Compasión sin fronteras (parte 4)
VII. Hospitalidad o exclusión: nuestra encrucijada compartida en un mundo dividido
Nos encontramos en una encrucijada moral. Ante las oleadas de migración y desplazamiento impulsadas por los conflictos, la pobreza y el colapso medioambiental, las sociedades pueden elegir entre dos caminos: los sistemas de exclusión —impulsados por el miedo, distantes, impersonales— o las estructuras de hospitalidad —acogedoras, justas y enraizadas en la común humanidad.
1. La enseñanza católica: equilibrada y humana
El derecho a migrar y la responsabilidad nacional: la enseñanza católica defiende el derecho a migrar —especialmente para quienes huyen del peligro o de una necesidad extrema—. Sin embargo, también reconoce el derecho de las naciones soberanas a regular la migración de manera que se proteja el bien común. Ambos derechos son complementarios, no contradictorios.
Hospitalidad basada en la dignidad: Las políticas deben reconocer la dignidad de toda persona, garantizando que las leyes no degraden ni deshumanicen. Una legislación sólida se fundamenta en los derechos humanos, no en la exclusión punitiva.
Dos caminos divergentes: Un camino promueve fronteras seguras combinadas con un trato digno y políticas generosas de asilo y refugio; el otro emprende una cruzada que demoniza a las personas sin documentación, las trata como criminales y se niega a reconocer su dignidad humana.
2. Marcos globales para la hospitalidad
Los Pactos Globales: responsabilidad compartida en acción.
El Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular (GCM) y el Pacto Mundial sobre los Refugiados (GCR) reflejan el compromiso internacional con una gobernanza cooperativa de la migración. Ambos abogan por la no discriminación, el trato humano, la corresponsabilidad y enfoques sostenibles basados en los derechos (el GCM es el primer acuerdo integral sobre migración internacional; el GCR establece fundamentos similares para el apoyo a los refugiados).
La Santa Sede participó activamente en estos pactos, promoviendo los verbos guía “acoger, proteger, promover e integrar”, y garantizando que se mantenga el principio de no devolución (no devolver a las personas a lugares de peligro) como norma universal.
3. La hospitalidad genera florecimiento; la exclusión erosiona la solidaridad humana
La hospitalidad hace florecer: Las comunidades que optan por acoger se benefician: la integración fortalece la cohesión social, contribuye a las economías y enriquece culturalmente. La compasión transforma la incertidumbre en cooperación.
La exclusión hiere: Las políticas de exclusión —cuando se inspiran en el miedo o el prejuicio— degradan tanto a las personas vulnerables como a la sociedad que se aísla. Dañan el tejido moral que nos une.
4. Una perspectiva católica: elegir el camino del encuentro
- Fraternidad universal frente al aislamiento
En Fratelli Tutti, el papa Francisco escribe: “Nadie puede quedar excluido, no importa dónde haya nacido, y menos a causa de los privilegios que otros poseen porque nacieron en lugares con mayores posibilidades. Los límites y las fronteras de los Estados no pueden impedir que esto se cumpla. Así como es inaceptable que alguien tenga menos derechos por ser mujer, es igualmente inaceptable que el lugar de nacimiento o de residencia ya de por sí determine menores posibilidades de vida digna y de desarrollo” (Fratelli Tutti, 121). - La migración no es un fracaso moral, sino una llamada humana
Las personas se desplazan por “razones justas”: para proteger a sus familias, vivir con dignidad y buscar oportunidades. La Iglesia reconoce tanto este derecho como la soberanía de las naciones al regularlo. - Dos caminos: acoger o condenar
El contraste pastoral es claro: un camino institucionaliza la protección y el cuidado; el otro etiqueta a las personas como “defectuosas”, negándoles su humanidad. Los católicos están llamados al primero.
5. Pasos hacia adelante: optar por la hospitalidad
Así puede concretarse la hospitalidad en la práctica:
- Elaborar una legislación humana: fronteras seguras pero justas; sistemas de asilo que sean justos, no instrumentales.
- Ofrecer vías legales: acceso al trabajo, reunificación familiar y reasentamiento de refugiados que honre la dignidad.
- Apoyar marcos como el GCM o el GCR: colaborar con estructuras globales que compartan la responsabilidad.
- Contar historias humanas: sustituir el miedo por rostros, difundiendo las narrativas de los migrantes en los medios, las escuelas y las parroquias.
- Fundamentar las políticas en principios católicos: respeto por la vida, solidaridad, subsidiariedad, destino universal de los bienes y búsqueda del bien común.
Toda sociedad debe elegir: ¿levantaremos muros o abriremos puertas? ¿Defenderemos privilegios o construiremos una dignidad compartida? La Doctrina Social de la Iglesia y la solidaridad internacional señalan sin ambigüedades el camino de la hospitalidad. No como una virtud sentimental, sino como una postura moral enraizada en el florecimiento humano, el amor y la justicia. Al optar por la hospitalidad, afirmamos que cada vida importa y que nuestro futuro común depende de la dignidad que reconocemos —y extendemos— al extranjero que ahora camina entre nosotros.
VIII. El encuentro como ética: hacia un mundo donde nadie sea invisible
Nuestro mundo está tejido de historias: algunas de división, muchas de desplazamientos dolorosos, y sin embargo innumerables historias de encuentro compasivo. El papa Francisco nos llamó no solo a realizar actos de caridad, sino a una cultura del encuentro, una forma radical de vida arraigada en la dignidad humana y la fraternidad.
1. El encuentro: núcleo de la Doctrina Social de la Iglesia
La tradición católica enseña que la solidaridad es más que simpatía: es un impulso para ver al otro como otro yo, y actuar de manera que se construya una comunidad duradera.
La Escritura y la enseñanza de la Iglesia nos recuerdan nuestra responsabilidad compartida hacia el extranjero:
- “Cuando un extranjero resida con vosotros… lo amarás como a ti mismo.” (Levítico 19,33-34)
- “No os olvidéis de la hospitalidad, pues por ella algunos hospedaron sin saberlo a ángeles.” (Hebreos 13,2)
El papa Francisco nos exhortaba continuamente a sustituir la cultura del conflicto —donde domina la división— por la cultura del encuentro —donde las relaciones, el diálogo y la escucha traen sanación—. “Para encontrarnos y ayudarnos mutuamente necesitamos dialogar”, dice en Fratelli Tutti, 198.
No es solo una llamada cristiana, sino una visión de la dignidad humana que habla a todas las religiones y filosofías.
2. Movimientos basados en la fe que encarnan el encuentro
- Share the Journey (Comparte el viaje), lanzado por el papa Francisco y liderado por Caritas Internationalis, busca crear espacios donde migrantes y comunidades locales se conozcan, se escuchen y construyan solidaridad. Las agencias de inspiración religiosa hacen realidad esta visión en lugares concretos.
- El Pacto Mundial sobre los Refugiados (GCR) reconoce oficialmente el papel esencial de las organizaciones basadas en la fe —como las iglesias y líderes interreligiosos locales— como socios clave en la construcción de respuestas inclusivas al desplazamiento. El pacto promueve la participación, la reconciliación y la corresponsabilidad.
Esto refleja una verdad más profunda: los actores religiosos suelen ser puentes de confianza entre las personas desplazadas y las comunidades de acogida, atendiendo necesidades materiales, defendiendo derechos y fomentando el entendimiento mutuo.
3. El encuentro como ubuntu: una visión global de pertenencia
El papa Francisco describió la cultura del encuentro como un abrazo de la alteridad, a través del cual despertamos a nuestra dignidad colectiva: La cultura del encuentro invita a alejarse de una visión única de cultura e identidad, hacia un abrazo más amplio de las conexiones entre todas las cosas (cfr. Fratelli Tutti, 12)
Esta visión teológico-ética derriba muros de privilegio y exclusión, sustituyéndolos por puentes moldeados por la compasión, la escucha y el reconocimiento mutuo.
4. Formar comunidades donde el encuentro prospere
¿Cómo se ve una cultura del encuentro en la práctica?
- Espacios compartidos: parroquias, centros cívicos, escuelas y organizaciones locales que fomenten encuentros naturales a través de comidas, clases de idiomas, narración de historias, arte y aprendizaje mutuo.
- Diálogo interreligioso: organizado por redes de fe, estos encuentros afirman valores compartidos y construyen paz.
- Defensa basada en la dignidad: las comunidades de fe promueven políticas que respeten los derechos humanos y el bien común, impulsando la integración, la protección y el trato humano.
- Acompañamiento, no solo caridad: más allá de la ayuda, el encuentro implica caminar junto al otro, compartir historias, escuchar, empoderar. Es lo que los grupos eclesiales han practicado durante décadas, incluso cuando los estudios académicos piden que este papel sea reconocido formalmente en los marcos globales.
- Cultivar relaciones duraderas: el encuentro no es fugaz. Como señala una reflexión sobre la integración migratoria: “Un encuentro […] puede llevar a un católico a apoyar iniciativas… que ayuden a los inmigrantes a integrarse en sus nuevas comunidades.” (Donald Kerwin, director del Center for Migration Studies de Nueva York).
5. Principios para construir un encuentro duradero
- Principio: Reconocer la dignidad de toda persona.
Acción: Acoger a los recién llegados no como proyectos, sino como personas —con esperanzas, limitaciones y dones—. - Principio: Invertir en relaciones.
Acción: Organizar comidas, intercambios culturales, clases de idiomas y actividades de voluntariado mutuo. - Principio: Apoyar la colaboración entre comunidades y organizaciones de fe.
Acción: Asociarse con entidades como Caritas o el ICMC para crear redes sólidas de apoyo. - Principio: Abogar con compasión.
Acción: Pronunciarse públicamente en favor de la justicia, las políticas humanas y los sistemas que integren, no que excluyan. - Principio: Ser modelo de encuentro en la vida cotidiana.
Acción: Trabajar, aprender, vivir, orar y crecer juntos; no solo servir, sino acompañar.
Una cultura del encuentro transforma no solo al visitante, sino también al anfitrión; nos convierte en comunidades donde nadie es prescindible ni invisible. En la visión del papa Francisco, cada uno de nosotros es plenamente persona cuando forma parte de un pueblo (Fratelli Tutti, 182).
(Continuará…).















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