Contemplación: Unidad en el Amor
Repetimos a menudo las palabras de san Vicente, cuando nos dice que debemos “amar a Dios… pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente” [SVP ES XI, 733], entendiendo (con razón) que todas nuestras obras de caridad son expresiones de amor al Creador. La Regla de la Sociedad de San Vicente de Paúl lo afirma también, explicando que no trabajamos por beneficio o ventaja alguna para nosotros, sino “sólo por amor” [Regla, Parte I, 2.2]. Una y otra vez, Vicente y Federico nos recuerdan que la prueba de nuestro amor a Dios está en el sudor y el esfuerzo de nuestras obras. Esta definición de amor parece muy distinta del calor y la ternura que la palabra nos sugiere de forma natural.
Cuando amamos a un amigo, a un hijo, a un cónyuge, a un mentor, sentimos un afecto natural; nos gusta estar con ellos. Sonreímos espontáneamente en su presencia y buscamos su compañía. Apenas podemos evitar alzar a nuestros hijos y abrazarlos. ¡Seguramente, esto también es amor!
De igual modo, sentimos de manera natural afecto y calor hacia nuestro Dios amoroso. Como decía san Vicente, estamos “llenos de gusto y de ternura… [vemos] continuamente presente a Dios, encuentra su satisfacción en pensar en él” y pasamos la vida “insensiblemente en esta contemplación” [SVP ES IX,432]. Este amor, que san Vicente, siguiendo la enseñanza de san Francisco de Sales, llamaba amor afectivo, se convierte en nuestro impulso para hacer cosas, incluso cosas difíciles, para agradar a Dios —por su causa, no por la nuestra.
De manera semejante, el amor afectivo natural que tenemos por nuestros cónyuges e hijos nos inspira a intentar complacerles y, más importante aún, a trabajar por su bien. Después de todo, ¿qué sería de nuestro amor familiar si se limitara solo a abrazos y muestras de afecto, sin hacer el trabajo necesario para alimentar, cobijar, proteger y educar? Cuando realizamos esta labor, incluso —y quizás especialmente— cuando no es apreciada, es lo que Vicente llamaba amor efectivo. Actuamos por el bien de aquel a quien amamos.
Como escribió santo Tomás de Aquino, amar es querer el bien del otro [Suma, IIII, Q27, A2]. ¿Cómo, entonces, queremos el bien de Dios? El bien de Dios, decía san Vicente, consiste en “ querer que su nombre sea conocido y manifestado a todo el mundo, que reine en la tierra, que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo” [SVP ES XI,736]. Amar a Dios, pues, querer su bien, es hacer su voluntad; hacer nuestra su voluntad.
Y es voluntad de Dios que le veamos y sirvamos en el pobre, en el desesperado, en el hambriento, en el preso, en el extranjero y en el enfermo. A ellos les ofrecemos no solo nuestro afecto, sino nuestro tiempo, talentos, bienes y a nosotros mismos. Porque, como enseña Santiago, “Si un hermano o una hermana carecen de ropa y alimento para el día, y uno de vosotros les dice: ‘Id en paz, abrigaos y comed bien’, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve?” (Santiago 2,15). Amar a Dios es amar lo que Él ama, tanto afectivamente como efectivamente. Fe y obras, así, se convierten en una sola cosa en el amor.
Contemplar
¿Es mi amor por el prójimo, y por Dios, realmente algo más que palabras?
Por Timothy Williams
Director Senior de Formación y Desarrollo de Liderazgo
Sociedad de San Vicente de Paúl USA.















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