Ver a Cristo en el rostro de los pobres

Novena en Honor a la Virgen Milagrosa 2025: La historia de la salvación a través del rostro de María (día 6)

por .famvin | Nov 23, 2025 | Asociación de la Medalla Milagrosa, Formación, Reflexiones | 0 comentarios

Oración:

Padre misericordioso, que en tu inmenso amor nos has dado el signo admirable de la maternidad divina de María, por quien nos llegó Cristo, nuestro Salvador y Redentor. Te pedimos que, de la mano de Ella, caminemos por este mundo sembrando semillas de justicia y de paz, construyendo juntos espacios donde se haga visible tu Reino en medio de nuestros hermanos y hermanas que más sufren.

Padre amoroso, llenos de una esperanza renovada que María nos inspira, nos presentamos ante ti con el corazón sediento y necesitado de tu Palabra. Al meditarla cada día en esta novena, concédenos la gracia de abrirnos al don de la conversión, para que, siendo verdaderos discípulos y misioneros de Cristo, podamos anunciar con gozo la Medalla Milagrosa como un signo profético de tu amor y de tu misericordia para nuestro tiempo.

Padrenuestro.

Gloria.

Oración a la Virgen María:

Madre, Camino de Esperanza, tú que fuiste iluminada por la fe y creíste en la Palabra de Dios, acompáñanos en esta novena que dirigimos en tu honor, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa. Que, reunidos en torno a tu Hijo, podamos recuperar la frescura del Evangelio y anunciar con alegría la esperanza a un mundo herido por la división y las discordias.

Tus rayos nos infunden la certeza de que nuestra historia está en las manos misericordiosas de Dios, que nos ama y nos ilumina en las noches más oscuras y en los momentos más dolorosos de nuestra vida. Hoy, más que nunca, elevamos nuestro clamor al cielo, implorando un nuevo renacer del corazón y de la fe.

Ayúdanos, Madre, a sembrar en nosotros la Palabra del Señor, a custodiarla con amor y a proclamarla con valentía, para que Cristo, tu Hijo, sea conocido, amado y servido en nuestros hermanos y hermanas.

Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Ti. Dios te salve María…

Gozos:

Respuesta: puede ser el estribillo de una canción o la jaculatoria (Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que acudimos a ti).

Madre Milagrosa, de ternura y compasión
que haciendo historia de salvación
vas caminando siempre con tu pueblo
que a ti clama en la aflicción.

En mil ochocientos treinta,
en Francia, Calle del Bac,
auna pobre novicia,
la virgen santa se apareció.
Eran vísperas de San Vicente,
noche silenciosa de julio,
cuando la Madre dejó su trono
y en una pequeña capilla se presentó.

Siendo la media noche
un Ángel se apareció
para darle un anuncio
de parte de la Madre de Dios.
Las luces se iban prendiendo,
las puertas se iban abriendo
y al llegar a la capilla la hermana ansiosa la esperó.

La voz del cielo anunciaba
que la madre llegó.
La sede sacerdotal
con humildad ella ocupó.
La hermana Catalina
sus manos colocó
en las piernas de la Madre
y misión ella le encomendó.

En una mañana de noviembre
los sentidos no lo percibieron
pero un corazón atento
nuevamente a la Madre observó;
las insignias de la medalla
que Catalina vio, se han convertido
en fuente de milagro y amor.

“Haz acuñar una medalla”,
la Virgen le pidió
para ser portada por los fieles
con gran devoción.
Madre Santa, tu gran Medalla
es emblema de tu amor,
hoy nosotros la portamos
en señal de filiación.

Sea por Jesús, sea por María,
sea por el ejemplo de los santos que nos guían.
Y que por la Medalla Milagrosa
alcancemos la gracia de convertir
nuestros dolores en alegrías.

SEXTO DÍA

María, la Mujer de Caná

Signo: La imagen de Jesús y de la Virgen María y siete cantaros o recipientes con agua, que tengan escritos valores y virtudes cristianas.

Comentario inicial:

La vida humana está llena de celebraciones y de carencias, de alegrías y de momentos donde “falta el vino”. En el Evangelio de Caná, María aparece no solo como madre, sino como discípula atenta, que percibe el sufrimiento antes de que se note y actúa antes de que se le pida. Ella no busca protagonismo, sino que orienta todo hacia Jesús: “Hagan lo que Él les diga.” Hoy la contemplamos como la Mujer de Caná, aquella que intercede, confía y abre el corazón de los hombres al milagro de la fe.

​Canto: Dijiste sí.

Lectura del Texto Bíblico: Juan 2, 1-12

“Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: «No tienen vino.»  Jesús le responde: «¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora.» Dice su madre a los sirvientes: «Haced lo que él os diga.» Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. Les dice Jesús: «Llenad las tinajas de agua.» Y las llenaron hasta arriba. «Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala.» Ellos lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice: «Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora.» Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos”. Palabra del Señor.

Reflexión: 

En Caná de Galilea, María nos enseña una de las dimensiones más hermosas de su maternidad: su mirada compasiva. No hay lamento en su voz, solo una observación sencilla y llena de ternura: “No tienen vino.” Esa frase, aparentemente doméstica, revela una profundidad espiritual inmensa: María es capaz de ver la necesidad oculta, la falta que amenaza la alegría, la carencia que puede apagar la fiesta.

Su modo de interceder es discreto, confiado, eficaz. No pide cómo debe actuar Jesús, no impone condiciones: simplemente le presenta la necesidad. Su confianza no se apoya en un milagro visible, sino en la certeza de que el amor de su Hijo nunca deja las cosas incompletas.

Por eso, a los sirvientes les dirige la frase que resume todo el Evangelio: “Hagan lo que Él les diga.” María no ocupa el centro: conduce hacia Él. Su autoridad no proviene de dominar, sino de servir; su grandeza, de haber aprendido a confiar.

En ese momento, el agua se transforma en vino, y la fiesta continúa. El primer signo de Jesús no solo alegra a los esposos, sino que revela la identidad de María como colaboradora en la misión redentora. Ella está presente al inicio de la vida pública de Cristo, así como estará al pie de la cruz: en ambos momentos, su fe impulsa la manifestación del amor de Dios. Caná no es solo un milagro doméstico, sino una profecía: allí se anticipa la nueva alianza, sellada más tarde en el Calvario.

Por eso, en la Medalla Milagrosa, la letra “M” entrelazada con la cruz expresa esta unión inseparable entre la Madre y el Hijo. La cruz que se eleva sobre la “M” no aplasta, sino que corona: simboliza la cooperación de María en la obra redentora. Ella permanece unida al misterio pascual no como espectadora, sino como mujer que comparte el sufrimiento y la esperanza de la humanidad. María de Caná nos recuerda que la fe madura cuando aprendemos a unir nuestras pruebas con la cruz de Cristo, confiando en que todo lo que Él toca, incluso el agua de nuestra pobreza, puede convertirse en vino nuevo.

Preguntas:

  1. ¿Soy capaz de percibir, como María, las necesidades de los demás antes de que me las pidan?
  2. ¿Confío en que Jesús puede transformar las “aguas” de mi vida en vino nuevo, incluso cuando parece que todo falta?
  3. ¿Vivo mi fe unido a la cruz de Cristo, con la confianza silenciosa y activa de María?

Oración final:

Virgen Inmaculada de la Medalla Milagrosa, que te manifestaste a Santa Catalina Labouré como mediadora de todas las gracias, atiende a mi plegaria.

En tus manos maternales dejo todos mis intereses espirituales y temporales, y te confío en particular la gracia que me atrevo a implorar de tu bondad, para que la encomiendes a tu divino Hijo y le ruegues concedérmela, si es conforme a su voluntad y ha de ser para bien de mi alma.

Eleva tus manos al Señor y vuélvelas luego hacia mí, Virgen poderosa; envuélveme en los rayos de tu gracia, para que a la luz y al calor de esos rayos me vaya desapegando de las cosas terrenas y pueda marchar con gozo en tu seguimiento, hasta el día en que bondadosa me acojas a las puertas del cielo. Amén.

Descarga la Novena completa pulsando sobre la siguiente imagen:

Fuente: https://www.corazondepaul.org/


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