdone a quienes amamos, y que castigue a quienes nos han dañado. La palabra de Dios nos llama a mirar la necesidad de abrirnos a su misericordia y también, pedir por aquellos que necesitan amor, por los hombres que a causa del pecado social se han perdido.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: P. José Alfredo Delgadillo Padilla C.M.









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