Contemplación: Total y perfecta
Fieles a la Regla de la Sociedad de San Vicente de Paúl, “nos esforzamos por establecer relaciones basadas en la confianza y la amistad” con los prójimos a quienes servimos [Regla, Parte I, 1.9]. Es fácil recordar la importancia de la amistad. Al fin y al cabo, es uno de nuestros elementos esenciales, compartida entre los miembros y extendida a los prójimos a quienes servimos. Pero ¿y la confianza? Si no confío en mi prójimo, ¿puedo realmente llamarlo amigo?
La confianza es el fundamento de todas las relaciones sólidas: relaciones comerciales, matrimonios y amistades. Si bien nuestras amistades con los vecinos de al lado, compañeros de trabajo, viejos camaradas del ejército o nuestros confidentes más cercanos puedan diferir en su naturaleza, todo tipo de amistad depende de la confianza. De hecho, sin confianza, ni siquiera las consideraríamos amistades.
No existe un solo amigo; siempre hay al menos dos. Para tener un amigo, hay que ser amigo. Y así como la amistad en sí se define por esta reciprocidad, también lo está la confianza sobre la que se construye esa amistad. No basta con confiar en el vecino si no buscamos también ganarnos su confianza.
Es muy fácil encontrar defectos en los demás mientras excusamos los nuestros, y es fácil dejar que esta tendencia natural de pensamiento se cuele en nuestras visitas domiciliarias, llevándonos a pensar, quizá de manera inconsciente: “¿por qué han tardado tanto en llamar? ¿Cómo han podido tomar las decisiones que les han llevado a esta crisis? ¿Por qué no ordenan este desorden, buscan un segundo trabajo hasta que pase la crisis?, etc., etc., etc.” Y, sin embargo, cada una de estas preguntas equivale a lo mismo: “¿Por qué no son más como yo?”
Esta no es una pregunta basada en la confianza.
Si buscamos fallos, los encontraremos. Del mismo modo, si buscamos lo bueno, también se manifestará sin duda. Como explicó san Vicente: “Si excusamos estas faltas de nuestros [amigos], obtendremos su confianza” [SVP ES IX, 265]. Esto es especialmente cierto, dado que no podemos confiar en nuestro propio juicio sobre los defectos de los demás. Si un día ofrecemos un consejo de buena fe a un amigo, este estará abierto a él si nos hemos mostrado dignos de confianza. Nos concederá el mismo beneficio de la duda que nosotros le concedimos primero.
Dios nos llama a esta vocación. Él nos confía el cuidado de sus amados pobres, pidiéndonos ver su rostro en cada uno de ellos y confiar siempre en su Providencia. Por tanto, si nuestro amor al prójimo, como nos recuerda el Mandamiento Mayor, no puede separarse de nuestro amor a Dios, tampoco puede separarse nuestra confianza en Dios —y, más importante aún, la confianza de Dios en nosotros— de nuestra confianza en el prójimo.
“Tengamos confianza en Dios de forma total y perfecta —dijo Vicente—, y estemos seguros de que, si empezó su obra en nosotros, la llevará a feliz término” [SVP ES XI, 731].
Contemplar
¿Cómo puedo transformar mis dudas y juicios en confianza?
Por Timothy Williams
Director Senior de Formación y Desarrollo de Liderazgo
Sociedad de San Vicente de Paúl USA.















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