“Le llevaron toda clase de enfermos y endemoniados”
1 Sam 3, 1-10. 19-20; Sal 39; Mc 1, 29-39.
De la sinagoga se fueron a casa de Pedro. Ahí Jesús sanó a “toda clase de enfermos y endemoniados”; la gente se agolpaba en la puerta y a todos los atendió.
Después de todo este ajetreo y de descansar un poco, Jesús busca un lugar solitario y silencioso para hacer oración.
¡Qué horas tan deliciosas pasaría Jesús en la presencia de su Padre! Para abrir el corazón, preguntar, discernir, pedir fuerza… Sabemos que de esos encuentros Jesús salía renovado y entusiasmado (“Vamos a los pueblos vecinos para predicar también ahí”), con nuevas fuerzas y con una visión más clara de su camino. El Padre le había acariciado el corazón, le había aclarado la mirada, y confirmado que era y seguiría siendo su “Hijo Predilecto”.
¡Cuánto necesitamos de esos momentos de silencio en que, con el corazón abierto, nos pongamos frente a la mirada bondadosa de nuestro Padre! ¡Cuánto bien nos haría! Como Jesús, saldremos con el corazón apaciguado y la mirada esclarecida para seguir el duro camino de la vida con confianza y entusiasmo renovado. Con la certeza de que somos, también, hijos amados, hijos predilectos.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: P. Silviano Calderón C.M.













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