El amor a Dios se prueba en el amor al prójimo • Una reflexión con Giacomo Cusmano

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16 febrero, 2026

El amor a Dios se prueba en el amor al prójimo • Una reflexión con Giacomo Cusmano

por .famvin | Feb 16, 2026 | Reflexiones, Reflexiones con vicencianos de fe comprometida | 0 comentarios

Te invitamos a descubrir a través de sus escritos al beato Giacomo Cusmano (1834–1888), presbítero que fundó las congregaciones de los Siervos y Siervas de los Pobres, y se destacó por su caridad hacia los necesitados y enfermos.

Giacomo Cusmano escribió numerosas cartas, homilías y notas espirituales en las que descubrimos a una persona que vivió una espiritualidad centrada en la caridad activa, viendo en cada pobre el rostro de Cristo; por ello, no solo socorría a los necesitados con sus propios bienes, sino que también organizó la obra del “Boccone del Povero” [el bocado del pobre], que movilizó a la comunidad para llevar alimento a los más desamparados.

Texto de Giacomo Cusmano:

Amar a Dios significa amar también al prójimo; por lo tanto, es vana ilusión creer que se ama a Dios cuando falta la caridad hacia nuestros hermanos…

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” es un mandato claro y preciso de Dios, no un consejo; y es además un deber fundamental de todos. Es sobre esto que seremos juzgados: “Tuve hambre y no me disteis de comer; estaba desnudo y no me vestisteis…»

– Giacomo Cusmano, Boccone spirituale, 8 de julio.

Comentario:

El beato Giacomo Cusmano vuelve aquí a una de las verdades centrales del cristianismo: no existe un amor auténtico a Dios que no se exprese en el amor concreto al prójimo. La relación con el Señor no puede quedar en el ámbito de lo interior, lo místico o lo espiritual; se verifica, se contrasta y se mide en la relación con los demás.

Cusmano habla con una claridad tajante: pensar que se ama a Dios mientras se desprecia, se ignora o se descuida al hermano necesitado no es amor verdadero, sino “vana ilusión”. Es decir, un autoengaño, un espejismo que puede tranquilizar la conciencia, pero que en realidad contradice el Evangelio.

Esta afirmación hunde sus raíces en la enseñanza misma de Jesús. Cuando le preguntan cuál es el mandamiento principal, responde uniendo dos realidades inseparables: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y primer mandamiento. El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se sostiene toda la Ley y los Profetas” (Mt 22,37-40). No son dos amores distintos, sino dos dimensiones de una única caridad.

Cusmano, profundamente evangélico, subraya que no se trata de un consejo, ni de una invitación opcional: es un mandato. “Amarás al prójimo” es un imperativo que viene de Dios mismo. En una época como la nuestra, en la que muchas veces relativizamos las exigencias del Evangelio, conviene recordar esta contundencia: amar al prójimo no es una elección entre otras, sino una obligación para todo discípulo de Cristo.

Y no es un deber cualquiera, sino uno fundamental. Cusmano nos recuerda que al final de la vida seremos juzgados sobre la caridad. Cita expresamente las palabras de Jesús en el capítulo 25 del Evangelio de Mateo: “Tuve hambre y no me disteis de comer; estaba desnudo y no me vestisteis…”. En este gran juicio universal, no se nos preguntará por los títulos académicos, por los logros profesionales, por los reconocimientos sociales, ni siquiera por la intensidad de nuestras devociones privadas. El criterio de examen será el amor concreto al hermano: ¿has dado de comer, de beber, de vestir, de acompañar, de consolar?

El beato siciliano conocía de primera mano la dureza de la pobreza, la miseria de los hambrientos y desnudos de su tiempo. Por eso no podía aceptar una fe que se limitara a palabras o ritos, sin traducirse en obras de misericordia. La verdadera religiosidad no consiste en rezar mucho y luego cerrar la puerta al necesitado, sino en dejar que la oración impulse a abrir esa puerta.

Su denuncia de la “vana ilusión” sigue siendo muy actual. En nuestras comunidades cristianas podemos caer en ese autoengaño: asistir a la misa, rezar con devoción, participar en procesiones o peregrinaciones, y al mismo tiempo ignorar al hermano pobre, despreciar al inmigrante, cerrar los ojos ante el sintecho, endurecer el corazón frente al enfermo o el marginado. Todo eso puede darnos la impresión de ser buenos creyentes, pero si falta la caridad concreta, Cusmano nos dice con firmeza: no es verdadero amor a Dios.

La unión indisoluble de ambos amores —a Dios y al prójimo— es lo que da consistencia a la vida cristiana. San Juan lo expresó con dureza: “Quien dice que ama a Dios y no ama a su hermano, es un mentiroso” (1 Jn 4,20). Cusmano repite esa misma lógica evangélica: no podemos engañarnos a nosotros mismos creyendo que amamos a Dios si despreciamos a nuestro prójimo.

Además, el beato añade algo esencial: no se trata de un amor romántico, sentimental o genérico, sino de una caridad concreta. La prueba son las palabras de Jesús: dar de comer, vestir, visitar, consolar. Amar es hacerse cargo de las necesidades reales del otro. Y esto tiene una consecuencia fuerte: la fe se verifica en la praxis, en la acción, en los gestos de misericordia.

Al mismo tiempo, hay en este texto un tono de esperanza: el juicio no se basa en criterios complicados, sino en la sencillez de la caridad. No se nos pedirá algo inaccesible, sino gestos al alcance de todos. Todos podemos dar un poco de comida, de ropa, de tiempo, de afecto. Todos podemos ser instrumentos de consuelo y ayuda. No se trata de obras grandiosas, sino de amor hecho servicio cotidiano.

Cusmano, con su vida, fue un ejemplo luminoso de esto. No se contentó con predicar la caridad; la organizó, la institucionalizó en el Boccone del Povero, uniendo a ricos y pobres en la misma mesa, creando redes de solidaridad que partían de lo pequeño pero que sostenían a miles. Para él, dar un “bocado” de pan no era insignificante: era prolongar la presencia de Cristo entre los hambrientos.

El desafío para nosotros hoy es reconocer dónde caemos en la “vana ilusión” de amar a Dios sin amar al prójimo. Puede ser en la indiferencia frente al pobre, en la dureza de corazón hacia quienes piensan distinto, en la falta de compasión hacia los marginados de nuestro tiempo. El Evangelio nos pide concretar el amor, porque solo en esa concreción se revela su autenticidad.

Este texto de Cusmano también nos invita a revisar la práctica de la caridad en clave de mandato y no de opción. A veces tratamos la solidaridad como algo añadido, voluntario, casi accesorio: “si tengo tiempo”, “si me apetece”, “si me sobra algo”. El beato nos recuerda que no es así: se trata de un deber fundamental, una exigencia de la fe, un mandato divino. No amar al prójimo no es una simple omisión: es un pecado grave que contradice la esencia misma del cristianismo.

Por último, el énfasis en el juicio final nos ayuda a ordenar la vida. Muchas cosas parecen importantes, pero no lo son tanto a la luz de esa última evaluación. Lo único que contará será el amor concreto, porque es lo único que permanece. San Juan de la Cruz lo expresó con su famosa sentencia: “Al atardecer de la vida, seremos examinados en el amor”. Ahí está el verdadero examen.

Esta reflexión nos sacude, pero también nos libera. Nos invita a dejar ilusiones y engaños, a purificar nuestra fe de superficialidades, y a centrarnos en lo esencial: amar a Dios en el hermano concreto. Esa es la verdadera gloria del cristiano, la verdadera medida de nuestra vida.

Sugerencias para la reflexión personal y diálogo en grupo:

  1. ¿Caigo a veces en la ilusión de creer que amo a Dios aunque descuide al prójimo?
  2. ¿Vivo el amor al prójimo como un consejo opcional o como un mandato fundamental de mi fe?
  3. ¿Qué gestos concretos de caridad marcan hoy mi vida cotidiana?

Oración:

Señor, abre mis ojos al hermano necesitado,
para que no me pierda en ilusiones vacías.

Haz que mi oración se haga obra,
que mi fe se convierta en gesto,
que mi amor a Ti se verifique en el amor al prójimo.

Líbrame de la indiferencia,
del corazón endurecido,
de la comodidad que se excusa en palabras.

Enséñame a dar pan al hambriento,
abrigo al desnudo,
consuelo al que sufre.

Que en el amor concreto encuentre tu rostro,
y en el servicio cotidiano descubra tu presencia.

Amén.


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