Observemos la capacidad de Jesús para ilustrar su enseñanza utilizando los términos más sencillos: sembrar semillas, hacer pan, tratar asuntos familiares. La claridad surge del uso de estas imágenes cotidianas y familiares. Un elemento común que Jesús emplea como base de su enseñanza es la sal. Habla de la sal y de su valor como condimento, y nos recuerda que también nosotros podemos ser salados.
Sabemos algo acerca de la sal. Para las personas de épocas anteriores, la sal tenía al menos tres funciones: daba sabor, conservaba y purificaba (podríamos añadir “derretir la nieve”, especialmente en estos días de invierno).
Como condimento, no se utiliza la sal para llamar poderosamente la atención sobre sí misma, sino para realzar el sabor de otro alimento. Para sacar el sabor de las palomitas, de las patatas fritas, del filete o de los anacardos. Demasiada sal arruina la comida, pero la cantidad justa marca realmente la diferencia en el sabor. Saca lo mejor del alimento. Estaríamos de acuerdo en que la sal no debería atraer principalmente la atención sobre sí misma, sino sobre aquello que toca.
En cuanto a la sal que los cristianos están llamados a ser: cumple su finalidad cuando influye en los demás. Esta es la actitud cristiana: darse a uno mismo, dar sabor a la vida de los demás, aportar entusiasmo a muchas realidades con el mensaje del Evangelio. La sal es algo para usarse, no para guardarlo para uno mismo, sino para compartirlo. La sal no está destinada a darse sabor a sí misma (del mismo modo que la luz no está destinada a iluminarse a sí misma). Orienta a la persona hacia fuera, hacia la comunidad, la familia, los amigos y los compañeros de trabajo.
¿Y tú, como sal? ¿Mejoras las situaciones con las que estás vinculado? ¿Conoces personas así (las llamadas “sal de la tierra”)? En la Biblia, este es el carácter de Bernabé. Él saca a relucir los dones de los demás y les permite atraer la atención. Me encanta estar rodeado de personas así. Encuentran el lado positivo, el humor, la posibilidad en una situación difícil. Cuando están presentes, se crea un ambiente alegre y lleno de esperanza. Los valores y compromisos del Evangelio reciben su plena expresión y valor. Necesitamos ser ese tipo de personas. Es el papel de un cristiano comprometido. Nosotros —tú— sois la “sal de la tierra”.
Sin embargo, podemos descubrir que esta actitud nos cansa. Hace falta mucha energía para mantenerse firme en un contexto difícil, para orientar a un grupo hacia el camino correcto. A veces podemos perder nuestra capacidad o nuestro deseo de marcar la diferencia. Es una situación triste. Renunciamos a nuestra responsabilidad de influir para bien. Nos convertimos en esa sal insípida que solo merece ser arrojada fuera, ignorada, pisoteada —y así será. El Evangelio nos llama a mantenernos firmes en nuestro compromiso de ser personas fuertes y sólidas, que viven y expresan con claridad quiénes somos y en qué creemos.
En esa misma línea, la sal cumple la función de conservante. Estamos llamados a conservar lo mejor del corazón humano y de la condición humana. Ayudamos a preservar la virtud en el mundo y en la sociedad en la que existimos. No permitimos que la mayoría o la situación política o social del momento condicionen nuestro modo de pensar o de vivir más que el Evangelio. No podemos rendirnos. Con nuestro servicio y nuestra franqueza, preservamos una sociedad cristiana a pesar del esfuerzo, la resistencia y el coste. Mantenemos las necesidades de los demás —especialmente de los pobres y marginados— en el primer lugar de nuestras prioridades. De estas y otras maneras semejantes, debemos ser la sal de la tierra.









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