Desde un punto de vista vicenciano: Sin identidad secreta

por Pat Griffin, CM | Dic 17, 2025 | Patrick J. Griffin, Reflexiones | 0 comentarios

Muchas de las películas de aventuras actuales nos presentan a una persona que tiene una “identidad secreta”, detrás de la cual esconde sus dones especiales y su propósito. Esto le permite evitar la atención y llevar alguna versión de una vida normal.

Juan el Bautista ha estado proclamando la venida del Mesías y su propia misión. Él enseña:

«El que viene detrás de mí es más fuerte que yo
y no merezco ni llevarle las sandalias.
Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.
Él tiene el bieldo en la mano:
aventará su parva,
reunirá su trigo en el granero
y quemará la paja en una hoguera que no se apaga».

Juan señala a una figura llena de fuerza y vigor. Sin embargo, después de que Juan es encarcelado, envía a preguntar a Jesús si realmente es el Cristo.

«¿Eres tú el que ha de venir,
o tenemos que esperar a otro?»

Quizá lo que Juan estaba oyendo no era lo que él esperaba.

La respuesta que Jesús ofrece a los enviados del Bautista tiene un gran peso, claridad y una revelación decisiva de identidad:

«Id y anunciad a Juan lo que habéis visto y oído:
los ciegos ven,
los cojos andan,
los leprosos quedan limpios
y los sordos oyen,
los muertos resucitan,
los pobres son evangelizados…».

Estas son las obras y las palabras que definen a Jesús y su ministerio. Explican por qué ha venido y qué es lo que ha traído. Quienes le siguen deben comprender la verdad de esta misión. Jesús no esconde ningún secreto al que solo unos pocos tengan acceso. Viene a revelarse a todos.

Esta revelación me recuerda el pasaje de los Hechos de los Apóstoles en el que se da nombre a la primera comunidad de seguidores:

«En Antioquía fue donde, por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de cristianos» (Hch 11,26).

Imagino a la gente observando y escuchando las obras y las palabras de aquellos hombres y mujeres buenos. Su testimonio dejaba claro que eran seguidores de Cristo, y por eso debían ser llamados así: ¡cristianos!

Al entrar en este tiempo de Navidad, podemos examinar de qué manera también nosotros merecemos ser descritos con ese nombre. Puede manifestarse en nuestra alegría ante el gran acontecimiento, pero también en la generosidad y la orientación que caracterizan nuestras acciones. Este título no es solo algo que nos damos a nosotros mismos, sino algo que los demás nos otorgan porque reconocen que somos seguidores de Jesús. No debería ser ningún secreto.


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