La transformación de los Vicencianos ante un mundo cambiante
Mientras las principales ramas de la Familia Vicenciana alcanzan hitos significativos en su historia en estos tiempos desafiantes, se nos invita una vez más a examinarnos a nosotros mismos ante un mundo cuyo rostro está cambiando rápida y dramáticamente. Este breve artículo ofrece recordatorios oportunos sobre cómo podemos crecer y adaptarnos en medio de los desafíos que afrontan las ramas de nuestra Familia Vicenciana.

Reconfiguración de la mente
El mundo está cambiando a un ritmo sin precedentes y cada vez más acelerado. A comienzos de la década de 1980, el futurista Alvin Toffler, en La tercera ola, describía cómo dos antiguas civilizaciones —la agraria y la industrial— estaban colisionando con una nueva civilización profundamente revolucionaria. Resulta inquietante admitirlo, pero muchas de las intuiciones de Toffler sobre esta nueva civilización se están desarrollando hoy ante nuestros propios ojos.
Si nosotros, como vicencianos, deseamos permanecer fieles y eficaces en nuestra misión, ya no podemos apoyarnos únicamente en supuestos familiares o en enfoques tradicionales para responder a las realidades contemporáneas. Esta «tercera ola» de cambio nos invita —es más, nos obliga— a reconfigurar nuestros esquemas de pensamiento. Paradójicamente, la fidelidad a la propia misión exige apertura: apertura a nuevos marcos, métodos y orientaciones que puedan conducir a un servicio más eficaz y transformador en favor de los pobres.
Nuestros santos vicencianos —san Vicente de Paúl, santa Luisa de Marillac y el beato Federico Ozanam— ofrecen ejemplos profundos. Aunque profundamente arraigados en las tradiciones espirituales y las estructuras sociales de su tiempo, cada uno de ellos atravesó una transformación interior sincera y, a menudo, exigente. Mediante la oración, el discernimiento, la humildad y, en ocasiones, una dolorosa corrección de sí mismos, permitieron que Dios reconfigurara sus mentes y corazones por el bien de los pobres. Lo que surgió no fue simplemente un cambio de estrategia, sino una renovación del espíritu. Así debe ser también para nosotros.
Renovación del espíritu
El espíritu vicenciano perdura mientras existan los pobres. Respira con los pobres; se conmueve por su sufrimiento; crece a través de sus esperanzas y luchas. Si bien el espíritu vicenciano busca llevar transformación a la vida de los pobres, también se transforma continuamente mediante el encuentro con ellos.
A medida que evolucionan los rostros y las condiciones de la pobreza, la expresión de nuestro carisma debe adaptarse igualmente. Desde los galeotes de la época de san Vicente hasta las víctimas actuales de la trata de personas, la servidumbre por deudas y el trabajo infantil; desde quienes padecían las epidemias hasta quienes viven con el VIH o son marginados por su identidad o por su origen étnico; desde las víctimas desplazadas de antiguas guerras hasta los refugiados de hoy que huyen de conflictos modernos, persecuciones religiosas e inestabilidad económica, los vicencianos de distintas generaciones han permitido que las expresiones de su espíritu evolucionen. Cuando dejamos de renovarnos, empezamos a perder relevancia.
La renovación comienza volviendo a la misión fundamental de nuestro grupo religioso y redescubriendo el gran fuego que inspiró su fundación. Solo comprendiendo las raíces de nuestra identidad podemos renovar fielmente las expresiones externas que brotan del corazón de nuestro espíritu. En la renovación, nos mantenemos firmes en nuestra espiritualidad y en la misión esencial, aun cuando actualizamos nuestros métodos, afinamos nuestros marcos de referencia y recalibramos nuestro rumbo. Aunque las ramas de la Familia Vicenciana puedan diferir en prioridades, valores y formas de servicio, compartimos una misión común que define nuestro espíritu: llevar el amor de Dios a los pobres. Asumir esta misión compartida fortalece nuestra voz común.
Reamplificación de la voz
Ya en 1946, el escritor inglés Aldous Huxley lamentaba: «El siglo XX es, entre otras cosas, la Era del Ruido. Ruido físico, ruido mental y ruido del deseo: en todos ellos ostentamos el récord de la historia». En aquel momento, la radio era todavía una forma relativamente nueva de comunicación de masas. Imaginemos cuánto mayor se ha vuelto hoy el ruido en la era del multimedia y de las redes sociales. A ello se suma la rápida evolución de tecnologías que distorsionan la información, planteando no solo la cuestión de quién grita más fuerte, sino también la cuestión más profunda de quién posee la verdad.
Como vicencianos, debemos ser al menos usuarios familiarizados —si no competentes— de las tecnologías modernas de los medios de comunicación, para poder amplificar la voz de quienes no la tienen y confrontar las «verdades» distorsionadas con la verdad del Evangelio. El uso estratégico de las plataformas mediáticas es esencial para fortalecer la voz profética que se nos ha confiado. Además, destinar más recursos a la formación de posibles miembros, asignar personal competente y aumentar la financiación para el trabajo de incidencia a nivel internacional, nacional y local podría reforzar la institucionalización de este ministerio, a menudo silenciado pero esencial.
La colaboración es imprescindible si esperamos provocar cambios significativos. Una voz solitaria suele ser demasiado débil para ser escuchada, pero muchas voces unidas en un mismo propósito pueden mover los corazones y cambiar los sistemas. La creación de coaliciones, las alianzas, las acciones coordinadas y el intercambio de recursos y conocimientos son esenciales para una transformación social eficaz. Trabajar en solitario puede parecer conveniente, pero en última instancia resulta limitante e incoherente con la naturaleza comunitaria de nuestra misión. Nuestros santos vicencianos lo comprendieron bien: san Vicente colaboró con las Damas de la Caridad, con el clero, con santa Luisa e incluso con nobles; el beato Ozanam trabajó con la beata Rosalía Rendu y con colaboradores laicos comprometidos, movidos por una fe y una convicción compartidas. Su testimonio colectivo habló con fuerza tanto a la Iglesia como al Estado porque actuaron juntos, arraigados en la caridad, la verdad y, por encima de todo, en Dios. Ellos nos allanaron el camino. Ahora nos toca a nosotros reamplificar sus voces con la nuestra mediante el trabajo dedicado de nuestras manos.
Reorientación de las manos
Las necesidades de los pobres son inmensas y nuestra capacidad a menudo se ve llevada más allá de sus límites. Ya sea por la escasez de personal, las restricciones financieras, los recursos limitados o la falta de competencias específicas, debemos reconocer humildemente que no podemos atender todas las necesidades que presentan los pobres y los vulnerables. El desafío crucial, entonces, es aprovechar nuestros recursos limitados para lograr un mayor impacto. Algunos lo llamarán reducción; otros hablarán de realineamiento o reestructuración. Independientemente del término, el objetivo es el mismo: centrarnos en las iniciativas más esenciales que aporten el mayor beneficio a los pobres. La era del servicio directo —como trabajar en comedores sociales, enseñar en escuelas remotas o distribuir personalmente bienes de ayuda— puede estar pasando gradualmente. En su lugar, estamos llamados a concentrarnos en la formación profunda de socios comunitarios, en iniciativas que promuevan cambios sistémicos y estructurales, y en asumir roles de liderazgo dentro de instituciones que generen un impacto positivo y duradero para los marginados. Mediante este enfoque estratégico, se refuerza nuestra eficacia y se multiplica nuestra influencia.
Conclusión: renovación de la esperanza
Aunque afrontamos enormes desafíos —tanto dentro de nosotros mismos como provenientes de un mundo en constante cambio—, la esperanza nunca pierde su luz. Depende de nosotros captar sus destellos y transformarlos en fortaleza y oportunidad cada vez que cerramos una obra, perdemos a un miembro o dejamos un lugar. La esperanza nace de nuestra firme creencia en la bondad de Dios. Vive en cada intuición de nuestra mente, en cada impulso de nuestro espíritu, en cada sonido de nuestra voz y en cada movimiento de nuestras manos. Verdaderamente, la esperanza brota sin cesar.
Rev. Ferdinand Labitag, CM
Representante de la Congregación de la Misión ante las Naciones Unidas
Referencias:
- Toffler, Alvin, La tercera ola (Nueva York: William Morrow and Company, 1980).
- https://www.plato-philosophy.org/wp-content/uploads/2016/05/BraveNewWorld-1.pdf

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