“Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”
1 Jn 1, 1-4; Sal 96; Jn 20, 2-9.
El discípulo amado –el representante de las y los discípulos de Jesús– encontró el amor de su vida de la mano de Juan Bautista. Pasaba por allí Jesús y les dijo: “Ese es el cordero de Dios”. Este discípulo y Andrés lo siguieron, lo acompañaron, “vieron dónde vivía y se quedaron con él”. Al cabo de muchos años, el discípulo recordaba la hora de aquel primer encuentro, “eran como las 4:00 de la tarde” (Jn 1, 39).
El cristianismo no es una filosofía, una religión, una moral. No es eso en primer lugar. Es una relación personal con Jesucristo: Creo en TI, te escucho, me fío, te sigo a ti. En esta relación aparece después todo lo que Jesús nos dijo, nos mandó o nos reveló. Sin este encuentro, sin “estas cuatro de la tarde” en que “se quedaron con él”, sin la experiencia del amor personal a Jesucristo, el cristianismo se queda en nada o en ceremonias vacías, como un paseo sobre hojas secas.
Si hay encuentro, relación, trato, todo lo demás vendrá, Si no lo hay, hasta aquello que parecía o era bueno, irá desapareciendo ante las dificultades o ante la presión de un ambiente contrario.
Hoy te agradezco, Señor, el Evangelio y las cartas de Juan el evangelista. Quiero leerlo más.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: Benjamín Romo Martín C.M.








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