Dar gloria a nuestro Padre celestial

Ross Reyes Dizon
5 febrero, 2026

Dar gloria a nuestro Padre celestial

por Ross Reyes Dizon | Feb 5, 2026 | Formación, Reflexiones, Ross Reyes Dizon | 0 comentarios

Veraz y sincero, Jesús busca la gloria del que lo ha enviado.  Los de él de verdad no pueden menos que dar gloria veraces y sinceros al Padre por hacer ellos buenas obras.

Jesús los llama a sus discípulos la sal de la tierra y la luz del mundo.  Da él a entender, por lo tanto, que dar gloria al Padre es propio de ellos (véase 1 Cor 10, 31).

Es que, al igual que su Maestro, los discípulos viven con los demás.  Y al ver las buenas obras que hacen ellos, las gentes reconocen la presencia del Padre.  De este modo, pues, logran ellas dar gloria al Padre.

Claro, tal admisión de la presencia del Padre no tendría lugar si se alejasen los discípulos de las gentes.  Serían ellos cual la sal sin usar que se conserva no más en un recipiente.  Ella no sirve para nada:  no da sabor a lo que se come; no preserva lo que se puede estropear o corromper.  En cuanto a la luz, si está encerrada u oculta, no alumbra a los que están fuera en las tinieblas; no los orienta.

Así que, sí, los discípulos son la sal de la tierra y la luz del mundo.  Mas lo son no más al entrar ellos en contacto con las gentes.  No hacen ellos lo que el Bautista que se retiró en el desierto.  Ni hacen lo que los esenios de Qumrán que se llamaban «hijos de la luz», pero solitarios.  Pues se alejaban del resto del pueblo.

Los discípulos hacen más bien lo que Jesús.  El recorre toda Galilea para curar a los enfermos y aliviar a los que sufren.  No es un juez riguroso que condena y castiga.  Al seguirle, los discípulos, sin darse cuenta, contribuyen «a que las gentes saboreen la vida sin caer en la corrupción».  Estas gentes, a su vez, se dan cuenta de que Dios está en medio de ellas.  Y no le dejan de dar gloria.

Señor Jesús, haz que te logremos dar gloria a ti no más (SV.ES IV:460).  Y que pisoteemos nuestro respeto humano y nuestro propio interés.  Seremos así veraces y sinceros al igual que tú, abnegado hasta entregar tu cuerpo y derramar tu sangre.  Concédenos no llamar la atención sobre nosotros mismos.  Ni tener pretensiones de dar sabor o preservar ni de alumbrar o saber, sino ser, sin más, sal y luz.  Para dejar que sean los demás que vean nuestras buenas obras y digan que está Dios en medio de ellos.  Y danos la gracia de hacer buenas obras que lleven a que brille nuestra luz en las tinieblas.

8 Febrero 2026
5º Domingo de T.0. (A)
Is 58, 7-10; 1 Cor 2, 1-5; Mt 5, 13-16

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