Para crecer juntos en santidad, como nos invita a hacer la Regla de la Sociedad de San Vicente de Paúl, es esencial que nos tomemos el tiempo necesario para reflexionar verdaderamente sobre nuestras experiencias, nuestro crecimiento y nuestra comprensión, tanto de manera individual como junto a los demás.
Cuando pensamos en “reflejar” en su uso más común, pensamos en un espejo, que devuelve toda la luz que incide sobre él, con cada detalle y cada color. De manera similar, cuando reflexionamos, tomamos nuestros pensamientos, nuestras oraciones, nuestro crecimiento, nuestras dudas —en definitiva, a nosotros mismos— y los consideramos a la luz divina; la luz del Evangelio, la luz de la vida. Al hacerlo, buscamos acercarnos más a Dios aprendiendo a reflejar su ejemplo, su Luz, en nuestras vidas.
Cada uno de nosotros “participa de la luz de la mente divina” [GS, 15], pero ninguno de nosotros es su fuente. La verdadera reflexión, por tanto, comienza cuando “buscamos la luz en su fuente, es decir, en el corazón de Dios” [Carta de Federico Ozanam a a Falconnet, 1831]. Incluso un destello de la propia luz de Dios puede resultar abrumador, y nadie puede esperar reflejarla perfectamente de una sola vez. Sin embargo, al crearnos para vivir en comunidad, Dios nos muestra el camino, del mismo modo que lo hace nuestra Regla: crecemos juntos hacia la santidad [Regla, Parte I, 2.2]. Esta es la razón de las reflexiones que realizamos como parte de cada reunión de Conferencia. Es también la razón por la que la práctica de la reflexión apostólica es la más fecunda.
En la reflexión apostólica, nuestro compartir comienza escuchándonos unos a otros, permitiendo que las intuiciones y el crecimiento de nuestros compañeros penetren en nuestros propios corazones. Al hacerlo, esas intuiciones transformarán a su vez nuestra propia comprensión del plan de Dios para nosotros. Y así, reflejamos los pensamientos de los demás, entremezclados con los nuestros, con la esperanza de que la luz que formamos llegue a ser más perfecta. Ninguno de nosotros, por sí solo, es Dios, pero todos formamos parte de un solo cuerpo, y cuando actuamos y reflexionamos como uno solo, cada uno puede convertirse en instrumento de la salvación de los demás.
No somos espejos perfectos, ni estamos llamados a serlo. Más bien, aunque cada uno de nosotros ha sido creado a imagen de Dios, cada uno es también único e irrepetible [Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 131]. La luz de Dios brilla sobre nosotros y dentro de nosotros, irrumpiendo en nuestras acciones y oraciones, no reflejada sino refractada, conmovida por y conmoviendo nuestros propios corazones y vidas, resplandeciendo en todos los colores que tienen su origen en el corazón de Dios y en la luz del mundo.
Comenzamos buscando reflejar la luz que Dios nos concede en nuestros propios pensamientos y oraciones y, después, al refractarla como piezas individuales de esa luz, esperamos unirlas todas como una sola, para compartir mejor su luz con el mundo.
Contemplar
¿Busco la Luz Verdadera dentro de mí y en los demás, en la oración, la meditación y el compartir?
Por Timothy Williams
Director Senior de Formación y Desarrollo de Liderazgo
Sociedad de San Vicente de Paúl USA.









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