Contemplación: Amar como somos amados
Monseñor Louis Baunard, biógrafo del beato Federico, citó en una ocasión el mandamiento más importante (Marcos 12,30) para preguntarse: «¿acaso no es eso todo lo que son la Regla, la obra y la finalidad de la Sociedad de San Vicente de Paúl?» [Baunard, 416]. En efecto, cuando nuestra Regla nos recuerda que servimos «solo por amor», es precisamente en el sentido en que Cristo nos manda amar a Dios y al prójimo con el mismo amor; precisamente el amor que Dios nos da.
¿Qué significa, entonces, amar al prójimo con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas? Amar con todo nuestro corazón parece lo más natural. Ver sufrir a otra persona nos conmueve, haciéndonos compartir su sufrimiento a través de nuestras propias lágrimas y de nuestra propia empatía. «No podemos ver sufrir a nadie sin sufrir con él, no ver llorar a nadie sin llorar con él —decía san Vicente—. Se trata de un acto de amor» [SVP ES XI-2, 560]. Es una conexión emocional, una conexión con lo más hondo de nuestro ser, con esa parte de nosotros que también siente el calor del amor de Dios cuando contemplamos un atardecer o contamos nuestras bendiciones. Dar al prójimo nuestro corazón, mediante nuestra empatía y nuestras palabras, es amar.
Amar con toda nuestra alma nos invita a una comunión más profunda con el prójimo y con Dios. Este amor nos invita a reconocer la misteriosa conexión de todos los creados a imagen de Dios; a vernos no como competidores individuales por escasos recursos de alimento, techo o gracia divina, sino como hermanos y hermanas sentados a la misma mesa, unidos por el Espíritu Santo, redimidos por el mismo Salvador y partícipes de la abundancia de la providencia de nuestro Dios. Amar con toda nuestra alma no consiste en preguntarnos qué ayuda “merece” el prójimo, sino en preguntarnos cuál es nuestro propio “segundo abrigo”.
Amar con toda nuestra mente es intentar aplicar plenamente nuestro don de la razón a los desafíos de la pobreza; buscar comprender las circunstancias que originan la carencia del prójimo, que a su vez pueden estar separándolo de la comunidad y de la esperanza de la promesa de Dios. Amar al prójimo con toda nuestra mente nos llama a trabajar creativamente para construir una comunidad con mayores oportunidades y mayor amor. Amar con toda nuestra mente no es un simple cálculo, sino un diálogo continuo, una búsqueda de puntos de encuentro, un compromiso con realizar el bien que puede hacerse.
Amar con todas nuestras fuerzas nos llama a algo más que sentir, pensar o hablar. Amar con todas nuestras fuerzas nos llama a actuar. «todas nuestras razones no consiguen fruto —explicaba san Vicente— si no llegamos al afecto» [SVP ES XI-1, 107]. Y así, nosotros, los vicentinos, siguiendo el ejemplo de nuestro patrón y las palabras de nuestro fundador, «vamos a los pobres», llevándoles el consuelo de nuestro corazón, la solidaridad de nuestra alma, la comprensión de nuestra mente y… un pedazo de pan, una hora de nuestro tiempo, un oído atento y una presencia amorosa.
Contemplar
¿Acompañan siempre mi corazón, mi alma y mi mente mis visitas al prójimo?
Por Timothy Williams
Director Senior de Formación y Desarrollo de Liderazgo
Sociedad de San Vicente de Paúl USA.















0 comentarios