San Vicente de Paúl y la humanización de las cárceles

por | Nov 9, 2025 | Formación, Jubileo 400 aniversario | 0 Comentarios

Es un tema que siempre vuelve a la actualidad cada vez que se abordan los problemas de la justicia en Portugal, donde se asocia naturalmente a la cuestión de las prisiones; pero nada semejante a lo que ocurría en Francia en el siglo XVII, ni en cuanto a las instalaciones ni a la aplicación de la justicia. La condición en que vivían los condenados a galeras era una vergüenza para la sociedad y una espina clavada en la conciencia humana y cristiana de Francia. Por eso el señor Gondi, comandante general de la Marina (1), pide al rey que nombre un capellán general para la Marina, encargado de atender esos aspectos humanos y religiosos que parecían haber desaparecido de las cárceles francesas. El padre Vicente fue el elegido para ejercer tales funciones.

Para hacernos una idea de lo que era aquel submundo, cito a Bourdaloue (2), célebre predicador que, unos años más tarde, al dirigirse a las damas de la nobleza, pretendía despertar en ellas cierta sensibilidad hacia lo que todavía seguía ocurriendo en las prisiones francesas:

“Descended, señoras, a esos antros profundos donde la justicia de los hombres revela todo su rigor; intentad penetrar en las sombras de esas moradas oscuras. Fijad la vista y mirad, si podéis, a través de esa horrenda oscuridad, a uno de esos miserables: exhausto y aplastado por el peso de los hierros que le encadenan. Añadid a todos esos tormentos del espíritu el sufrimiento del cuerpo: por morada, una mazmorra infecta; por alimento, un pedazo de pan tosco y racionado; por cama, un montón de paja” (3).

Como era difícil encontrar asalariados debido a la dureza del trabajo, los jueces se habían acostumbrado a condenar por cualquier motivo a algunos años de galeras. Y los condenados, una vez sujetos a los bancos de los remeros, eran retenidos más allá del plazo fijado por la justicia. Como si no bastara, eran tratados como animales de carga. Encadenados a los bancos, remaban sin descanso al compás del látigo que, de cuando en cuando, marcaba sus espaldas desnudas (4). Ser condenado a galeras equivalía prácticamente a una sentencia de muerte. En caso de batallas navales, eran los más expuestos a los ataques enemigos, siendo los primeros en morir. Igualmente, en caso de naufragio, tenían la muerte asegurada: presos por pesadas cadenas de hierro, no podían escapar ni nadar.

En el padre Vicente de Paúl encontramos no solo un acérrimo defensor, sino, sobre todo, un ejecutor de esta humanización tan deseada, especialmente por las víctimas de la brutalidad y de las injusticias cometidas por jueces, guardianes y otros funcionarios públicos sin escrúpulos. Una de las iniciativas más notables de su vida, tras ser nombrado capellán mayor de la Marina francesa, fue la visita prolongada a las cárceles para ver con sus propios ojos lo que ocurría. Había tres grandes concentraciones de condenados: París, Marsella y Burdeos. La primera era la de París, donde los condenados esperaban la orden de partida hacia los puertos de anclaje de la Marina francesa.

A partir de lo que observó, el padre Vicente se puso en acción. Pidió al Procurador General, que supervisaba las prisiones, que le proporcionase un espacio más humano, y consiguió trasladar a los presos a un lugar más saludable. Despertó el interés de las Damas de la Caridad de París por esta obra, cuya situación desconocían. A Luisa de Marillac, responsable de la cofradía de la parroquia de San Nicolás de Chardonnet, le preguntó si no sería conveniente que los prisioneros también se beneficiasen de las distribuciones que las damas de la Caridad hacían a los pobres de la parroquia: “Piense un poco si podría encargarse de ellos la Caridad de san Nicolás, al menos por algún tiempo” (SVP ES I, 222). Y como las damas sentían repugnancia de entrar en aquellos tugurios oscuros y nauseabundos, donde los presos yacían en el suelo, encadenados de dos en dos, vociferando su rabia y desesperación, el padre Vicente tuvo la audaz idea de sugerir a Luisa de Marillac que podría ser una actividad para sus jóvenes Hijas de la Caridad, de la que “resultaría gloria para Dios y dignificación de la condición humana” (3). Después de París, realizó la misma visita a Marsella y Burdeos, donde encontró el mismo espectáculo, agravado por la presencia de quienes, recién llegados del mar, enfermos o heridos, eran ahora abandonados en aquellas mazmorras esperando la muerte, mezclados con los que se preparaban para partir. Un espectáculo horrible en el que nada inspiraba esperanza.

La tarea era gigantesca, y por eso era necesario implicar al mayor número posible de personas, no solo para obtener ayuda, sino también para crear y fomentar una conciencia cívica en torno a este terrible fenómeno. Y comenzaron a llegar donativos. Era necesario que alguien asumiera la responsabilidad de gestionar este trabajo. Vicente presentó la propuesta a Luisa de Marillac: confiar a las Hijas de la Caridad un servicio permanente en las prisiones de los condenados a galeras. Y concluyó: “precisamente porque sé que es un trabajo difícil, tengo la osadía de proponérselo a usted” (4).

Pero enviar a jóvenes muchachas a cuidar de presos heridos y enfermos, y a mejorar las condiciones de higiene y alimentación, era como una bocanada de aire fresco que entraba en las prisiones, aunque con muchos riesgos y trampas. Por ello pidió a Luisa que redactase un reglamento sobre el funcionamiento de este trabajo en las cárceles. Para hacerlo, ella fue personalmente a observar el comportamiento de los presos, la reacción de las hermanas y las situaciones embarazosas o delicadas que podían surgir. Durante unos ocho años acompañó a sus hijas en esta labor: preparar la comida, curar las heridas de los enfermos, repartir las raciones, escuchar las imprecaciones y soportar malos tratos.

Al final, se creó un reglamento, mezcla de audacia y prudencia, de dedicación a una causa noble: “la atención, tanto espiritual como corporal, no solamente a los pobres enfermos, sino también a los forzados condenados a las galeras” (SVP ES X, 687). La comida se preparaba en casa, siguiendo la recomendación de Luisa de que fuera sabrosa, para abrir el apetito. Dos orientaciones importantes: que no se permitiesen desvíos en la alimentación, ni antes ni después de cocinada, y que todas las recetas e ingresos fueran registrados, porque era “absolutamente necesario que las hijas de la Caridad parezcan y sean fieles en llevar sus cuentas” (SVP ES IX-2, 812).

El trabajo era duro. Luisa, siempre presente, acompañaba a sus hermanas en las tareas y en la formación necesaria para realizarlas bien. Transportar las compras, cargar cestos de ropa, llevar las ollas de casa a la prisión, cuidando de que la comida se sirviera a una hora fija, en señal de respeto hacia los presos. Pero sobre todo era duro por el lenguaje grosero, la suciedad de los lugares, el aspecto desagradable de los prisioneros —con rostros de resentimiento, permanentemente airados, siempre exigiendo más—. Pero, a pesar de todo, “no dejan de ser miembros de Aquel que se hizo siervo”. Y concluía con esta exhortación espiritual:

“No te costará mucho cargar con las ollas si tienes siempre presente que Jesús Cristo es el destinatario de tu servicio. Si te olvidas, aunque sea por poco tiempo, de la idea de que los pobres son miembros de Jesucristo, disminuirán necesariamente la delicadeza y el amor que debes tener siempre con estos nuestros queridos señores. Por el contrario, esa idea, cuando está presente, hará que no tengas ninguna dificultad en servirlos, respetarlos y aliviarlos en sus penas, sin quejarte” (5).

Más tarde, en 1655, con varios años de experiencia y haciendo una síntesis de todo el trabajo de las Hijas de la Caridad al servicio de los prisioneros a la luz de la fe, el padre Vicente se expresaba así: “Hermanas mías, ¡qué dicha servir a esos pobres presos, abandonados en manos de personas que no tenían piedad de ellos! Yo he visto a esas pobres gentes tratados como bestias; esto fue lo que hizo que Dios se llenara de compasión. Le dieron lástima y luego su bondad hizo dos cosas en su favor: primero, hizo que compraran una casa para ellos; segundo, quiso disponer las cosas de tal modo que fueran servidos por sus propias hijas, puesto que decir una hija de la Caridad es decir una hija de Dios” (SVP ES IX-2, 749).

P. José Alves, CM

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(1) Felipe Manuel de Gondi, comandante de la armada francesa del Mediterráneo. El padre Vicente de Paúl era capellán de la familia y educador de sus hijos. Tras el fallecimiento de su esposa, Felipe se ordenó sacerdote y entró en el Oratorio.
(2) Bourdaloue, célebre predicador de la corte; en los últimos años de su vida se dedicó a obras de caridad y a visitar las prisiones.
(3) Margaret Flinton, Luísa de Marillac: Aspeto social da sua obra, p. 163.
(4) Jean Calvet, Cara Caridade: Vicente de Paulo, p. 69.
(5) Margaret Flinton, Luísa de Marillac: Aspeto social da sua obra, p. 115.

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