No pasa un día sin que nos veamos impulsados a preguntarnos: «¿Por qué permitió Dios que esto sucediera?» Vemos desastres naturales como el huracán que azotó el Caribe, o el terremoto en Afganistán, o los tornados en Estados Unidos. Podemos señalar inundaciones y sequías, tormentas e incendios forestales. ¿Por qué Dios permite que estas cosas tengan lugar? ¿Y qué decir de la guerra, la enfermedad y el hambre? ¿Qué decir de la crueldad, la violencia y los prejuicios? Parece existir una lista interminable de problemas que forman parte del orden de nuestro mundo y pensamos que no tendrían por qué ser así. ¿Dónde está Dios en todo esto? ¿Cuál es la voluntad de Dios?
Podemos ofrecer explicaciones y justificaciones tímidas para algunas de estas cosas, especialmente aquellas que implican responsabilidad humana, pero no surge ninguna respuesta satisfactoria. En su novela Los hermanos Karamázov, Fiódor Dostoyevski sostiene que el sufrimiento de los niños inocentes es incompatible con un Dios todopoderoso y sumamente bueno. Y podemos reconocer lo razonable de esa posición.
Estos pensamientos cobraron fuerza durante esta semana mientras leía el periódico y luego escuchaba las reflexiones de Pablo cuando escribe a los Romanos. Él dice:
¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!
¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!
En efecto, ¿quién conoció la mente del Señor?
O ¿quién fue su consejero?
O ¿quién le ha dado primero para tener derecho a la recompensa?
Porque de él, por él y para él existe todo. A él la gloria por los siglos. Amén.
(Rom 11,33-36)
Pablo señalaría la grandeza incognoscible de Dios y la distancia entre la voluntad de Dios y la comprensión humana. No podemos conocer la razón por la cual Dios actúa en nuestro mundo como lo hace o permite que siga su curso. ¿Recordamos la historia de Job? Job cree que puede interrogar a Dios con un argumento sobre las acciones divinas. Cuando Dios se enfrenta con Job, sin responder a sus afirmaciones, Job queda reducido al silencio y a la humilde rendición. O podemos acudir a una reflexión más positiva sobre la cuestión tal como aparece en otro pasaje de Romanos: «sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los cuales ha llamado conforme a su designio» (Rom 8,28).
Las dificultades de nuestro mundo pueden hacer dudar a quien quiere defender la compasión y la grandeza de lo Divino sin reservas. Sin embargo, se nos llama a una confianza sin límites cuando depositamos nuestra fe en Dios sin compromiso. Tal vez las palabras de María en la Encarnación tengan aquí su sentido: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Ella se entrega por completo a la dirección y al propósito de Dios en su vida. Esto conduce a la cruz, pero también a la Resurrección y a Pentecostés.
Vicente fue un gran creyente en la Divina Providencia. Ante las dificultades escribió: «Nuestro Señor no permite todo esto sin razón; esta razón nos es desconocida por ahora, pero algún día la comprenderemos» (SVP ES VII, 249). Rezamos para que así sea.













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