Aunque las Escrituras iluminan a todos los grupos de edad, hay pasajes que están dirigidos a una etapa concreta de la vida. El capítulo 4 de la Segunda carta de Pablo a Timoteo habla directamente a quienes se encuentran en sus años de madurez. Y esto se debe a que en él, el propio Pablo no solo se identifica como un anciano, sino también como un creyente que mira hacia su pasado, comenta su presente y expone sus deseos para el futuro.
Al admitir que el momento de su partida se acerca, procede a reflexionar sobre las etapas de su vida.
Mirando hacia atrás, afirma que “ha competido bien, ha terminado su carrera” y, lo que es más importante, que “ha conservado la fe”. Reconoce cómo, a lo largo de esos años, el Señor “ha estado a su lado, le ha rescatado y le ha dado fuerzas”.
Reflexionando sobre su presente, reconoce la energía que ha estado dedicando a proclamar la Palabra a los gentiles y cómo, al hacerlo, “ha sido derramado como una libación”.
Mirando hacia adelante, confía en que el Señor seguirá rescatándole de toda amenaza, le conducirá con seguridad a su Reino celestial y, al final, le regalará “la corona de la justicia”.
Este texto no es solo un testimonio de san Pablo, sino también un estímulo para todos los creyentes sinceros que se adentran en sus últimos años. Al mirar atrás a una vida llena de fe, citar sus actividades en el presente y tender confiadamente hacia un final bendecido, resume la vida de cualquier discípulo entregado.
Y para nosotros, en la Familia Vicenciana, habla no solo de la biografía de nuestro Santo, sino también del pasado, el presente y el futuro de quienes vendrán detrás de él, del mismo modo que él siguió con constancia las huellas misioneras de un san Pablo, todos nosotros caminando juntos al ritmo del paso sagrado de Jesús.













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