Santa Luisa de Marillac es presentada con frecuencia como una mujer muy ansiosa e insegura, que se altera con facilidad y es indecisa, y que necesita una guía constante de san Vicente de Paúl. Sin embargo, Luisa era una líder nata, un don que Vicente reconoció desde el primer momento. Estaba bien formada en teología, poseía una espiritualidad profunda y mística, escribía hermosamente sobre la fe y ejerció como guía espiritual de muchos, especialmente de las Hijas de la Caridad. Según el Derecho Canónico, fue Vicente quien fundó formalmente a las Hijas, pero sabemos por su correspondencia que la compañía fue, en su origen, la visión de Luisa, la cofundadora. Entonces, ¿por qué seguimos escuchando esa caracterización engañosa?
La respuesta, como ocurre con tantos juicios erróneos que hacemos sobre las personas con las que nos encontramos, se halla en el contexto. Luisa y Vicente intercambiaron muchas cartas a lo largo de sus 35 años de relación. Fueron verdaderamente amigos, con un profundo respeto mutuo. Su correspondencia trataba a menudo de los “asuntos” de sus muchas obras de caridad, pero las cartas que más nos conmueven, y que parecen revelar más de la personalidad de ambos, no son las que intercambian dos líderes de comunidades religiosas, sino las que se escriben Luisa y su Director Espiritual.
En una relación con un Director Espiritual revelamos nuestras ansiedades más profundas, nuestras incertidumbres y nuestras debilidades. Buscamos la guía de ese director, a quien a veces se llama “confesor”, para poder crecer. Las cartas son personales y sinceras, y nos ofrecen maravillosas perspectivas sobre estos santos a quienes tanto amamos. Imaginemos, sin embargo, que un desconocido que quisiera saber más sobre nosotros leyera todo lo que hemos revelado en el confesionario o en conversaciones íntimas con amigos muy cercanos y familiares.
De manera semejante, nos encontramos con prójimos que, en el momento en que nos llaman, suelen hallarse en una situación desesperada, a veces afrontando las consecuencias de sus propias decisiones y luchando tanto con cargas económicas como emocionales. Si eso fuera todo lo que supiéramos de ellos, si nuestro encuentro terminara con una llamada telefónica o con una solicitud enviada por correo, ¿cuánto de su historia completa nos estaríamos perdiendo? ¿Con qué rapidez podríamos precipitarnos a juzgar, traicionando sin querer la confianza que nos han mostrado al confiarnos su crisis personal?
Es por esta razón que visitamos al prójimo, en persona, formando “relaciones basadas en la confianza y la amistad”. Procuramos “comprenderlos como comprenderíamos a un hermano o una hermana”, como a esos familiares que confían en nosotros, lloran sobre nuestro hombro y a quienes amamos y apreciamos [Regla, Parte I, 1.9]. Como Luisa, son mucho más que la suma de sus debilidades. Nos confían lo que Federico llamaba el “secreto de [su] corazón solitario y mente turbada” [Baunard, 279].
Hubo otros santos que se aseguraron de que sus escritos personales no se conservaran después de su muerte. Santa Luisa, al revelarnos tanto su debilidad como su santidad, nos recuerda que debemos buscar la santidad en todos nuestros prójimos… y en nosotros mismos.
Contemplación
¿Cómo puedo aprender a ver más allá de la crisis visible para descubrir al santo que habita en cada persona?
Por Timothy Williams
Director Senior de Formación y Desarrollo de Liderazgo
Sociedad de San Vicente de Paúl USA.









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