Parece ser la gran ironía central de esta vocación vicentina que el propósito principal de nuestra Sociedad de San Vicente de Paúl sea nuestro propio crecimiento en santidad. La mayoría, si no todos nosotros, nos unimos a la Sociedad para servir a los demás, solo para descubrir después que, en realidad, estamos sirviéndonos principalmente a nosotros mismos. El propio beato Federico comentó sobre esta aparente contradicción. Tras explicar que nuestras visitas a los hogares son tanto para nosotros como para el prójimo, sugería que “este motivo de interés personal, este egoísmo que está en la base de nuestra obra, le hará perder algo de estima a sus ojos” [Carta a Léonce Curnier, de 4 de noviembre de 1834].
Ciertamente parece contradictorio si lo vemos de este modo. Estamos llamados a obras de verdadera caridad, a darnos a nosotros mismos “por amor únicamente”, y, sin embargo, también creemos, como dijo Federico, que “la visita a los pobres debe ser el medio y no el fin de nuestra asociación” [Carta a François a Lallier, de 11 de agosto de 1838]. Leída de forma aislada, esta frase puede sonar como una visión utilitarista de las obras de caridad, reduciendo al prójimo a un mero objeto. Pero nada podría estar más lejos de la verdad de nuestra vocación.
Recordemos que, cuando se le preguntó cuál es el mandamiento más grande, Cristo nos dio dos: primero, amar a Dios, y segundo, amar al prójimo como a nosotros mismos (Cf. Mateo 22,37). Estas palabras se reflejan en la definición de la virtud de la caridad que da nuestro Catecismo [CIC:1822]. Federico señala que esta llamada al amor a Dios y al prójimo menciona, pero “la ley no ha prescrito el amor a sí mismo, porque es tan innato que necesita ser aclarado, ser modelado, y no ser ordenado y mandado” [Carta a Auguste Materne, de 19 de abril de 1831]. En otras palabras, el amor propio, entendido correctamente, es el amor al don de nosotros mismos que hemos recibido de Dios y que, como todos sus dones, está destinado a ser compartido.
Un amor propio desordenado puede llevarnos al orgullo o a la vanidad, pero también puede conducirnos a una falsa humildad, en la que “el amor se debilita y el egoísmo se oculta bajo esa engañosa austeridad de nuestros lamentos; no sentimos un desagrado mayor hacia nosotros porque nos amamos demasiado” [Carta a Franóis Lallier, de 5 de octubre de 1837]. Vivir la virtud de la caridad, responder a nuestra vocación vicentina, requiere amarnos no como ídolos, sino como criaturas hechas a imagen de Dios, vasos vivos del amor divino. El Mandamiento Mayor, explicaba Federico, es una “ley magnífica que reconoce tres principios de las acciones humanas, el amor de Dios infinito, inmenso, sin límites; el amor al prójimo, acercándose al amor de Dios; en fin, el amor a sí mismo, subordinado a los otros dos” [Carta a Auguste Materne, de 19 de abril de 1831].
Y así, esta “ironía central” no es irónica en absoluto. Nuestro amor al prójimo no es más que una expresión de nuestro amor a Dios mismo, que nos amó primero al darnos el ser y desea que volvamos a Él. No podemos amar verdaderamente al prójimo sin reconocer el amor de Dios en nosotros y por nosotros. Con este entendimiento, podemos decir con Federico: “El amor a sí mismo será la base de mi vida individual, el amor a mis semejantes será la base de la vida social, el amor de Dios estará por encima del uno y del otro, como el primer principio y el fin último de todas mis obras, el alfa y la omega” [Íbid].
Contemplar
Cuando me miro en el espejo, igual que cuando miro al prójimo, ¿veo y amo la imagen de Dios?
Por Timothy Williams
Director Senior de Formación y Desarrollo de Liderazgo
Sociedad de San Vicente de Paúl USA.













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