Novena en Honor a la Virgen Milagrosa 2025: La historia de la salvación a través del rostro de María (día 9)

por .famvin | Nov 26, 2025 | Asociación de la Medalla Milagrosa, Formación, Reflexiones | 0 comentarios

Oración:

Padre misericordioso, que en tu inmenso amor nos has dado el signo admirable de la maternidad divina de María, por quien nos llegó Cristo, nuestro Salvador y Redentor. Te pedimos que, de la mano de Ella, caminemos por este mundo sembrando semillas de justicia y de paz, construyendo juntos espacios donde se haga visible tu Reino en medio de nuestros hermanos y hermanas que más sufren.

Padre amoroso, llenos de una esperanza renovada que María nos inspira, nos presentamos ante ti con el corazón sediento y necesitado de tu Palabra. Al meditarla cada día en esta novena, concédenos la gracia de abrirnos al don de la conversión, para que, siendo verdaderos discípulos y misioneros de Cristo, podamos anunciar con gozo la Medalla Milagrosa como un signo profético de tu amor y de tu misericordia para nuestro tiempo.

Padrenuestro.

Gloria.

Oración a la Virgen María:

Madre, Camino de Esperanza, tú que fuiste iluminada por la fe y creíste en la Palabra de Dios, acompáñanos en esta novena que dirigimos en tu honor, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa. Que, reunidos en torno a tu Hijo, podamos recuperar la frescura del Evangelio y anunciar con alegría la esperanza a un mundo herido por la división y las discordias.

Tus rayos nos infunden la certeza de que nuestra historia está en las manos misericordiosas de Dios, que nos ama y nos ilumina en las noches más oscuras y en los momentos más dolorosos de nuestra vida. Hoy, más que nunca, elevamos nuestro clamor al cielo, implorando un nuevo renacer del corazón y de la fe.

Ayúdanos, Madre, a sembrar en nosotros la Palabra del Señor, a custodiarla con amor y a proclamarla con valentía, para que Cristo, tu Hijo, sea conocido, amado y servido en nuestros hermanos y hermanas.

Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Ti. Dios te salve María…

Gozos:

Respuesta: puede ser el estribillo de una canción o la jaculatoria (Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que acudimos a ti).

Madre Milagrosa, de ternura y compasión
que haciendo historia de salvación
vas caminando siempre con tu pueblo
que a ti clama en la aflicción.

En mil ochocientos treinta,
en Francia, Calle del Bac,
auna pobre novicia,
la virgen santa se apareció.
Eran vísperas de San Vicente,
noche silenciosa de julio,
cuando la Madre dejó su trono
y en una pequeña capilla se presentó.

Siendo la media noche
un Ángel se apareció
para darle un anuncio
de parte de la Madre de Dios.
Las luces se iban prendiendo,
las puertas se iban abriendo
y al llegar a la capilla la hermana ansiosa la esperó.

La voz del cielo anunciaba
que la madre llegó.
La sede sacerdotal
con humildad ella ocupó.
La hermana Catalina
sus manos colocó
en las piernas de la Madre
y misión ella le encomendó.

En una mañana de noviembre
los sentidos no lo percibieron
pero un corazón atento
nuevamente a la Madre observó;
las insignias de la medalla
que Catalina vio, se han convertido
en fuente de milagro y amor.

“Haz acuñar una medalla”,
la Virgen le pidió
para ser portada por los fieles
con gran devoción.
Madre Santa, tu gran Medalla
es emblema de tu amor,
hoy nosotros la portamos
en señal de filiación.

Sea por Jesús, sea por María,
sea por el ejemplo de los santos que nos guían.
Y que por la Medalla Milagrosa
alcancemos la gracia de convertir
nuestros dolores en alegrías.

NOVENO DÍA

María, la Mujer coronada de esperanza

Signo: 12 estrellas con palabras o mensajes alusivos a la esperanza y la caridad, alrededor el nombre de Jesús y de María.

Comentario inicial:

Toda historia de amor culmina en la luz. Después del dolor de la cruz y la espera del Cenáculo, María aparece gloriosa, no por poder humano, sino por la fidelidad de su fe. La corona que brilla sobre su cabeza no es premio, sino plenitud; no es privilegio, sino consecuencia del amor llevado hasta el extremo. Hoy contemplamos a María, la Mujer coronada de esperanza, signo de la victoria de Dios y anticipo de lo que todos estamos llamados a vivir: participar en la gloria del Resucitado.

​Canto: Quiero ser tu pregonera.

Lectura del Texto Bíblico:  Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab

“Y se abrió el Santuario de Dios en el cielo, y apareció el arca de su alianza en el Santuario, y se produjeron relámpagos, y fragor, y truenos, y temblor de tierra y fuerte granizada. Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; Y apareció otra señal en el cielo: un gran Dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas. Su cola arrastra la tercera parte de – las estrellas del cielo y las precipitó sobre la tierra. – El Dragón se detuvo delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su Hijo en cuanto lo diera a luz. La mujer – dio a luz un – Hijo – varón, – el que ha de – regir a todas las naciones con cetro de hierro; – y su hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono. Y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios para ser allí alimentada 1.260 días. Oí entonces una fuerte voz que decía en el cielo: «Ahora ya ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo, porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche delante de nuestro Dios”. Palabra de Dios.

Reflexión: 

El Apocalipsis nos presenta una visión luminosa: una mujer revestida de sol, símbolo de la Iglesia y figura de María. Esa imagen no describe un pasado, sino un futuro que ya ha comenzado. La mujer sufre los dolores del parto, pero su dolor está lleno de promesa; su lucha no es derrota, sino camino hacia el nacimiento de una nueva creación.

María es esa mujer. En ella, la humanidad alcanza su destino más alto: ser plenamente habitada por Dios. Su vida, marcada por la humildad y el servicio, se convierte en la senda que conduce de la tierra al cielo. Todo lo que en ella fue fidelidad en la prueba, se transforma ahora en gloria; todo lo que fue silencio en la historia, se vuelve canto en la eternidad.

El resplandor que la envuelve no proviene de sí misma, sino de Cristo, el Sol que nunca se apaga. Ella refleja la luz del Resucitado como la luna refleja la del sol: su grandeza está en dejarse iluminar. Por eso, María no solo está en el cielo: es señal en el cielo, orientadora del peregrino, consuelo del que espera, certeza de que el amor de Dios no se detiene en la muerte.

La corona que lleva en la Medalla Milagrosa resume todo su camino: la obediencia de Nazaret, la fidelidad del Calvario, la oración del Cenáculo. Cada estrella es una victoria de la gracia; cada rayo de luz, un testimonio de que Dios cumple sus promesas. María coronada no se distancia del mundo: intercede por él, ilumina la historia, sostiene la esperanza. Ella es la primera redimida, la primicia de lo que todos los creyentes esperamos: ser transformados en gloria.

Al mirarla, comprendemos que el destino del cristiano no es la oscuridad, sino la luz; no la pérdida, sino la plenitud; no la muerte, sino la vida eterna. María nos muestra el rostro final de la humanidad amada y redimida: la criatura plenamente unida a su Creador. Por eso, la devoción a la Virgen Milagrosa no termina en la súplica, sino en la acción de gracias. Contemplar su corona es afirmar, en medio de las sombras del mundo, que la última palabra siempre la tiene la esperanza.

Preguntas:

  1. ¿Vivo mi fe con la mirada puesta en la esperanza eterna o me quedo atrapado en lo inmediato?
  2. ¿Dejo que la luz de María me recuerde que también yo estoy llamado a la santidad y a la plenitud del cielo?
  3. ¿Qué signos concretos de esperanza puedo ofrecer hoy al mundo, reflejando la luz de Cristo como lo hace la Virgen?

Oración final:

Virgen Inmaculada de la Medalla Milagrosa, que te manifestaste a Santa Catalina Labouré como mediadora de todas las gracias, atiende a mi plegaria.

En tus manos maternales dejo todos mis intereses espirituales y temporales, y te confío en particular la gracia que me atrevo a implorar de tu bondad, para que la encomiendes a tu divino Hijo y le ruegues concedérmela, si es conforme a su voluntad y ha de ser para bien de mi alma.

Eleva tus manos al Señor y vuélvelas luego hacia mí, Virgen poderosa; envuélveme en los rayos de tu gracia, para que a la luz y al calor de esos rayos me vaya desapegando de las cosas terrenas y pueda marchar con gozo en tu seguimiento, hasta el día en que bondadosa me acojas a las puertas del cielo. Amén.

Descarga la Novena completa pulsando sobre la siguiente imagen:

Fuente: https://www.corazondepaul.org/


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