Jesús nos da la bendición más grande, plena, selecta. Pues él es nuestro sumo sacerdote y el solo mediador entre Dios y los humanos.
Se dice que venir el Salvador a la tierra quiere decir dar Dios su bendición a la tierra. En otras palabras, Jesús representa el don divino de vida (J.L.McKenzie, “Bless, Blessing,” Dictionary of the Bible).
Y con la vida, vienen vigor, fuerza, salud, fecundidad, bienestar, paz. A su vez, paz quiere decir acogida, armonía, comunión, hermandad, solidaridad. Así pues, nacer Jesús es nacer la bendición, la paz y todo lo que es bueno.
Mas no se le acoge al que es la bendición divina en persona. Nace tan pobre, por lo tanto, que tiene por cuna un pesebre. Nacer, además, el Hijo de Dios de una mujer quiere decir anonadarse a sí mismo. Y todo esto da a entender que él no puede sino hacerse pobre para ser la bendición de Dios.
Jesús, pues, pobre, rechazado y abnegado, nos da a conocer desde nacer la verdad que luego predicará en un monte: «Dichosos los pobres …». Se nos precisa, sí, lo que hay que ser y hacer para recibir la bendición de Dios. Y la paz y todo lo bueno que significan la bendición y la paz.
Tan extraña nos resulta esta verdad que la ha de dar a conocer Dios. Pero él la da a conocer no más a los sencillos cual los pastores, Isabel, José y María. Y todos los que la aceptan, la conservan y la meditan en su corazón, logran saber esto: alcanzar la eterna bendición, paz y dicha es seguir abnegados a Jesucristo (SV.ES III:359).
Señor Jesús, concédenos ser pobres y sencillos. Así, te acogeremos y nos serás tú la bendición más grande, plena y selecta de Dios. Y pon tu nombre sobre nosotros para salvarnos y haz que sea de nosotros la dicha de los llamados a tu Cena.
1 Enero 2026
Santa María, Madre de Dios
Núm 6, 22-27. 12-14; Gál 4, 4-7; Lc 2, 16-21













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