Contemplación: Cada momento de nuestra vida
Responder a una llamada al voluntariado es hacer algo. Responder a una llamada a la vocación es ser algo. Esta distinción está en el corazón mismo de lo que significa ser miembro de la Sociedad. Aunque es ciertamente verdad que la pertenencia, por el hecho de no ser remunerada, es voluntaria, también es verdad que ser vicentino no está limitado por las horas que pasamos en reuniones o al servicio de los pobres. Más bien, se trata de «una vocación para cada momento de nuestra vida». [Regla, Parte I, 2.6] No somos meros voluntarios; somos vicentinos.
¿Qué significa, entonces, ser vicentino en cada momento de nuestra vida? No puede significar que visitemos continuamente a los pobres a costa de nuestros trabajos y de nuestras familias. San Vicente tenía claro que el descanso del trabajo era tan importante como el trabajo mismo, aconsejando a sus seguidores que «no emprenda nada por encima de sus fuerzas, no tenga prisas, no ponga demasiado ímpetu en las cosas, vaya despacio, no se esfuerce demasiado» [SVP ES IV, 137]. La razón era sencilla: debemos aumentar nuestras fuerzas, decía, porque «lo necesita usted o, de todos modos, la gente» [SVP ES I, 415].
Entonces, ¿cómo, más allá de las reuniones de Conferencia, las visitas a domicilio, los retiros y otras obras, hacemos que cada momento de nuestra vida sea “vicentino”? Recordamos que, en la virtud, llegamos a ser mediante el hacer; actuamos con sencillez y nos hacemos sencillos; actuamos con humildad y nos hacemos humildes; actuamos con mansedumbre, desprendimiento y celo, para llegar a ser mansos, desprendidos y celosos en nuestra fe. Estas cinco virtudes son nuestras virtudes esenciales: la esencia misma de ser vicentino. No dejan de ser importantes una vez que se levanta la sesión de la Conferencia. De manera similar, nuestra empatía y nuestro amor no se limitan solo a ciertos momentos, lugares y relaciones. Más bien, la gracia transformadora que buscamos a través de nuestras obras en la Sociedad nos hace personas diferentes y, con esperanza, mejores. Nuestras obras, nuestras virtudes, nuestros elementos esenciales, nuestra reflexión y nuestra oración: todo ello nos conduce a ser «más sensibles y atentos en [nuestra] familia, trabajo y actividades de ocio». [Regla, Parte I, 2.6] No podemos ser un tipo de vicentino y otro tipo de persona.
Como en tantas cosas, el beato Federico es un modelo para nosotros. Vivió su vida familiar y profesional como auténticos apostolados, con Cristo siempre en el centro. Sus escritos más conocidos sobre cuestiones sociales se publicaron en l’Ere Nouvelle (La Nueva Era), un periódico que fundó no como vicentino ni en nombre de la Sociedad, sino como ciudadano comprometido, dedicando los talentos que Dios le había concedido, iluminados por su servicio a los pobres, para llevar la luz del Evangelio al diálogo público.
Nuestro camino hacia la santidad no está destinado solo a hacernos mejores servidores de los pobres, sino a hacernos mejores esposos, esposas, padres, madres, hijos, hijas, vecinos, amigos, trabajadores, ciudadanos y cristianos. Eso sería mucho pedirle a un voluntario, pero, gracias a la gracia transformadora que recibimos en esta vocación, no es demasiado para un vicentino.
Contemplar
¿Soy verdaderamente vicentino en el trabajo? ¿En la escuela? ¿En las diversiones? ¿En casa? ¿En todo momento?
Por Timothy Williams
Director Senior de Formación y Desarrollo de Liderazgo
Sociedad de San Vicente de Paúl USA.















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