“Ámense cordialmente los unos a los otros”
Rom 12, 5-16; Sal 130; Lc 14, 15-24.
El día de hoy agradezcamos a la liturgia de la Palabra por recordarnos que la verdadera dicha no radica sólo en haber sido invitados al banquete del Reino de Dios, que comienza en esta vida con la invitación a participar del banquete de la Eucaristía y de la Palabra, y a la cual muchas veces también hacemos oídos sordos y nos disculpamos de asistir por cualquier pretexto.
Aprovechemos este día para pedir a Jesús que nos permita reconocer que si queremos estar en algún momento gozando del Reino de los Cielos, hay que comenzar a compartir el pan y el Evangelio con los que, a los ojos del mundo parecen invisibles, indignos y rechazados, y que es con ellos y entre ellos, alegrándose con los que se alegran y llorando con los que lloran, que podemos volver a reconocer que Abba Dios ha enviado a su Hijo Jesucristo para compartir su Espíritu Santo a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos.
Ofrezcamos al Espíritu Santo los dones que de Él hemos recibido y dediquémonos a servir, enseñar y exhortar con sencillez, solicitud y alegría, para que nuestro amor sea sincero y consigamos ser constantes en la tribulación y perseverantes en la oración.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: Erick Fernando Martínez B. C.M.













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