“Qué agradable, Señor, es tu morada”
1 Re 8, 22-23. 27-30; Sal 83; Mc 7, 1-13.
La vida podría convertirse en un cumplimiento meticuloso de la ley, normas, compromisos, como hacían los fariseos y judíos. Pero valdría preguntarse en medio de tanta exigencia personal ¿por qué? ¿Por qué tanto empeño y dedicación para ser fieles? ¿Realmente cumplían de esa manera para agradar a Dios? Por la actitud de Jesús, su fidelidad era incienso que en lugar de agradar a Dios los alababa a ellos mismos. Sólo a Dios hay que dar culto, y el verdadero culto consiste en la caridad y amor a Dios. Debe ser aquí, por tanto, donde florezca la exigencia por ser fieles a los compromisos. San Juan Pablo II escribió que ser cristiano no es, en primer lugar, cumplir una cantidad de compromisos y obligaciones sino dejarse amar por Dios. De esta manera, hemos de buscar a Dios para que nuestra jornada no se convierta en una serie de actividades, compromisos, obligaciones sin sentido, porque se tienen que hacer, hechos en ocasiones sin saber por qué se hacen, sino que sean nuestros días un continuo ofrecimiento a Dios de nuestras acciones.
“Señor, dame un corazón solícito, misericordioso, caritativo como el tuyo”.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: P. Adrián Acosta C.M.













0 comentarios