“Este es el Cordero de Dios”
1 Jn 2, 29-3, 6; Sal 97; Jn 1, 29-34.
No puedo leer este pasaje del Evangelio sin imaginarme a Juan Bautista con la mano extendida hacia Jesús, señalándolo y proclamando con voz fuerte –para que todos lo escuchen– que Él es el Cordero de Dios. Puedo ver, también, todos los rostros volverse curiosos y expectantes hacia Jesús.
¡Quien sabe lo que esperaban ver! Pero lo que vieron fu a un cordero; al “Cordero de Dios” que realiza lo que en la tradición judía apenas era una imagen tenue: Tenían frente a ellos al “cordero expiatorio”, aquel que en los rituales del Templo se sacrificaba para lavar, perdonar, redimir las faltas. Miraron al verdadero “cordero pascual”, aquel que al pueblo de Israel le hacía recordar y revivir la liberación de la esclavitud de Egipto, el comienzo de su historia como verdadero pueblo amado por Yahvé; aquel que les recordaba que eran libres, hijos amados, destinados a vivir en amistad con su Dios y entre ellos.
Todavía estarán los nacimientos en nuestras casas o en las iglesias. ¿Qué vemos en ellos? Vemos, recostado en un pesebre, a un “cordero” tierno y frágil. Pero, míralo bien. Es el “Cordero de Dios”, el que te hace verdadero hijo de Dios, el que te ofrece la dicha verdadera y, al mundo entero, la paz.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: P. Silviano Calderón C.M.













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