Sor Anthony O’Connell, nacida Mary O’Connell, es recordada como una de las figuras más heroicas y compasivas de la Guerra Civil estadounidense. Conocida como el “Ángel del campo de batalla”, dedicó su vida a servir a los heridos, a los enfermos y a los marginados, encarnando el espíritu de la caridad desinteresada. Su labor trascendió divisiones religiosas y políticas, ganándose la admiración de soldados, médicos y comunidades de todo Estados Unidos.

La hermana Anthony O’Connell, una hermana de la Caridad que organizó un equipo de monjas para servir como enfermeras en el campo de batalla durante la Guerra Civil. Foto proporcionada por: Mount St. Joseph.
Vida temprana y vocación religiosa
Infancia en Irlanda e inmigración a América
Mary O’Connell nació en Limerick, Irlanda, en 1814, en el seno de una familia católica devota. Irlanda en aquel tiempo estaba marcada por la agitación política y las dificultades económicas, especialmente bajo el dominio británico. La familia O’Connell, como muchos católicos irlandeses, sufrió discriminación religiosa y tuvo pocas oportunidades. Buscando un futuro mejor, emigraron a Estados Unidos cuando Mary aún era joven, instalándose en la floreciente ciudad de Cincinnati, Ohio.
A principios del siglo XIX, Cincinnati era un centro de inmigrantes irlandeses y un núcleo de actividad católica. La fuerte comunidad católica de la ciudad probablemente influyó en el desarrollo espiritual de Mary. Desde temprana edad mostró un profundo sentido de piedad y un deseo de servir a los demás.
Ingreso en las Hermanas de la Caridad
En 1835, a los 21 años, Mary O’Connell renunció a la vida mundana e ingresó en las Hermanas de la Caridad, una congregación fundada por santa Isabel Ana Seton. Tomó el nombre de hermana Anthony en honor a san Antonio de Padua, patrón de las cosas perdidas y de los milagros. Su noviciado lo realizó en la casa madre de la orden en Emmitsburg, Maryland, donde asumió la misión de las Hermanas en la educación, la asistencia sanitaria y el servicio social.
Tras completar su formación, fue destinada a Cincinnati, donde destacó rápidamente por sus dotes organizativas, su aptitud médica y su dedicación incansable. Fue nombrada responsable del Hospital de San Juan, una institución católica que atendía a los pobres de la ciudad. Bajo su liderazgo, el hospital se convirtió en un modelo de eficiencia y compasión.
Fundación de un orfanato
Más allá de su labor hospitalaria, la hermana Anthony reconoció la difícil situación de los niños huérfanos y sin hogar en Cincinnati. En respuesta, contribuyó a fundar un asilo de huérfanos en Cumminsville, ofreciendo refugio, educación y orientación espiritual a innumerables niños en la indigencia. Esta iniciativa reflejaba su convicción de que la caridad debía ir más allá de las necesidades físicas inmediatas y abarcar también la atención a largo plazo y la formación moral.
La Guerra Civil: un ministerio de misericordia en el campo de batalla
Respondiendo a la llamada del servicio
Cuando estalló la Guerra Civil en 1861, la Unión sufría una grave escasez de personal médico. El gobernador David Tod, de Ohio, hizo un llamamiento a enfermeras voluntarias, y la hermana Anthony respondió sin dudarlo. Reunió a un equipo de Hermanas de la Caridad y se dirigió al sur, donde se librarían algunas de las batallas más sangrientas de la guerra.
La labor de las Hermanas no estaba exenta de riesgos. En aquella época, el prejuicio anticatólico estaba muy extendido en Estados Unidos, y a menudo se miraba a las religiosas con desconfianza. Sin embargo, la hermana Anthony y sus compañeras disiparon pronto esos recelos con su atención incansable a soldados de toda fe y procedencia.
La batalla de Shiloh: una prueba de valor
Uno de los momentos más decisivos de la hermana Anthony llegó durante la batalla de Shiloh (6–7 de abril de 1862), uno de los enfrentamientos más mortíferos de la guerra. Los combates dejaron más de 24.000 bajas, con miles de hombres heridos abandonados en el campo.
La hermana Anthony y su equipo trabajaron a bordo de hospitales flotantes —barcos de vapor reconvertidos en instalaciones médicas— donde atendieron a los heridos en condiciones terribles. En sus propias palabras:
“En Shiloh atendíamos a los hombres a bordo de lo que popularmente se conocía como hospitales flotantes. A menudo nos veíamos obligadas a remontar más el río, incapaces de soportar el hedor insoportable de los cuerpos de los muertos en el campo de batalla. Esto ya era bastante malo, pero lo que soportamos en el campo recogiendo a los heridos es simplemente indescriptible«.
Las Hermanas se enfrentaron a enfermedades, escasez de suministros y el constante riesgo de infecciones. Aun así, perseveraron, curando heridas, asistiendo en cirugías y consolando a los moribundos. Un testigo describió la presencia de la hermana Anthony así:
“En medio de este mar de sangre desempeñó las tareas más repulsivas por aquellos pobres soldados. Sigámosla mientras avanza a tientas entre heridos, muertos y moribundos. Me pareció un ángel que servía, y muchos jóvenes soldados deben su vida a su cuidado y a su caridad”.
Milagros en medio del horror
A pesar del sufrimiento abrumador, los relatos de la hermana Anthony incluyen momentos de profunda humanidad:
Un padre se reencuentra con su hijo:
“Me encontré con este padre afligido justo cuando salía del hospital para atender unos asuntos. Por la descripción que me dio, deduje que el chico sin nariz debía de ser su hijo. Le llevé a la sala. Cuando llegamos a la cama donde yacía el hombre, el padre no lo reconoció. ‘Bueno —dijo—, si es mi hijo lo sabré por su cabeza.’ Pasando los dedos por el cabello del chico exclamó: ‘¡Hijo mío! ¡Mi querido muchacho!’”
La conversión de un soldado:
“Había un joven al cuidado de la hermana De Sales. Esta hermana le habló del cielo, de Dios y de su alma. De Dios no sabía nada, del cielo jamás había oído, y era absolutamente ignorante de la existencia de un Ser Supremo… Ella lo bautizó y pronto su alma emprendió el vuelo hacia ese Dios que tan tarde había aprendido a conocer y amar”.
Más allá de Shiloh: servicio en Corinth y Nashville
Tras Shiloh, la hermana Anthony siguió al ejército de la Unión hasta Corinth, Misisipi, donde se habían replegado las fuerzas confederadas. El viaje fue peligroso: los obstáculos en el río casi dejaron varado su barco hospital, obligando al capitán a considerar una evacuación. Sin embargo, la hermana Anthony se negó a abandonar a sus pacientes:
“Las Hermanas se negaron heroicamente a hacerlo. Todas expresaron su disposición a permanecer con los ‘chicos heridos’ hasta el final y a compartir su destino, fuera cual fuera”.
Sus oraciones fueron escuchadas cuando dos pilotos guiaron el barco hasta un lugar seguro.
En Nashville, Tennessee, continuó su labor, atendiendo tanto a soldados de la Unión como confederados. Su compasión imparcial le granjeó un respeto universal, derribando divisiones sectarias. Como señaló un observador:
“Feliz era el soldado que, herido y sangrando, la tenía cerca para susurrarle palabras de consuelo y valor. Su persona era reverenciada por Azules y Grises, protestantes y católicos por igual”.
Al final de la guerra, era conocida como la “Florence Nightingale de América” [Florence Nightingale (1820-1910) fue una enfermera británica, considerada precursora de la enfermería profesional contemporánea].
Legado tras la guerra: fundación del Hospital del Buen Samaritano
Después de la guerra, la hermana Anthony regresó a Cincinnati y buscó ampliar el acceso a la asistencia sanitaria. Pese a las dificultades iniciales de financiación, los filántropos John C. Butler y Lewis Worthington aportaron los fondos necesarios para fundar en 1866 el Hospital del Buen Samaritano.
Bajo su dirección, el hospital se convirtió en pionero en educación de enfermería y en atención al paciente. Introdujo protocolos de higiene, una formación estructurada para enfermeras y un trato compasivo, prácticas que marcaron nuevos estándares en la medicina estadounidense.
La hermana Anthony permaneció al frente hasta 1882, cuando se retiró debido a problemas de salud. Incluso en el retiro, siguió visitando a pacientes y ofreciendo orientación espiritual.
Últimos años y muerte: reputación de santidad
La hermana Anthony pasó sus últimos años en el Hospital de Maternidad e Inclusa de San José, en Norwood, Ohio, donde permaneció activa a pesar de su edad. Falleció plácidamente el 8 de diciembre de 1897, a los 83 años.
Su funeral fue un acontecimiento público, al que asistieron veteranos, clérigos y multitud de ciudadanos. El William H. Lytle Post de la Gran Armada de la República la honró con una resolución:
“Considerando que la venerable hermana Anthony ha partido de esta vida… tras una vida de utilidad cuidando de los enfermos y practicando una caridad sin límites… asistimos a su funeral e invitamos a todos los demás puestos a participar con nosotros”.
El arzobispo William Henry Elder presidió la Misa, y el obispo Thomas Sebastian Byrne, de Nashville, pronunció un emotivo elogio fúnebre:
“Cristo fue su inspiración, y por ello pisó el campo de batalla y entró en hospitales cargados de pestilencia. Su presencia significaba para aquellos valientes hijos de América más que la de un ángel”.
Fue enterrada en el cementerio de las Hermanas de la Caridad en Delhi, Ohio, donde su tumba sigue siendo lugar de veneración.
Un ejemplo intemporal de caridad
La vida de la hermana Anthony O’Connell fue un testimonio de la fe hecha acción. Ya fuera en el campo de batalla, en el hospital o entre los huérfanos, encarnó la llamada del Evangelio a “amar al prójimo”.
Su legado perdura en:
- Las prácticas modernas de enfermería que ayudó a establecer.
- El Hospital del Buen Samaritano, hoy parte de la red TriHealth de Cincinnati.
- Las innumerables vidas que tocó con su compasión.
En una era de división, la historia de la hermana Anthony nos recuerda que el verdadero heroísmo reside en el servicio desinteresado. Como proclamó el obispo Byrne:
“Nos ha dejado su glorioso ejemplo… una inspiración para todos”.














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