“Levántate, Señor, y ven a tu casa”
1 Re 8, 1-7. 9-13; Sal 131; Mc 6, 53-56.
Le traían enfermos. Deseaban, al menos tocar la orla de sus vestidos para ser curados. A nosotros, Dios no nos pide directamente que curemos enfermos o hagamos todo tipo de milagros. Quizá no esté a nuestro alcance. Pero sí podemos dar una palabra de aliento al compañero de trabajo. Una sonrisa a quienes suben con nosotros en el ascensor o en el metro. Una moneda, una atención y un recuerdo en la oración para quien nos pide ayuda por la calle.
La alegría y el detalle con nuestra esposa o esposo y nuestros hijos, o hermanos, a pesar de la tensión acumulada en el trabajo. Cosas sencillas pero que, a los ojos de Dios, tienen un valor inmenso. Los genios, los grandes santos, lo han sido a base de estos pequeños pero valiosos actos de amor y generosidad.
Jesús, qué ciegos hemos sido al temer más a la enfermedad o a los problemas cotidianos de la vida que al pecado. Hemos abusado de tu eterna misericordia al no esforzarnos por dominar nuestra debilidad.
“Señor, que abra mi corazón, y me deje mirar con compasión a los pobres, de manera que te vea a Ti”.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: P. Adrián Acosta C.M.








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