“Perdona, Señor, las culpas de tu pueblo”
1 Re 12, 26-32; 13, 33-34; Sal 105; Mc 8, 1-10.
Jesús se compadece de la gente porque la amaba. Nos ama a todos, de eso no hay dudas, pero como quien se acerca más al fuego tiene más posibilidades de calentarse, así también quien se acerca más a Cristo le ofrece más posibilidades de demostrar Su amor. Aquella gente se apiñaba alrededor de Jesús y Él no podía despedirlos con las manos vacías.
Dios quiere actuar, y actuará, en la medida que se lo permitamos. Él hace que los frutos sean abundantes, aunque lo que le presentemos sea poco. Lo único que pide es que nos demos totalmente porque así podrá hacernos realmente felices. Esos siete panes y esos cuantos peces lograron alimentar a cuatro mil personas, no porque eran pocos, sino porque era todo lo que los discípulos le podían ofrecer al Señor.
Que comprenda un poco más el Don de ti mismo en la Eucaristía. Que aprenda a valorar y agradecer el amor infinito que me tienes al hacerte tan accesible y cercano.
“Señor, concédeme la gracia de purificar constantemente mi alma para recibir atenta y fervorosamente la comunión”.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: P. Adrián Acosta C.M.








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