El desafío de la pobreza parece ser siempre urgente, exigir de inmediato nuestra atención y acción. Como personas de acción, los vicencianos podemos incluso impacientarnos unos con otros al intentar poner en marcha nuevos planes y obras para servir al prójimo. San Vicente nos pediría que nos detuviéramos, recordándonos que “Dios nunca tiene prisa. Él hace todas las cosas en su debido momento” [Abelly, Libro I, 227].
Ciertamente, el hambriento no puede esperar para ser alimentado, pero cuando se trata de desarrollar nuevas obras especiales, colaboraciones con otras organizaciones o planes a largo plazo con nuestras comunidades, la prisa no es una virtud. En parte por esta razón, la práctica de la Sociedad es tomar decisiones por consenso de los miembros. Aunque esto pueda parecer a veces un modo muy lento de planificar, cada uno de nosotros tiene intuiciones particulares acerca de la voluntad de Dios para nosotros, y ninguno puede saber de antemano a quién elegirá el Espíritu Santo para inspirar. Buscar el consenso no consiste en encontrar un punto intermedio, sino en alcanzar el punto más alto: la voluntad de Dios.
El mismo Jesús, señalaba Vicente, esperó su momento durante treinta años antes de iniciar su misión, y aun entonces no eligió establecer su Iglesia en todo el mundo de una sola vez. Al contrario, solo puso los cimientos, confiando a los apóstoles —y, a través de ellos, a nosotros— la tarea de continuar la obra. Si lo que buscamos es la voluntad de Dios, entonces solo a la manera de Dios podremos cumplirla del mejor modo. En cambio, “si actuamos precipitadamente, corremos el riesgo de frustrar los designios de Dios” [Ibid, 228].
“¿Qué debemos hacer, entonces? —pregunta Vicente—. Ve con calma, reza mucho a Dios y actúa con unión de corazones” [Ibid, 227]. La obra que realizamos, y las obras que aspiramos a construir, son para los pobres, pero también tienen como fin acercarnos más a la santidad, la cual no proviene de acumular un currículum de buenas obras, sino de cumplir la voluntad de Dios.
Al fin y al cabo, santa Luisa nos recuerda: “No basta con ir y dar, sino que es necesario un corazón purificado de todo interés” [Santa Luisa, Correspondencia, 259]. Es cuando hacemos la voluntad de Dios por amor a Él, y no por nosotros mismos, cuando podemos confiar en que Dios proveerá lo necesario para que la obra tenga éxito. Esto exige también medir el éxito con los criterios de Dios, porque “Estamos engañados, hermanos míos, si basamos el éxito de nuestros humildes trabajos en la estima del mundo” [SVP ES XII, 572]. Discernir juntos la voluntad de Dios, por mucho tiempo que lleve, es el camino al que estamos llamados.
“Si la obra que proponemos viene de Él, tendrá éxito y perdurará; pero si es únicamente una empresa humana, no hará mucho bien ni durará mucho tiempo” [Abelly, Libro I, 228].
El tiempo está del lado de Dios, y Dios está de nuestro lado.
Contemplar
¿Se apresura a veces mi Conferencia a “hacer algo” sin haber discernido plenamente y con oración la voluntad de Dios?
Por Timothy Williams
Director Senior de Formación y Desarrollo de Liderazgo
Sociedad de San Vicente de Paúl USA.













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