«Ahí está el Cordero de Dios»
Is 49, 3-6; Sal 39; 1 Cor 1, 1-3; Jn 1, 29-34.
La semana pasada veíamos a Juan bautizando a Jesús en el río Jordán. Hoy vemos al mismo Juan terminando de cumplir la misión que tenía: Señalar al Mesías, descubrirlo en medio de todas las gentes e invitar a mirarlo, escucharlo, seguirlo. Por todo lo que he visto, dice –seguramente con voz fuerte y potente para ser escuchado–, “atestiguo que Él es el Hijo de Dios”.
Juan llama a Jesús “Hijo de Dios”, pero antes lo había llamado “Cordero de Dios”. Jesús es el Hijo amado, que comparte la dignidad de Dios, pero dicha grandeza y dignidad se manifiestan en la fragilidad de un “cordero” el cual, más tarde, será sacrificado, como el “cordero pascual”. Fragilidad, sufrimiento y muerte que desembocarán en la resurrección. Jesús es el cordero que abrirá el camino a la verdadera vida de luz y salvación para la humanidad.
“Él es el Cordero”, nos sigue insistiendo hoy Juan. No esperen la salvación de otro hombre ni de otra realidad; no busquen la verdadera felicidad en otra parte. Él es el único Cordero que salva, que quita el pecado del mundo. No miren a otro; no sigan a nadie más que a Él.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: P. Silviano Calderón C.M.













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