Exhortación Apostólica “Dilexit te”: reflexión sobre el capítulo IV

por | Nov 7, 2025 | Formación, Reflexiones | 0 Comentarios

El capítulo cuarto de la encíclica Dilexi te, titulado “Una historia que continúa”, se adentra en la historia viva y evolutiva de la Doctrina Social de la Iglesia, reconociendo que su raíz más fecunda brota del corazón del pueblo pobre. El Papa León XIV ofrece aquí una mirada histórica y espiritual a más de un siglo y medio de magisterio social, en el que la Iglesia, guiada por el Espíritu, ha ido profundizando su comprensión del Evangelio desde la perspectiva de los pequeños, los marginados y los que sufren. Esta lectura no se presenta como una crónica de documentos, sino como una auténtica narración de comunión y profecía, donde el Espíritu impulsa a la Iglesia a caminar junto a los pobres, no solo para servirlos, sino para reconocer en ellos un lugar teológico donde Dios se revela y habla.

El texto comienza recordando que las grandes transformaciones tecnológicas y sociales de los últimos dos siglos no fueron solo sufridas, sino también interpretadas y resistidas por los pobres. El Papa subraya algo esencial: la Doctrina Social de la Iglesia no nace en los despachos, sino en la vida concreta de hombres y mujeres de fe que, desde su trabajo y compromiso, encarnaron el Evangelio en medio de los cambios de su tiempo. En esa línea, el Papa afirma que “la realidad se ve mejor desde los márgenes” y que los pobres poseen “una inteligencia específica indispensable para la Iglesia y la humanidad”. Esta afirmación, profundamente evangélica y vicenciana, retoma la intuición de san Vicente de Paúl: los pobres son nuestros amos y señores, porque en ellos Cristo se hace visible.

El texto recorre después los hitos de esta historia: desde León XIII con Rerum novarum, que denunció las injusticias laborales del siglo XIX y abrió el camino a un orden social justo, hasta Juan XXIII, que amplió la mirada hacia la justicia mundial y la solidaridad entre naciones. El Concilio Vaticano II ocupa un lugar central, al declarar con fuerza que la Iglesia quiere ser “la Iglesia de todos, y en particular, la Iglesia de los pobres”. León XIV recuerda cómo figuras como el cardenal Lercaro comprendieron que “el misterio de Cristo en la Iglesia es siempre el misterio de Cristo en los pobres”. A partir de ahí, la Iglesia es llamada a configurarse con su Señor: una comunidad sencilla, pobre, solidaria y profética, comprometida con la erradicación de toda forma de pobreza.

El Papa evoca después la voz de san Pablo VI, quien afirmó que “el pobre es representante de Cristo” y que “toda la humanidad que sufre pertenece a la Iglesia por derecho evangélico”. Esta afirmación es fundamental para el pensamiento vicenciano: la pobreza no es solo un hecho social, sino un misterio teológico que identifica a Cristo con los pobres. En esa línea, Gaudium et spes y Populorum progressio insistieron en el destino universal de los bienes y en la función social de la propiedad, recordando que nadie puede reservarse lo superfluo mientras a otros les falta lo necesario. La Iglesia, por tanto, no defiende una caridad intimista, sino una caridad transformadora, que reclama justicia estructural.

El Papa continúa con san Juan Pablo II, quien consolidó la “opción preferencial por los pobres” como una forma de primacía en la caridad cristiana, y recordó que el amor no puede quedarse en la asistencia, sino que ha de promover el papel activo de los pobres en la transformación de la sociedad. También Benedicto XVI es citado, al afirmar que la verdadera caridad incluye el compromiso por un bien común que responda a las necesidades reales, y que el hambre del mundo no depende tanto de la escasez de recursos como de la falta de instituciones justas. Este recorrido culmina con Francisco, cuyo magisterio —heredero del camino latinoamericano— ha devuelto al centro de la Iglesia la voz de los pueblos pobres, con su teología del pueblo y su insistencia en las “estructuras de pecado” que generan exclusión y desigualdad.

León XIV no se limita a hacer memoria, sino que actualiza proféticamente esta historia. Nos recuerda que el pecado puede adoptar formas estructurales —“estructuras de pecado”— insertas en una mentalidad que considera normal lo que no es más que egoísmo e indiferencia. Esta “alienación social”, dice, nos hace vivir como si los pobres no existieran, justificando sistemas económicos que sacrifican a los débiles en nombre de la eficiencia. La denuncia se hace entonces pastoral: no se trata de teorizar sobre los pobres, sino de encontrarlos, de vivir con ellos, de dejarnos evangelizar por ellos. La caridad, afirma el Papa, es una fuerza histórica que transforma, y solo desde ella podrá sanarse una sociedad enferma de desigualdad y deshumanización.

El texto se vuelve especialmente cercano al carisma vicenciano cuando aborda la opción preferencial por los pobres como una relación de amistad y cercanía real. Retoma las palabras de Aparecida: “solo la cercanía que nos hace amigos nos permite apreciar profundamente los valores de los pobres”. El Papa León XIV ve en esta amistad el corazón del discipulado cristiano: no basta con ayudar a los pobres, hay que compartir con ellos la vida, reconocer su sabiduría, su fe sencilla, su esperanza encarnada. Los pobres no son objetos de compasión, sino sujetos de evangelización. Son maestros que nos enseñan a vivir el Evangelio desde la precariedad y la confianza radical en Dios.

El capítulo culmina con una visión esperanzadora y exigente: los pobres son voz de Dios en el mundo, sacramento de su presencia y motor de conversión para la Iglesia. “Debemos dejarnos evangelizar por ellos”, dice el texto, porque en sus gestos, silencios y resistencias, Dios sigue hablando. Quien vive entre los pobres, como tantos misioneros vicencianos, sabe que en ellos habita una sabiduría que no se aprende en los libros. Esa sabiduría —la de quienes viven en el límite, confían en Dios y se ayudan mutuamente— es la que puede sanar las sociedades rotas por la autosuficiencia y el consumo.

El Papa termina este capítulo con una invitación a simplificar la vida, a escuchar el reproche que los pobres nos dirigen con su existencia. En ellos, dice, encontramos un espejo que nos devuelve el verdadero rostro del Evangelio. La Iglesia, si quiere ser fiel a su Señor, debe seguir “una historia que continúa”: la historia de una comunidad que aprende de los pobres, que lucha junto a ellos y que, como san Vicente de Paúl, reconoce en su rostro el rostro sufriente y glorioso de Cristo.

Algunas citas del Capítulo IV para la reflexión

CITA 1

“La aceleración de las transformaciones tecnológicas y sociales de los últimos dos siglos, llena de trágicas contradicciones, no sólo ha sido sufrida, sino también afrontada y pensada por los pobres. […] En particular, se reconoce nuevamente que la realidad se ve mejor desde los márgenes y que los pobres son sujetos de una inteligencia específica, indispensable para la Iglesia y la humanidad.”
(Dilexi te, 82)

Este texto nos sitúa ante una convicción profundamente evangélica: los pobres no son objeto de estudio ni destinatarios pasivos de ayuda, sino sujetos de pensamiento, discernimiento y acción. León XIV nos invita a mirar la historia desde la periferia, porque allí la realidad se revela sin maquillaje.

San Vicente de Paúl comprendió que, cuando servimos a los pobres, entramos en contacto con una sabiduría distinta, nacida de la experiencia del sufrimiento y de la confianza radical en Dios. Esa “inteligencia específica” no es solo social o práctica; es teológica. Los pobres entienden a Dios desde la necesidad, desde la dependencia amorosa, desde la solidaridad que surge del límite.

Evangelizar implica dejarse evangelizar por los pobres, escuchar su voz, aprender su lenguaje de esperanza, descubrir que la fe se hace más pura cuando se vive en lo pequeño. La Doctrina Social de la Iglesia no nació en academias, sino en la experiencia creyente del pueblo. Mirar desde los márgenes es mirar como Cristo, que eligió nacer en un pesebre y vivir entre los últimos.

Preguntas para la reflexión

  1. ¿Qué me enseña la mirada de los pobres sobre la verdad de la vida y de la fe?
  2. ¿Estoy dispuesto a escuchar y aprender de quienes viven en los márgenes?
  3. ¿Cómo puedo hacer que mi comunidad vea y actúe desde esa “inteligencia específica” de los pobres?

CITA 2

“El misterio de Cristo en la Iglesia es siempre, pero sobre todo hoy, el misterio de Cristo en los pobres … no se trata de un tema más, sino que en cierto sentido es el único tema de todo el Vaticano II”.
(Dilexi te, 84)

Estas palabras del cardenal Lercaro, citadas por León XIV, son de una densidad espiritual extraordinaria. Declaran que el centro del Evangelio y del Concilio es Cristo en los pobres. No es un tema más: es la clave de todo.

San Vicente de Paúl descubrió en los pobres no solo la necesidad de ayuda, sino la presencia real del Señor. Para él, servir a los pobres era adorar a Jesucristo en ellos.

León XIV nos recuerda que la Iglesia solo será verdaderamente Iglesia si se deja configurar por el Cristo pobre. El misterio de Cristo no se celebra solo en la liturgia, sino también en la carne herida de quienes sufren exclusión. La teología vicenciana es, en el fondo, una cristología encarnada: Dios se deja encontrar allí donde la humanidad es más vulnerable.

Esta afirmación nos exige revisar nuestras prioridades: ¿centramos nuestra vida cristiana en la contemplación del Cristo que vive en los pobres? ¿O seguimos buscando a Dios lejos del dolor humano? En los pobres, el misterio de Cristo se hace transparente, urgente y fecundo.

Preguntas para la reflexión

  1. ¿Cómo descubro el “misterio de Cristo” en las personas pobres que encuentro?
  2. ¿Mi fe y mi pastoral reflejan esta convicción o la relegan a lo secundario?
  3. ¿Qué cambios concretos necesita mi comunidad para ser más “Iglesia de los pobres”?

CITA 3

“El pobre es representante de Cristo y, acercando la imagen del Señor en los últimos a la que se manifiesta en el Papa, afirmó [Pablo VI]: ‘La representación de Cristo en el pobre es universal, todo pobre refleja a Cristo; la del Papa es personal. […] El pobre y Pedro pueden coincidir, pueden ser la misma persona, revestida de una doble representación: la de la pobreza y la de la autoridad’.”
(Dilexi te, 85)

Con esta afirmación de san Pablo VI, el Papa identifica al pobre como representante universal de Cristo. En cada rostro herido, en cada cuerpo exhausto, resplandece el misterio de la Encarnación. El servicio al pobre no es filantropía, sino encuentro sacramental. Quien mira al pobre con respeto y amor está mirando al mismo Señor.

La paradoja que plantea Pablo VI —“el pobre y Pedro pueden coincidir”— nos recuerda que la autoridad cristiana solo es auténtica cuando se reviste de pobreza. El liderazgo eclesial no se mide por poder, sino por servicio.

En esta visión se revela la teología del abajamiento: Cristo reina desde la humildad. Por eso, servir no es perder dignidad, sino manifestarla en plenitud. La misión vicenciana consiste precisamente en eso: hacer visible a Cristo en la carne sufriente, y reconocer en los pobres una autoridad moral y espiritual que interpela.

Preguntas para la reflexión

  1. ¿Reconozco en los pobres una presencia real de Cristo que me llama a la reverencia?
  2. ¿Cómo ejerzo la autoridad o el liderazgo desde la pobreza evangélica?
  3. ¿Puedo decir que en mi servicio “el pobre y Pedro coinciden”?

CITA 4

“«Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos […]. Por lo demás, el derecho a poseer una parte de bienes suficiente para sí mismos y para sus familias es un derecho que a todos corresponde. […] La misma propiedad privada tiene también, por su misma naturaleza, una índole social, cuyo fundamento reside en el destino común de los bienes. Cuando esta índole social es descuidada, la propiedad muchas veces se convierte en ocasión de ambiciones y graves desórdenes»”.
(Dilexi te, 86)

Este pasaje de Gaudium et spes, citado íntegramente por León XIV, es fundamental en la Doctrina Social de la Iglesia, y proclama con fuerza que los bienes de la tierra son para todos. Esta convicción adquiere una dimensión práctica: compartir no es una opción moral secundaria, sino un deber evangélico.

El Papa nos alerta: cuando olvidamos la dimensión social de la propiedad, abrimos la puerta a la ambición y al desorden. Y esto no se limita a los poderosos: cada cristiano está llamado a vivir la austeridad y la generosidad.

El Reino de Dios se construye cuando el pan se reparte, cuando la tierra se cuida, cuando los bienes se transforman en fraternidad. El Evangelio no condena la propiedad, sino su absolutización. El seguidor de san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac está llamado a vivir la sobriedad alegre, que libera del egoísmo y crea comunión.

Preguntas para la reflexión

  1. ¿Cómo entiendo la propiedad y el uso de los bienes que poseo?
  2. ¿Qué pasos concretos doy para vivir una economía de comunión y no de acumulación?
  3. ¿Qué puedo hacer para que los pobres tengan acceso real a los bienes comunes?

CITA 5

“La caridad es una fuerza que cambia la realidad, una auténtica potencia histórica de cambio. Es la fuente a la que debe hacer referencia todo compromiso para resolver las causas estructurales de la pobreza, y llevarlo a cabo urgentemente”.
(Dilexi te, 91)

La caridad no se limita al consuelo, sino que transforma estructuras. León XIV nos recuerda que el amor es una energía histórica, no una emoción efímera. En el Evangelio, el amor tiene consecuencias políticas, sociales y culturales.

Para san Vicente de Paúl, la caridad verdadera debía ser “efectiva y afectiva”: debía tocar el corazón, pero también organizar la ayuda, cambiar las causas del sufrimiento. Una fe que no se traduce en justicia y transformación no es aún fe madura.

El Papa denuncia el riesgo de una caridad superficial, que apaga incendios sin cambiar el sistema que los provoca. Por eso, invita a un compromiso lúcido y estructural. Los vicencianos estamos llamados a provocar cambios sitémicos, a ser agentes del amor que organiza, del amor que transforma, del amor que se convierte en justicia social.

Solo el amor que se compromete con las causas puede “cambiar la realidad”. Esta es la espiritualidad del lavatorio de los pies: amar de rodillas, pero con las manos activas.

Preguntas para la reflexión

  1. ¿Vivo la caridad como un sentimiento o como una fuerza que transforma?
  2. ¿Mi servicio combate las causas estructurales de la pobreza o se queda en la ayuda inmediata?
  3. ¿Cómo puedo unir mi oración y mi acción para que mi amor sea eficaz?

CITA 6

“Por lo tanto, es preciso seguir denunciando la ‘dictadura de una economía que mata’ y reconocer que ‘mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. […] Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas’.”
(Dilexi te, 92)

La “dictadura de una economía que mata” no es una metáfora: es una denuncia concreta de un sistema que sacrifica vidas en nombre del beneficio. La pobreza no es solo un hecho material, sino una injusticia estructural. No basta con socorrer al pobre; hay que cuestionar las causas que lo empobrecen. Mel dinero gobierne sin ética, los pobres seguirán siendo crucificados.

San Vicente, en su tiempo, ya comprendió que la caridad no podía contentarse con consolar, sino que debía prevenir el mal, reformar estructuras, educar, promover.

El cristiano no puede ser neutral ante esta realidad. Su compromiso debe tener voz, denuncia y propuesta. La economía del Evangelio no es de descarte, sino de comunión. Allí donde el mercado excluye, la Iglesia está llamada a incluir.

Preguntas para la reflexión

  1. ¿Soy consciente de las injusticias estructurales que generan pobreza?
  2. ¿Mi estilo de vida contribuye, aunque sea indirectamente, a esa “economía que mata”?
  3. ¿Cómo puedo, desde mi lugar, promover una economía del bien común?

CITA 7

“Debemos comprometernos cada vez más para resolver las causas estructurales de la pobreza. […] Los planes asistenciales, que atienden ciertas urgencias, sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras. La falta de equidad es raíz de los males sociales.”
(Dilexi te, 94)

La lucha contra la pobreza no puede basarse únicamente en asistencialismo. La caridad no sustituye a la justicia.

Hoy, el Papa nos pide un paso más: transformar las estructuras injustas que producen exclusión. Cuando la desigualdad se normaliza, el alma social enferma. La inequidad es pecado, no fatalidad.

El seguimiento de Cristo implica trabajar por la equidad desde la cercanía a los pobres, desde la educación, la política, la economía solidaria. No se trata solo de aliviar el dolor, sino de sanar las raíces del mal.

Preguntas para la reflexión

  1. ¿Mis acciones hacia los pobres son caridad pasajera o compromiso transformador?
  2. ¿Cómo puedo contribuir a cambiar las causas de la desigualdad?
  3. ¿Qué estructuras injustas percibo a mi alrededor que necesitan conversión?

CITA 8

“Sólo la cercanía que nos hace amigos nos permite apreciar profundamente los valores de los pobres de hoy, sus legítimos anhelos y su modo propio de vivir la fe. […] Día a día, los pobres se hacen sujetos de la evangelización y de la promoción humana integral […] A la luz del Evangelio reconocemos su inmensa dignidad y su valor sagrado a los ojos de Cristo, pobre como ellos y excluido entre ellos.”
(Dilexi te, 100)

El papa León XIV  hace suyo este Este pasaje del Documento de Aparecida, que toca el corazón del carisma vicenciano: la amistad con los pobres. No hay verdadera evangelización sin cercanía, sin compartir la vida.

El Papa no habla de acompañamiento distante, sino de amistad real: vivir con, caminar con, sufrir con. Solo la amistad nos permite descubrir el valor sagrado de los pobres, no por su utilidad, sino por su dignidad. La evangelización vicenciana es bidireccional: ellos también nos evangelizan a nosotros.

Cuando los pobres se convierten en sujetos de la evangelización, la Iglesia se renueva. Su fe sencilla, su esperanza obstinada, su solidaridad silenciosa, son luz para todos. Ser amigo de los pobres es entrar en comunión con Cristo, el Amigo que se hizo pobre por amor.

Preguntas para la reflexión

  1. ¿Vivo la cercanía con los pobres como una relación de amistad o como asistencia?
  2. ¿Qué me enseñan los pobres sobre el Evangelio?
  3. ¿Estoy dispuesto a dejarme evangelizar por ellos?

CITA 9

“Esta atención amante es el inicio de una verdadera preocupación por su persona, a partir de la cual deseo buscar efectivamente su bien. […] El verdadero amor siempre es contemplativo, nos permite servir al otro no por necesidad o por vanidad, sino porque él es bello, más allá de su apariencia.”
(Dilexi te, 101)

El Papa cita aquí Evangelii gaudium y nos ofrece una descripción bellísima del amor cristiano: un amor contemplativo, capaz de ver la belleza en cada persona, incluso en su pobreza.

La mirada contemplativa no juzga ni mide; se detiene, se conmueve, reconoce el misterio de Dios en el otro. Este es el núcleo de la espiritualidad vicenciana: servir desde la ternura, no desde la obligación.

San Vicente insistía en mirar a los pobres con los ojos de la fe, porque sin esa mirada, el servicio se vuelve activismo o vanidad. Solo la contemplación amorosa transforma el corazón y nos permite servir por puro amor.

En un mundo que mira con prisa y descarta, esta “atención amante” es una revolución silenciosa. Es la mirada de Cristo que, al encontrarse con el ciego, el leproso o la mujer pecadora, revela su belleza interior.

Preguntas para la reflexión

  1. ¿Miro a los pobres con ternura y respeto, o con lástima y distancia?
  2. ¿Cómo cultivo una mirada contemplativa en medio de la acción?
  3. ¿Qué personas me han revelado la belleza escondida del sufrimiento?

CITA 10

“Que todos nos dejemos evangelizar por los pobres, y todos reconozcamos la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos.”
(Dilexi te, 102)

El Papa concluye el capítulo con esta invitación que resume todo el itinerario espiritual del texto. Los pobres no son solo destinatarios de la evangelización: son sus portadores. Los pobres nos enseñan a confiar, a perseverar, a creer en medio de la oscuridad. Su vida es un Evangelio encarnado.

Dejarnos evangelizar por ellos supone humildad. Supone reconocer que, en su precariedad, poseen una sabiduría divina que corrige nuestra autosuficiencia. Ellos nos devuelven al núcleo del cristianismo: la gratuidad, la dependencia de Dios, la fraternidad real.

El mundo cambia cuando escuchamos su palabra silenciosa, su fe sin adornos, su esperanza que resiste. En ellos Dios sigue hablándonos.

Preguntas para la reflexión

  1. ¿Me dejo evangelizar por los pobres o solo me siento llamado a ayudarlos?
  2. ¿Qué sabiduría concreta he recibido de ellos?
  3. ¿Cómo puede mi comunidad aprender a escuchar la voz de Dios en los más pequeños?

Plegaria comunitaria

Señor Jesús, Hijo de Dios hecho pobre,
Tú que recorriste los caminos polvorientos del mundo
buscando a los olvidados y abrazando a los pequeños,
hoy venimos a Ti como Iglesia que quiere seguirte de verdad,
como comunidad que desea escuchar
la sabiduría de los pobres y aprender de su fe.
Todos: Enséñanos, Señor, a mirar desde los márgenes.

Te damos gracias, Señor, por la historia viva de tu Iglesia,
por los profetas y pastores que, guiados por tu Espíritu,
levantaron la voz por la justicia y recordaron al mundo
que los bienes de la tierra son para todos.
Gracias por quienes han hecho de la caridad un camino de transformación,
por quienes han amado sin medir, servido sin esperar recompensa,
y han creído que el amor es una fuerza capaz de cambiar la historia.
Todos: Te damos gracias, Señor, por el don de la caridad que construye el Reino.

Pero también te pedimos perdón, Señor,
por nuestras indiferencias y por las veces en que te hemos negado
en el rostro de quienes sufren.
Perdónanos cuando nos instalamos en la comodidad,
cuando justificamos la injusticia,
cuando preferimos hablar de Ti sin encontrarte en los pobres.
Purifica nuestra mirada para reconocerte en los márgenes,
y danos un corazón sensible a los dolores del mundo.
Todos: Conviértenos, Señor, y haznos discípulos de tu compasión.

Te pedimos, Señor, por tu Iglesia:
hazla cada vez más sencilla, más servidora, más semejante a Ti.
Que no busque poder ni prestigio,
sino que se alegre en la fraternidad y en la pobreza evangélica.
Que sus pastores vivan con olor a oveja y con manos de hermano,
que sus comunidades sean casa abierta para quien no tiene casa,
y que su voz se una al clamor de los que no son escuchados.
Todos: Haz, Señor, de tu Iglesia un signo de esperanza para los pobres.

Te presentamos, Señor, a nuestros hermanos y hermanas
que hoy viven sin techo, sin trabajo, sin pan, sin paz.
Tú los conoces por su nombre, Tú caminas con ellos.
Que sientan tu presencia en quienes les acompañan,
en los que comparten su mesa, en los que luchan por su dignidad.
Que ninguna estructura de injusticia los robe su esperanza,
y que nosotros sepamos defenderlos con ternura y con valentía.
Todos: Acompaña, Señor, a los pobres y haznos compañeros de su camino.

Señor de la historia,
danos la sabiduría y el coraje para transformar lo que destruye la vida.
Que nuestra caridad no sea paliativo, sino fermento de justicia.
Que los poderosos abran sus manos y los pueblos aprendan a compartir.
Que nuestras leyes, nuestras economías y nuestras ciudades
reflejen tu Reino de fraternidad,
donde nadie tenga demasiado y nadie tenga de menos.
Todos: Haznos artesanos de una sociedad justa y solidaria.

Te alabamos, Señor, por la sabiduría escondida en los pobres:
por su paciencia, su alegría, su fe que resiste, su esperanza que no muere.
Ellos son tus maestros, tus profetas silenciosos,
tus mensajeros en medio del ruido del mundo.
Que sepamos sentarnos a su mesa,
escuchar sus historias, aprender su manera de creer y de amar.
Que su fe sencilla renueve la nuestra,
y su confianza nos devuelva al Evangelio puro de los comienzos.
Todos: Danos, Señor, la humildad de dejarnos evangelizar por los pobres.

Te damos gracias, Señor, por san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac,
por todos los hombres y mujeres que, siguiendo su ejemplo,
han hecho de la caridad su vocación y su alegría.
Bendice a la Familia Vicenciana en el mundo entero:
a las hermanas, los padres y hermanos, los laicos comprometidos,
los jóvenes que sirven con alegría,
los que oran, visitan, acompañan, curan, enseñan, consuelan.
Que en todos ellos arda el fuego del amor inventivo hasta el infinito.
Todos: Renueva, Señor, en nosotros el espíritu de san Vicente y de santa Luisa.

Señor Jesús, Maestro y Hermano,
Tú que has querido vivir pobre entre los pobres,
haznos instrumentos de tu Reino de justicia y misericordia.
Envía tu Espíritu sobre nosotros,
para que sepamos mirar la realidad con ojos de fe,
amar con manos de servicio
y caminar con los pobres hasta que todos tengan pan, casa y esperanza.
Amén.

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