Lucientes y ardientes como el sol
De Jesús es la gloria del que es el solo Hijo del Padre. Los que se quedan con Jesús logran tener rostros lucientes y corazones ardientes.
Se vuelven lucientes el rostro y el vestido de Jesús al transfigurarse él delante de Pedro, Santiago y Juan. ¿Son los tres del círculo íntimo de discípulos y, por lo tanto, privilegiados? O, ¿acaso son los que más necesitan que se les confirme la fe? Pues, más que nadie, no pueden cargar con el anuncio de la pasión (Mt 16, 22; Mc 10, 35-37). Mas privilegiados o lentos para comprender igual les hace bien vislumbrar la gloria a la que llevará la pasión.
Pues prever aun de modo fugaz tal gloria da fuerzas a los que toman parte en los duros trabajos del Evangelio. Sí, los con previsión del premio final se mantienen constantes y lucientes. Y hasta se disciplinan.
Y no hay que tomar a la ligera lo duro que es recorrer pueblos y aldeas para hacer el bien. Es decir, para enseñar, como Jesús, predicar la Buena Noticia del reino y curar a los enfermos y los afligidos.
Por una parte, recorrer pueblos y aldeas quiere decir renunciar a las seguridades y las comodidades de la propia tierra. Y confiar, como Abrahán, en la bondad de Dios, y su providencia, y en la buena voluntad de la gente.
Por otra parte, pasar haciendo el bien es exponerse a conflictos (SV.ES I:143). No, no hay duda de que les costará a los discípulos seguir a Jesús.
A lo mejor, al igual que su Maestro, habrán también de entregar su cuerpo y derramar su sangre. Pero la visión de la gloria final los llenará de luz y esperanza. Superarán así las dificultades y los obstáculos y quedarán lucientes. Y arderán sus corazones cuando escuchen las palabras del que cumple la ley y los profetas.
Señor Jesús, haz que queden lucientes y ardientes los que sirven al Padre y al prójimo (SV.ES VI:370). Y concédeles bajar de la montaña. Lograrán así desmentir el dicho de Karl Marx que la religión es el opio del pueblo.
1 Marzo 2026
Domingo 2º de Cuaresma (A)
Gén 12, 1-4a; 2 Tim 1, 8b-10; Mt 17, 1-9
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