Esperando, esperando (Éx 17,8-13; Lc 18,1-8)
Si nos hicieran la pregunta: «¿Alguna vez te has sentido decepcionado con Dios?», sospecho que habría una o dos manos levantadas… o quizá ¡todas las manos!
Esos momentos en que, en medio de algún problema o bajo presión —ya sea por nosotros mismos o por otra persona—, pedimos ayuda, pero nunca sentimos que esa ayuda llegue. O aquellas veces en que escuchamos promesas como las del Salmo 121: «El auxilio me viene del Señor. El Señor es tu guardián, está siempre a tu lado, a tu derecha». El problema son esos momentos tensos en los que tales palabras de consuelo parecen vacías, porque la dificultad no desaparece y la presión no cede…
Si alguna vez has experimentado esa decepción —y ¿quién no?—, la Escritura ofrece varias reflexiones que hablan precisamente de esta experiencia universal de la oración no respondida.
Una de ellas es la sabiduría que brota de Moisés y sus compañeros en el libro del Éxodo, cuando se enfrentan a la perspectiva de ser aniquilados por sus enemigos en batalla. Habían orado por su liberación, pero, como las derrotas seguían acumulándose, empezaron a perder la paciencia, por no decir la confianza en Dios. Su salvación dependía del éxito que tuviera Moisés en mantener los brazos alzados. Pero, según cuenta la historia, con el paso de las semanas le resultaba cada vez más difícil hacerlo, aunque él y todos los demás suplicaban a Dios que le diera fuerzas para resistir.
Finalmente, su oración fue escuchada, pero la respuesta llegó a través de la fortaleza de los brazos de otras personas. Es decir, la confianza vacilante de Moisés en que Dios intervendría recobró vigor al mezclarse con la fe de quienes estaban a su lado. Su oración debilitada encontró apoyo y fuerza en la oración y en las acciones de los demás.
¿La lección? Que cuando rezamos, no lo hacemos de manera solitaria, completamente por nuestra cuenta, del mismo modo que no atravesamos la vida completamente solos. No nos dirigimos a Dios únicamente por nosotros mismos, sino siempre acompañados, sostenidos por la fuerza de otros.
La oración y la fe cristianas nunca son empresas solitarias. Mi fe y mi oración se fortalecen gracias al apoyo de otras personas que también oran, creen y confían. Y eso incluye a amigos, familiares, escritores espirituales, vecinos, distintos santos y, especialmente, aquellos que nos han precedido. Y, para nosotros, seguidores de Vicente, eso abarca a los miles y miles de miembros de su Familia que hoy viven y sirven.
La oración y la vida de fe son comunitarias. Cada uno de nuestros brazos se mantiene en alto y firme gracias a la oración, la fe y la confianza de otros brazos, especialmente cuando los nuestros empiezan a flaquear por la decepción.
Una segunda breve lección sobre cómo afrontar el desánimo nos llega con la parábola lucana de Jesús (Lc 18, 1-8) sobre la viuda insistente, que no dejaba de suplicar —o, mejor dicho, de importunar— al juez para obtener un veredicto justo. Su tenacidad es un modelo de perseverancia al pedir, al orar, al presentarse ante Dios una y otra vez. Esta mujer obstinada nos enseña precisamente eso.
Así pues, orar, creer y confiar en tiempos áridos, en momentos que parecen vacíos. Al menos dos lecciones se nos ofrecen: una perseverancia constante, incluso tenaz, y la disposición a apoyarnos en la fe y la confianza de los demás, y a dejarnos sostener por ellas.















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