El 1 de julio de 1634, por la mañana, un grupo de personas esperaba la diligencia que iba de Dreux a Paris. Todas vivían en Serville, un pueblecito campesino a 70 kilómetros al oeste de Paris. La parada de la diligencia estaba a un kilómetro del pueblo y habían venido a despedir a Bárbara Angiboust, que marchaba a Paris y no volvería más. Quería unirse a una cofradía de caridad dedicada a ayudar a los pobres. Ella había querido ser monja, pero el cura del pueblo le había descubierto una nueva cofradía de mujeres, distinta de las ya existentes. A él le parecía una mezcla de religiosas y seglares, apropiada para las jóvenes que no tenían fortuna, pues no exigían dote. Por otro lado, eran más modernas, ya que no se encerraban en clausura, cuidaban de los enfermos pobres en sus casas y hacían de maestras allí donde no había escuelas para niñas que no podían pagar.
De pronto, a lo lejos, divisaron una polvareda avisando la llegada de la diligencia. Abrazó a su hermano, besó a sus hermanas y a las amigas que la acompañaron hasta el cruce, y se echó al cuello de su padre, lo abrazó, lo besó y las lágrimas llenaron los ojos del padre y de la hija. Los últimos consejos se los dio justo al parar la diligencia. Bárbara subió con un bolso lleno de sus ropas y de un poco de comida. Los cuatro caballos arrancaron. Mientras se veía la diligencia todos movían el brazo en señal de adiós. Dejaron el cruce y a Maturino, el padre, le parecía que se había derrumbado la casa. Se sintió solo; tan solo como el día que enterró a su mujer. Y es que desde entonces Bárbara, la hija mayor, había llevado la casa y había hecho de madre.
Él se había opuesto con todas sus fuerzas a esta marcha. Aunque era religioso y un católico sincero, era mucho desprenderse de su hija mayor. Campesino acomodado, había pagado para que sus hijos aprendieran doctrina, cuentas, letras y, sobre todo, a ser católicos. Ciertamente, al morir su esposa, Bárbara había abandonado la escuela para hacerse cargo de la casa, de su padre y de sus hermanos. Tenía, por lo mismo, menos escuela que ellos. Leía muy bien y sabía cuentas, pero escribía mal. El padre ya no podía retenerla por más tiempo. Bárbara había nacido el 30 de junio de 1605. Es decir, la víspera había cumplido 29 años y comenzaba los treinta; desde el 1 de julio de 1634 Bárbara era mayor de edad y nadie podía impedirle tomar sus decisiones. Bárbara Angiboust, aunque callada, era enérgica y le dijo a su padre que el 1 de julio entraba en la Cofradía de la Caridad en Paris. Su padre ya no se opuso.
Por la ventanilla de la diligencia, Bárbara contemplaba aldeas que jamás había visitado y de las que nunca había oído hablar. Hacia el mediodía la diligencia rebotaba sobre los adoquines de Paris. Entró por la Puerta de Saint-Honoré. Cruzada la Puerta, un viajero señaló a la izquierda, todavía en construcción, el Palais Royal, el palacio del poderoso ministro Cardenal Richelieu. Y a la derecha el Louvre, el palacio de los reyes de Francia. Bárbara miraba extasiada tanta maravilla, de la que a veces había oído hablar como perteneciente a un mundo lejano.
Siguieron por las calles Tiroien, Ferronnerie, Lombard y la Verrerie; aquí la diligencia giró a la derecha y se detuvo en la Plaza de Gréve, enfrente del Ayuntamiento. Hacía un calor achicharrante. Una joven la esperaba, se llamaba Micaela. El cura de Serville había escrito a Vicente de Paúl, comunicándole la llegada de Bárbara Angiboust. Se abrazaron las dos jóvenes y a pie se dirigieron hacia la calle Versailles. La veterana Micaela le iba mostrando las maravillas de Paris. Cruzaron el puente de Notre-Dame y, unos metros después, se les presentó la Catedral de Nuestra Señora, la joya de Paris, junto con la Capilla de San Luis que tenían a sus espaldas. En su vida, ni soñando, Bárbara se había imaginado iglesias parecidas. A la derecha de la catedral junto al Sena, dormía a esas horas el Gran Hospital de Paris; le llamaban el Hótel-Dieu (Palacio de Dios). Dirigidas por la Señorita Le Gras allí atendían a los enfermos algunas compañeras.
Aunque el sol abrasaba, aligeraron el paso y cruzaron el Petit-Pont y por la calle de la Boucherie y la plaza de Maubert entraron en la calle de Saint-Victor. Un poco a la derecha estaba la casa. La Señorita y otras dos jóvenes que habían vuelto del servicio a los pobres ya habían comido. Luisa de Marillac, mientras le servía algo de comer a Bárbara, charlaba con ella y con las otras. Hablaban de la familia, del pueblo, de la cosecha, de todo. Le preguntó sobre el motivo de venir a Paris, de su salud, de los pobres, si sabía leer y coser y cuidar de las personas, si sabía el catecismo. Bárbara respondía con toda sencillez, pero no se atrevía a preguntar. Muchas preguntas le venían a la cabeza, y sin manifestarlas, la Señorita las respondía. En un momento Bárbara concluyó para sus adentros: o es una santa o es una adivina, ¡pues no está respondiendo a lo que pienso!
Cuando terminaron la conversación, Luisa de Marillac ya tenía un retrato de la joven: sencilla, humilde, muy responsable, trabajadora, un poco inflexible; tiene carácter, de familia muy religiosa.

Hija de la Caridad (1704), grabado de Bernard Picart (1673-1733). Fuente: Museo Carnavalet de París.
Ese mismo día por la tarde comenzó la formación de Bárbara. Ella estaba bien preparada, pero debía aprender a ser Hija de la Caridad. Al día siguiente la Señorita la puso a ayudar a Micaela en la visita a los enfermos pobres de la parroquia de San Nicolás de Chardonnet. Las dos estaban a las órdenes de las señoras de la Caridad. Era la Caridad mimada por Luisa de Marillac. La había fundado ella, había sido su presidenta y estaba situada en su parroquia.
Así durante 30 días. En esos días Vicente de Paúl, el superior, les había dado las dos primeras conferencias, explicándoles a todas el pequeño reglamento que había compuesto Luisa de Marillac. El día 31 las reunió de nuevo y les presentó el horario, escrito también por la señorita Le Gras. Casi al final de la charla, el superior distribuyó a las jóvenes los oficios como los había confeccionado Luisa. A Bárbara le tocó seguir trabajando en la Caridad de San Nicolás a las órdenes de Micaela. Aunque fuera maravillosa, llevaba poco tiempo en la Compañía y tenía que aprender, antes de tener una responsabilidad, a vivir y a servir como Hija de la Caridad. La responsable, la «superiora», era su compañera Micaela que llevaba unos meses en el grupo. En San Nicolás pasó dos años.
El 26 de mayo de 1636 recibió aviso de Vicente de Paúl que fuera al palacio de la señora de Combalet (años después será la duquesa de Aiguillon), sobrina del Primer Ministro del reino, Cardenal Richelieu. Barbara salió de la ciudad por la Puerta de Saint-Marcel y rodeando las murallas de Paris se presentó en menos de media hora delante del palacio de Luxembourg. Era un palacio nuevo que se había acabado de construir, hacía unos diez años, para que la reina María de Médicis viviera en él al dejar el poder. A la derecha estaba el Petit-Luxembourg, un palacio más modesto que Luis XIII había puesto a disposición de Richelieu mientras construía el Palais-Royal. En el Petit-Luxembourg la señora de Combalet atendía a su tío el cardenal. San Vicente decía de la sobrina que «era quien más autoridad tenía en el reino, después de los reyes».
Un lacayo con librea le abrió la puerta y la introdujo en una pequeña sala. Allí la esperaba el padre Vicente. Después de una introducción diplomática, el superior Vicente le dijo que de allí en adelante trabajaría en ese palacio, unas veces para la futura duquesa de Aiguillon y otras con los pobres. Lo que no le dijo fue que antes que a ella se lo había encargado a María Dionisia, pero esta se le había negado, con admiración del santo, porque «ella había abandonado a su padre y a su madre para servir a los pobres por amor de Dios» y no a una gran señora. Bárbara se quedó blanca y muda y se echó a llorar. San Vicente la calmó y se la entregó a dos sirvientas para que la presentaran a la señora.
Tranquilizada por el momento, cruzaron el patio repleto de carrozas y caballos, de señoras enjoyadas, de caballeros con espada, de oficiales y abogados. A Bárbara le temblaban las piernas; no podía andar. Aquello parecía una corte de reyes. Se fijó en las criadas que parecían señoras por lo bien vestidas y les dijo: «Me he olvidado de decirle una cosa al padre Vicente» y echó a correr a la sala. El padre Vicente ya no estaba. Preguntó por él al lacayo de la puerta, y éste le indicó que había ido a casa del párroco de Loyac, cerca de allí. Salió corriendo, llamó a la puerta y entró jadeando. Se echó a los pies de su superior y, asustada, le dijo: «Pero, padre, ¿adónde me envía usted? ¡Si eso es una corte!». Con la admiración del párroco de Loyac, Vicente de Paúl la convenció para que probara siquiera unos días.
En el palacio de la señora de Combalet Bárbara estaba triste, no comía y languidecía. Un día le preguntó la Señora ¿por qué no quería servirla?, y ella le contestó: «Señora, he salido de casa de mi padre para servir a los pobres, y usted es una gran dama. Si usted fuera pobre. señora, la serviría de buena gana». La futura duquesa reflexionó y al cabo de unos días se la devolvió a la señorita Le Gras.
Cuando volvió a casa de la señorita Le Gras otra compañera había ocupado su puesto en la parroquia de San Nicolás. A ella la pusieron en la Caridad de la parroquia de San Pablo, en el aristócrata distrito del Marais. Como en todos los tiempos y en todos los lugares, los pobres pululaban alrededor de las parroquias burguesas. Y sin embargo, la Caridad de la parroquia era pobre. La mayoría de las señoras, aunque tenían su morada en el Marais, pertenecían a la Caridad del Gran Hospital. Por eso, la Caridad de la parroquia de San Pablo tenía pocos recursos y pocas rentas, pero el número de pobres que acudían era innumerable. Tanto San Vicente como Santa Luisa lo sabían. Y allá enviaron a la Bárbara enamorada de los pobres. Ya conocían su valer.
Unos meses después la pusieron en la Caridad de la parroquia de San Sulpicio, en los suburbios del suroeste de Paris, fuera de la ciudad. Sus feligreses eran pobres y poco religiosos. ¡Cuántas veces pasó delante del Petit-Luxembourg, allí cerca, donde no quiso vivir con los grandes! Ahora vivía en el mismo barrio, pero con los pobres.
Al de unos meses nuevo cambio: a la parroquia de Santiago de la Boucherie, en el centro de Paris, al otro lado del Sena. Zona de mercados y de pobres malhablados, de picaresca y de mendigos. Los superiores saben que responde y la envían donde descubren alguna dificultad o una situación delicada.
Es lo que sucedió en enero de 1638. La Corte pasaba el invierno en el palacio de Saint-Germain-en-Laye, a algo más de 20 kilómetros al oeste de Paris. Al arrimo de la Corte frecuentaban el lugar numerosos nobles y burgueses que atraían pobres, mendigos y soldados lisiados. En enero de 1638 los sacerdotes de las Conferencias de los Martes, que organizaba San Vicente de Paúl, dieron una misión en Saint-Germaint-en-Laye a la que asistieron los cortesanos. Con ocasión de la misión se fundó una Cofradía de la Caridad para atender a tantos pobres enfermos. A ella se apuntaron las Damas de Honor de la reina, las damas de compañía, las camareras, peluqueras, etc. La presidenta era la señora Chaumont. Pero no sabían cómo empezar y pidieron a Vicente de Paúl una Hija de la Caridad para que les enseñara a organizarla. San Vicente comprendió la transcendencia de esta Caridad y la importancia de la Hermana que enviaría allá. Le hubiera gustado que fuera la misma Luisa de Marillac, pero la necesitaba en Paris y temía, además, que el invierno la hiciera daño. Los dos fundadores escogieron sin dudarlo a Bárbara Angiboust, considerándola ya como uno de los puntales de la Compañía.
Bárbara fue con otra compañera. En pocas semanas la Caridad estaba en marcha y ella metida entre los pobres. Sin pretenderlo se ganó a las señoras y a los abandonados. Callada y enérgica, era la mujer apropiada para aquel lugar. Pero también para otros. Una vez organizada la Caridad, los fundadores la mandaron volver con intención de destinarla a Richelieu. Sin embargo las señoras de Saint Germain la reclamaron urgentemente. Casi sin tiempo de sacar sus pocas ropas del famoso bolso, tuvo que meterlas de nuevo y marchar para Saint-Germain.
Al de unos días descubrió la situación: su compañera se había aseglarado; se desahogaba con todo el mundo, visitaba las casas de los burgueses; se había ganado el afecto de la gente, en especial, de dos ancianos que le regalaban botellas de vino y paté. Cuando los superiores la quisieron retirar de allí, el pueblo se opuso y amenazó con no recibir a la sustituta. Al enterarse Luisa de Marillac, propuso actuar prontamente; Vicente de Paúl repetía una y otra vez: «¡Cómo me ha engañado esa pobre criatura!». Pensaron varios caminos para traer a la Hermana: escribirle el mismo San Vicente o enviar por ella a la Dama fundadora o a un misionero paúl o que fuera Santa Luisa a llevar a la sustituta o dejarselo todo a Bárbara Angiboust que sabría ganársela y convencerla de que volviera a Paris. Se optó por esto último. A pesar de haberse implicado algunas nobles en favor de la Hija de la Caridad, Sor Bárbara logró que la Hermana volviera.
En Saint-Germain permaneció hasta finales de setiembre 1638. Los superiores la necesitaban para comenzar una fundación muy delicada y muy entrañable para Vicente de Paúl: en Richelieu, la ciudad que había mandado construir el omnipotente ministro Cardenal Richelieu y que se había llenado de pobres venidos de todas partes. Era la primera vez que las Hijas de la Caridad se alejaban tantos kilómetros de Paris. La elección de las dos Hermanas tenía que hacerse con mucho tiento. El Cardenal Richelieu había entregado la ciudad a los padres paúles para que fueran su párroco y la atendieran religiosamente. Poco después se creó una Cofradía de la Caridad. Ante la abundancia de enfermos pobres, el Lamberto pidió urgentemente dos Hijas de la Caridad. San Vicente y Santa Luisa enviaron allá lo mejor que tenían: a Bárbara con una compañera, Luisa Ganset. Bárbara iba de superiora. Las pobres aldeanas del señor Vicente no podían fracasar ante la Corte.
Una mañana plomiza de los primeros días de octubre las dos Hermanas cogieron la diligencia que las llevaba hasta Tours. Pero aún faltaban más de 40 kilómetros para llegar a su destino. Vicente de Paúl les había indicado que en Tours preguntaran por un hombre que solía guiar a los viajeros hasta Richelieu haciendo las veces de correo. Alquilaron un burro y una carreta y el buen hombre las condujo hasta Richelieu.
En la nueva ciudad, construida como los campamentos romanos, las dos Hermanas se asombraron de las calles rectas y derechas que se cruzaban entre sí, haciendo un rectángulo perfecto alrededor de dos plazas simétricas, situadas en cada extremo de la ciudad: la Plaza del Mercado y la Plaza de las Religiosas.
La duquesa de Aiguillon se sonrió cuando escribió una carta al conde de Grandpré para que alojara a Bárbara y a su compañera y pidió a su tío el Cardenal que diera órdenes para su manutención. ¡Qué curioso es el destino! No quiso servir a la sobrina del Cardenal y ahora vivirá años en su ciudad.
Inmediatamente después de llegar, el padre paúl Lamberto les mostró su trabajo. Sor Bárbara se ocuparía de los enfermos y Sor Luisa de enseñar en una escuelita a las niñas pobres. El pueblo se asombraba de aquellas dos mujeres que, sin ser monjas, lo parecían y entregaban su vida a los pobres. Dos meses después pasó por la ciudad Vicente de Paúl y tan bien le hablaron de las dos Hermanas que, al llegar a Paris, a todo el mundo contaba las maravillas que hacían con los enfermos y las niñas.
Sor Bárbara se manifiesta alegre y de buen humor, exageradamente responsable, exigente en el cumplimiento de los reglamentos consigo misma y con la compañera, se muestra inflexible. Sor Luisa, sin embargo, es diferente. Ciertamente es muy trabajadora y responsable en la escuela, pero le encantan las relaciones sociales, salir a la calle, visitar a las señoras y recibir visitas. Todo sin permiso de Sor Bárbara, su superiora. No da importancia al manejo de dinero y, como tiene bienes de familia, compra cosas y hace regalos sin que lo sepa su compañera. Pero Sor Bárbara lo sabe y no lo tolera. Le habla claro, la corrige y la exige. Pero ésta ni la hace caso ni se preocupa por cambiar. La gente descubre que las dos Hermanas no se llevan bien y se faltan a la caridad.
Justo un año después de llegar, en octubre de 1639, Sor Bárbara recibió una carta de la señorita Le Gras. La abrió alegre, como siempre que recibía sus cartas. No obstante, mientras la leía, se ponía seria, pálida, temblaba. Cuando terminó de leerla, no lloró, pero fue a rezar a la parroquia. Allí, sentada en un banco, volvió a leer la carta despacio: la Señorita las felicitaba por el servicio sacrificado y entregado con los pobres; eran la admiración de la ciudad, pero estaba enfadada con ellas por la poca caridad que se tenían y el escándalo que producía esta situación en la gente. La reñía a ella porque era demasiado dura y exigente e inflexible con su compañera. Era más superiora que madre y ella, Luisa, consideraba a todas las superioras madres más que las madres naturales. Imponía sus órdenes, pero debía de saber que toda superiora en las Hijas de la Caridad tiene la autoridad por obediencia y no por ella misma. Le rogaba que cambiase y se mostrase humilde, tolerante, cordial y dulce con su compañera.
Delante del Sagrario Bárbara le prometió al Señor que cambiaría. Guardó la carta y volvió a casa.
Tenía que leérsela a Sor Luisa, pero tenía miedo a cómo reaccionaría. Se la leyó después de comer. Primero lo que decía de ella y luego lo que decía de Luisa: su independencia, su callejear y frecuentar las visitas de señoras y su manejo del dinero. Todo sin permiso. Bárbara la miró. Tenía los ojos bajos. Pasaron unos segundo y confesó: es verdad. Se abrazaron y las dos se prometieron cambiar. Y cambiaron.
A finales de noviembre pasó de nuevo por Richelieu Vicente de Paúl y le escribió a Luisa de Marillac que su carta había surtido efecto, que la gente estaba admirada de cómo se querían; que la comunidad era una casa de paz, en calma y armonía entre las dos Hermanas. El impacto en el pueblo fue tan penetrante que, a los pocos meses, algunas chicas pidieron entrar en la Compañía. La vocación de una de las jóvenes muestra ese halo de visión divina. Era una mañana, camino de la misa se encontró con una joven y trabó conversación con ella. Se llamaba Vicenta Aucher y se preparaba para contraer matrimonio. Sin embargo Sor Bárbara le dijo que no estaba indicada para el matrimonio, que Dios pedía otra cosa de ella. Todo esto lo contó, después de morir Sor Bárbara, la misma Sor Vicenta Aucher.
Santa Luisa se confirmó de la santidad y personalidad de Sor Bárbara e indicó a San Vicente que sería acertado mandarla a Angers a pasar Visita a la comunidad recién establecida. Meses más adelante le propuso al superior nombrarla superiora de Angers por lo difícil que sería dirigir aquella comunidad, la primera que se fundaba independiente de las Señoras de las Caridades. Santa Luisa la consideraba «una mujer juiciosa que no se espantaba por nada, que tenía todas las cualidades para gobernar la comunidad de Angers, ya que era una de las más capaces del grupo». Pero ¿a quién poner en Richelieu? Sor Luisa Ganset recibió un susto tremendo. Ahora que se comprendían, se aceptaban y se querían pretendían quitarle la superiora. Ella no supo que también fue propuesta para Sedán, a cientos de kilómetros de Paris, cerca de la frontera con Bélgica, aunque se prefirió a María Joly. Más que susto sintió temor, cuando el P. Lamberto les dijo que iba a pasar visita a Angers con poderes de nombrar superiora a Bárbara si lo veía necesario.
No fue necesario y las dos compañeras continuaron ayudando a los pobres y fascinando a la ciudad hasta verano de 1641. Eran felices, teniendo, además, cerca una comunidad de padres paúles que las confesaban y las dirigían. Cuando se enteró San Vicente que acudían mucho al director, lo cortó secamente: no debían acudir frecuentemente a casa de los misioneros porque la gente es maliciosa y mal pensada, y pueden interpretarlo mal y, aunque injustamente, hasta sospechar. Las Hermanas obedecieron, a pesar de que Santa Luisa tenía confianza plena en los misioneros y en sus hijas y sabía que la gente sencilla nunca pensaría mal si no eran imprudentes y se entregaban a los pobres. No veía mal que fueran a saludarlos y a darles noticias de la Compañía.
Sin embargo la dicha no se alargó. Lo sabían las dos Hermanas. Ellas no habían entrado en la Compañía para vivir cómodamente sino para hacer felices a los pobres. En el verano de 1641, el año en que Sor María Joly fue a Sedan, a Sor Bárbara la trasladaron a aliviar el sufrimiento de los galeotes. Bárbara había oído hablar muchas veces de aquellos desgraciados a los pocos días de entrar en la Compañía, cuando servía en la Parroquia de San Nicolás de Chardonnet. La prisión estaba cerca.
¡Cuántas veces pasó rozando los muros de aquella torre, la Tournelle, en la Puerta de San Bernardo! Al tocar los gruesos muros de piedra alguna vez sintió terror. Decían que estaba repleta de criminales, asesinos, violentos sin piedad ni compasión. Allí se apiñaban hombres crueles llenos de sangre y de odio mientras esperaban salir para las galeras de Marsella. Su comida era tan solo pan y agua. El pueblo les juzgaba merecedores del castigo. Todos eran fuertes, capaces de remar en las galeras del Mediterráneo encadenados a los bancos.
Ahora las Hermanas vivían a unos doscientos metros de la Torre. Todas las semanas les lavaban la ropa y con los donativos que recibían hacían cada día comidas en las que echaban siempre un trozo de carne para cada forzado. Por fin Bárbara iba a entrar en la misteriosa y terrorífica cárcel.
A las diez de la mañana se presentaron dos guardias de la Torre en la casa de las Hijas de la Caridad. Eran fuertes; cogieron la pesada marmita y seguidos de las dos Hermanas se acercaron a la prisión. Un guardia abrió el portón y entraron en un patio empedrado. Enfrente dos torreones y en medio otro portón que daba a unas escaleras. Descendieron y Bárbara tocó las paredes húmedas: el río Sena mojaba los muros por el lado norte. En un descansillo, una puerta pequeña. Otro guardia la abrió y una bocanada de aire enrarecido por el sudor frotó la cara de Bárbara. Entraron y delante de ella apareció un espectáculo aterrador: más que calabozo era una cueva llena de gruesas vigas de madera de roble que servían de banco, de cabecera y de mesa para aquellos desdichados. En el suelo un montón de paja les servía de cama. Bárbara no pudo contar el número de vigas o bancos; lo que sí contó fueron veinte presos en cada viga. Cada uno tenía una argolla de hierro en el cuello, remachada a una cadena sujeta a la viga. No podían ponerse ni de pie ni sentados a no ser que tuvieran continuamente inclinada la cabeza.
Las Hijas de la Caridad llevaron a la mazmorra un aire de delicadeza y de frescor femeninos. San Vicente de Paúl logró que todos los días les permitieran salir al patio a pasear y a tomar el aire, sus hijas consiguieron que a la paja no se la dejara criar gusanos y en vez de cambiarla cada mes se la cambiara cada semana. Ellas se encargaron de lavarles la ropa semanalmente y de añadir potaje y carne al pan solo que les daba la prisión.
Los guardias dejaron en el suelo la marmita y las dos Hermanas empezaron a servir la comida pasando entre los bancos separados un metro uno de otro. Mientras servía la comida Bárbara se fijaba en los rostros duros como troncos, en las madejas de sus cabellos, en los nervios de hierro sin limpiar de sus manos. Todo le daba miedo. Algunos por lo bajo le decían palabrotas soeces, le alargaban los pies para que tropezara o se le acercaban descaradamente. A veces sentía qué fácil sería estrangularla entre todos aquellos desesperados que ya nada temían. La condena a galeras, si era perpetua, era la pena más dura después de la muerte. Sin embargo, también le pareció descubrir caras pacíficas, angustiadas, inocentes; eran las de aquellos pobres infelices que, por un motivo cualquiera, se les había condenado a galeras porque simplemente el rey necesitaba más remeros para los nuevos barcos.
Cuando terminaron y salió a la calle le pareció resucitar de una tumba. Su compañera notó la impresión y le dijo que ya se iría acostumbrando. Se acostumbró. Su carácter era enérgico y dulce a la vez. Los forzados llegaron a quererla y a respetarla, lo que no impedía que tuviera sus contratiempos.
Un día helador de invierno la comida se enfrió en el camino de los doscientos metros que separaba su casa de la Tournelle. Un galeote probó la carne fría y su sicología desesperada lanzó un grito y tiró la comida al suelo. En la mazmorra se hizo un silencio hiriente y todos miraron a Sor Bárbara. Esta se arrodilló, cogió la carne y la limpió en una jarra de agua, luego sonriendo se la volvió a ofrecer al preso. Éste, sin dejar de mirarla, la tomó y la comió en silencio.
Cuando se volvió Bárbara dos fornidos guardias se acercaban con un látigo. Sor Bárbara comprendió y rápida se interpuso entre los guardias y el preso. Enérgicamente rogó y suplicó que no lo azotaran. Los guardias no comprendían a aquella mujer, pero paso a paso fueron retrocediendo hasta sus puestos y guardaron el látigo. Desde aquel día los condenados a galeras la consideraron no ya solo su ángel bendito sino también su intercesora.
Sor Bárbara se iba agotando con un trabajo ingrato e incomprendido por todo el mundo. Estaba débil y hubo que aumentar a tres las Hijas de la Caridad. Pero ella era la responsable de buscar dinero o de entramparse pidiendo a fiado la comida para no disminuir la ración cuando aumentaba el número de presos.
Sor Bárbara había alcanzado una madurez humana y espiritual. El 25 de marzo de 1642 San Vicente la escogió, junto con Santa Luisa de Marillac, Sor Enriqueta Gesseaume, Sor Isabel Turgis y otra Hermana, para que fueran las cinco primeras Hijas de la Caridad que hicieran los votos en la Compañía. San Vicente de Paúl presidió la Eucaristía. Con toda sencillez, sin testigos, una a una cada Hermana recitó la fórmula de los votos y se entregó a Dios de nuevo para servir a los pobres.
Sor Bárbara Angiboust estuvo con los galeotes tres años, hasta junio de 1644, cuando la destinaron a visitar a los niños de pecho abandonados, distribuidos por los pueblos para que fueran amamantados por nodrizas. Era un trabajo responsable, sacrificado y complicado. ¿Por qué? Veamos.
Niños abandonados eran los niños que dejaban a la puerta de las iglesias o de los conventos las madres solteras, adúlteras o los padres pobres que no podían alimentarlos. Dan pena las madres solteras, pero duele cruelmente el abandono a la muerte de unas criaturitas recién nacidas. Se les abandonaba de noche y los que, al amanecer, no habían muerto de frío o comidos por alimañas, morían poco después a causa de la inclemencia de pasar una noche a la intemperie. A los pocos que sobrevivían los llevaban a una casa llamada la Cuna, malamente atendidos por una señora a sueldo y sin ternura. Llegó a vender niños a mendigos que les rompían los pies o las manos para atraer la compasión de los transeúntes mientras pedían limosnas. No los alimentaban porque, si morían, era más barato comprar otro. San Vicente decía que en los cincuenta últimos años habían muerto todos los niños abandonados, excepto los pocos que se habían dado en adopción.
A aquella sociedad farisea no le importaban estos niños porque eran hijos del pecado, como si los pobres inocentes fueran culpables y llevaran en su sangre el pecado y la culpa.
San Vicente de Paúl y las Damas de la Caridad no pudieron sufrir tal crueldad y encargaron a Santa Luisa de Marillac que organizara otra casa para acoger a los más de trescientos niños que se abandonaban en Paris cada año. Las Damas se encargarían de que no faltara dinero. Luisa de Marillac, organizadora dinámica y aguda, planificó unas estructuras que permanecieron durante siglos: escuela, formación cristiana a través de un catecismo compuesto por ella, formación profesional para el trabajo, que todos al cumplir los catorce años tuvieran su oficio y su puesto de trabajo, comprensión para las jóvenes y para los tarados, pudiéndoles tener más tiempo; apoyarse en las Hijas de la Caridad y en los empleados de garantía. El edificio, la limpieza y la comida son puntos claves de una organización…
El problema mayor eran los niños de pecho que necesitaban ser amamantados. La señorita Le Gras comenzó a base de biberones con leche de una cabra. Pero no la complació. Observadora de la realidad sabía que en aquella época más de la mitad de los niños morían antes de cumplir un año. Había, por lo tanto, muchas mujeres que alquilaban sus pechos para alimentar a otros niños. Luisa de Marillac aceptó la oferta y distribuyó a los bebés abandonados entre las nodrizas de los pueblos.
Tanto San Vicente y Santa Luisa como las Damas de la Caridad conocían los inconvenientes de las nodrizas: era corriente que las nodrizas fueran pobres y estuvieran mal alimentadas o que tuvieran enfermedades. También conocían la picaresca de los necesitados: que no amamantaran ni cuidaran bien a unos niños que no eran sus hijos, que no avisaran si el niño moría para seguir cobrando la pensión, que lo contratara una mujer y lo alimentara otra, etc.
Para superar estos inconvenientes Luisa de Marillac llevaba unos ficheros detallados y propuso que dos Hijas de la Caridad visitaran a los niños de tiempo en tiempo, pagaran a las nodrizas y vieran si los niños estaban bien atendidos. Las dos Hermanas llevaban una ficha para cada niño que rellenaban después de la visita. Para cumplir esta misión se necesitaban Hermanas no sólo avispadas sino que supieran sufrir y no les repugnara acariciar a unos niños que todos consideraban hijos del pecado de la carne. San Vicente y Santa Luisa escogieron a Sor Bárbara Angiboust y a Sor María Daras. Al frente iba Sor Bárbara.
Comenzaron las visitas en junio de 1644 y las terminaron en agosto. El trabajo era sacrificado, yendo de pueblo en pueblo por malos caminos, en carretas o a pie, subiendo montes o cruzando bosques y ríos. Viajes con el sudor que produce el sol tórrido de verano. Sor Bárbara se mostraba exigente y firme en lo tocante al niño y dulce y compasiva si solamente era cuestión de la pobreza familiar. El niño debía aparecer limpio y bien alimentado. Sor Bárbara era lista y campesina como aquellas labradoras. ¡Cuántas veces fingió estar de acuerdo, marchar y volver al de unos kilómetros para confirmarse de lo que sospechaba: que el niño que le presentaron era el hijo de una vecina porque el que le habían entregado había muerto y querían seguir cobrando la pensión! ¡Cuántas otras tuvo que esperar a la sombra de un árbol o en el pórtico de la iglesia a que llegara el párroco y pudiera asegurarle que el niño vivía y era el mismo que le presentaban!
Así iban visitando, de pueblo en pueblo, a los 15 o 20 niños que estaban con nodrizas. A los niños destetados los traían de nuevo a Paris. Volvían cargadas con uno o dos niños en brazos, agotadas. En años sucesivos repitió idénticas correrías.
El 28 de junio de 1646, cuando decidieron enviar Hijas de la Caridad al Gran Hospital de Nantes, la propusieron para que fuera la Hermana Sirviente (superiora), pero Luisa de Marillac se opuso porque tenía poca salud y el trabajo en Nantes sería enorme. Sin embargo, se la nombró Hermana Sirviente en Fontainebleau, la ciudad de verano de los reyes de Francia. ¡No quiso servir en el palacio de la duquesa de Aiguillon y de nuevo pisaría la corte de los reyes! Pero ella iba para atender a los pobres enfermos y su compañera para enseñar en una escuelita a las niñas pobres.
Llevaba tan solo unos meses cuando comunicaron a Santa Luisa que Sor Bárbara se moría. Ya la habían ungido con el óleo de los enfermos.
Luisa de Marillac se alborotó. Sor Bárbara era uno de los puntales de la Compañía. Sin esperar, pidió permiso a San Vicente para que esa misma tarde saliera para Fontainebleau una Hermana que le diese noticias ciertas y trajese a la enferma a Paris si la veía con fuerzas.
No hubo necesidad. Poco a poco Bárbara fue mejorando, pero era un sufrimiento para ella, tan observante de los reglamentos, no poder levantarse con su compañera ni poder hacer los ayunos que solía. Al de unas semanas se consideraba pecadora al verse sin hacer nada y se puso a trabajar. No se había metido Hija de la Caridad para cuidar de su salud sino de la de los enfermos pobres. Como estaba débil para visitar las casas de los enfermos, pidió a su compañera que cuidara de los enfermos y ella daría la escuela. Semanas después se atrevió a cuidar los enfermos que se reponían en el hospital; finalmente volvió al trabajo que se le encomendó al llegar a Fontainebleau.
En verano de 1648 llamó a su casa un mosquetero de la reina Ana de Austria, viuda del rey Luis XIII y madre regente de Luis XIV. Traía un mensaje de la reina: las invitaba a palacio para conversar con ellas. Sor Bárbara se emocionó aunque lo esperaba. Fontainebleau era como una ciudad de los reyes de Francia y sabía que Ana de Austria, católica ferviente, se interesaría por los pobres.
Se arreglaron y las dos antiguas aldeanas fueron al palacio. Cruzaron el patio del Cheval-Blanc y subieron la majestuosa escalinata curvilínea del Fer-á-Cheval que hacía pocos años había mandado construir Luis XIII. En el primer piso torcieron a la derecha acompañadas por una camarera de la reina. Estaban en los aposentos de la reina madre. La camarera las introdujo en un saloncito y poco después entró Ana de Austria con sus damas de compañía. Ceremonias de respeto y sumisión y hablar y hablar de todos los quehaceres de las Hermanas. La reina se enteró de todo. Durante la conversación Sor Bárbara tenía presente una frase que le había escrito Luisa de Marillac: «No deje de exponerle las necesidades de los pobres». Y se las expuso. Las dos Hijas de la Caridad salieron encantadas de la entrevista y con dinero para los pobres.
Poco disfrutó Sor Bárbara de la entrevista. En otoño Luisa de Marillac la envió de nuevo a visitar a los niños abandonados. Cuando volvió estaba destinada de Hermana Sirviente para el Hospital de Saint-Denis.
El hospital de Saint-Denis fue único. Las Hijas de la Caridad no eran tan solo empleadas como en los demás hospitales, eran también las directoras. El hospital estaba a su cargo: la Hermana Sirviente hacía los ingresos, daba las altas, organizaba el hospital y dirigía a los empleados, retenía a los enfermos que no podían llevar una convalecencia en sus casas, pues la señorita Le Gras decía que las recaídas eran más gravosas al hospital que los gastos de recuperación, retenía igualmente a las mujeres ya restablecidas que tenían peligro de caer en la prostitución hasta que encontraran trabajo.
Todos conocían su amor a los pobres, sus valores humanos y sus dotes para el servicio. En Saint-Denis descubrieron que tenía cualidades sociales para la catequesis. Los domingos y días festivos reunía en el hospital a las mujeres y las daba catequesis o les leía vidas de santos. Sus compañeras se asombraron cuando vieron que acudían hasta sesenta mujeres, a pesar de ser una persona exigente. Pero el asombro fue mayor al ver el delicioso atractivo que manifestaba con las jóvenes.
Bárbara se sentía feliz sin miedo a la guerra que se desarrollaba en los alrededores de Saint-Denis, la Fronda. El Parlamento y el pueblo de Paris se habían levantado contra Mazarino y los reyes. Condé vino en ayuda del rey y cercó Paris. Las comunicaciones se rompieron con la capital a pesar de estar tan solo a siete kilómetros. Sin embargo, Saint-Denis imponía respeto a los franceses. En su basílica estaban enterrados los reyes de Francia y San Dionisio era el patrón de Paris. Las Hermanas no tenían miedo de que les sucediera nada malo, pero el dinero no llegaba. Las familias de categoría y las adineradas habían huido de la capital o habían quedado encerradas en la ciudad.
Un día llegó la fatal noticia: no había dinero y cerraban el hospital. Antes de anochecer los enfermos saldrían a sus casas o a la calle los que no tenían a donde ir. Sor Bárbara se estremeció. Echarlos a la calle era enviarlos a la muerte. Su amor a los pobres le decía que era un crimen horrible. Sin aguardar a la noche, Sor Bárbara habló con los administradores y les pidió tan solo un día de prórroga. Se lo concedieron.
Esa misma mañana, con el valor que da el amor, emprendió a pie el camino de Paris. Por el camino tropezaba con labriegos que huían, con pobres pidiendo pan, con soldados armados que daban miedo; se identificaba y seguía adelante. Nuevo control y más controles de las tropas reales. Cuando llegó a la Puerta de Saint-Denis el control se lo hicieron las tropas del Parlamento. Era la señal de que había entrado ya en Paris. Al mirar hacia atrás descubrió lo que tanto miedo le daba mirar por el camino: entre el pueblo de Saint-Denis y la capital todas las casas estaban en llamas y los campos arrasados.
Envuelta en el retumbar de tambores ensordecedores y esquivando a gente con armas que se dirigía a las murallas entró en San Lázaro. Vicente de Paúl estaba deliberando con Luisa de Marillac sobre los problemas que la guerra causaba a los niños abandonados de Bicétre. En pocas palabras, con prisa, Sor Bárbara les expuso que cerraban el hospital por falta de dinero y que ella se proponía, si se lo permitían, pedir a las señoras que aportaran lo necesario para continuar la obra. Se lo permitieron y sin más fue casa por casa, palacio por palacio, iglesia tras iglesia, pidiendo «limosna» para sus enfermos. Apenas comió un poco de pan. Por la tarde estaba animada: la gente había respondido. Al atardecer creía tener suficiente para unos meses. Con el dinero escondido entre sus ropas tomó el camino de vuelta. Sólo que ahora tenía miedo que la asaltaran. Los controles los salvó graciosamente y anocheciendo entró en el hospital. Llena de alegría podía descansar. Cuando los administradores contaron el dinero: oro, plata, bronce y algunas joyas, calcularon que podían tirar entre tres y cuatro meses. Lo suficiente para ver terminada la guerra. En la iglesia Sor Bárbara reía con Jesucristo, el Señor de la casa.
La alegría le duró tres años. En la primavera de 1652, la condesa de Brienne, Dama de la reina Ana de Austria y Dama de la Caridad del Gran Hospital, pidió Hijas de la Caridad para atender su ciudad de Brienne-laCháteau repleta de pobres hambrientos. Los alrededores eran un desierto arrasado por la guerra con los españoles. Las Hijas de la Caridad que fueran allá debían amar a los pobres entrañablemente y ser sacrificadas pues también ellas pasarían hambre. Los fundadores eligieron a Sor Bárbara y a Sor Juana, una Hermana sacrificada pero apocada y de pocos alcances, con el inconveniente de no saber leer para poder llevar la escuela.
Cuando las dos Hermanas llegaron a Brienne se les cayó el alma a los pies. Sor Bárbara había visto pobrezas pero aquello era miseria desoladora. Pasaron los días y Sor Bárbara se descorazonaba. No tenía nada para dar a los pobres ni para comer ellas mismas. Vivían de limosnas, pocas, que ella empleaba para los pobres. Acudió a la Condesa de Brienne y a Santa Luisa. No pedía nada para ellas, solo pedía para los pobres. Luisa le escribió, sobre todo para que no se desanimara: «Estáis viendo infinidad de miserias que no podéis socorren pues también Dios las ve». A Él le toca socorrerlas. No podía enviarles dinero por miedo a perderlo en el camino. Esperaría que la condesa fuera a su ciudad y entonces les daría dinero, ya que la condesa llevaba buena escolta. Las dos Hermanas, casi sin comer, repartían lo poco que les llegaba.
En octubre llegó la paz a Paris y sus alrededores y, con la paz, los alimentos. Desde Paris tanto la condesa como Santa Luisa les enviaban dinero. La alegría entró en casa de las dos Hijas de la Caridad. Ahora sí podían atender a los pobres. Sin embargo, el trabajo era enorme y Sor Bárbara estaba débil, tenía además 48 años, una anciana para aquella época. Sor Juana, más joven, se deshacía trabajando. Necesitaban una tercera Hija de la Caridad, pero la señorita Le Gras no tenía. Como una excepción les recomendó que cogieran una empleada. La situación se alivió.
En 1639 había ingresado también Hija de la Caridad Cecilia, hermana de Bárbara. Luisa de Marillac las estimaba y las quería. En aquellos tiempos inseguros de los comienzos las dos hermanas fueron dos pilares que aseguraron y afirmaron la Compañía. Siempre que escribe a una le da noticias de la otra hermana. Siempre noticias buenas que las llenaban de alegría. Sin embargo el 8 de febrero de 1653 Santa Luisa escribió a Sor Bárbara noticias tristes: su padre y su hermano habían muerto. Santa Luisa la consuela y le dice cómo está Sor Cecilia y cómo se porta mejor que nunca. Seguramente Sor Bárbara recordaría los días que pasó en su casa y hacía las veces de madre para sus hermanos, recordaría el día en que salió del pueblo, hacía justo veinte años, sin volver a visitarlo, y lloró y rezó por ellos.
Brienne estaba en paz. Pero por la ciudad se escuchaban noticias preocupantes: Sainte-Ménéhould, a tan solo cien kilómetros al norte, había caído en poder de los españoles en noviembre de 1652. La Guerra de los Treinta años había terminado con la Paz de Westfalia, pero España no la firmó esperando arrancar a Francia una paz más ventajosa.
Cuando terminó la Fronda, el perdedor incondicional fue el Príncipe de Condé que prefirió abandonar su enorme fortuna y sus posesiones y expatriarse a los territorios españoles de los Países Bajos. España le nombró generalísimo de los ejércitos del Rey. Al frente de un ejército español invadió el nordeste de Francia y se apoderó de gran número de plazas fuertes, entre ellas Sainte-Ménéhould, puerta valiosa en la guerra.
Francia la necesitaba para impedir el ataque a Paris y para contratacar las posesiones españolas de Luxemburgo. Todo el año 1653 fue una continua batalla sitiando, perdiendo y recuperando plazas fuertes y cuarteles de invierno. El 20 de noviembre de 1653 Sainte-Ménéhould fue recuperada por los franceses. El sitio y la batalla final desparramó por el campo infinidad de cadáveres y de heridos que transportaban al hospital de Chálons-sur-Marne, convertido en hospital militar.
Ana de Austria pidió misioneros paúles e Hijas de la Caridad para atender a sus soldados heridos. San Vicente y Santa Luisa quedaron atónitos al recibir la petición. Era la primera vez en la historia que unas mujeres cuidarían de los heridos en el mismo campo de batalla. Las Hijas de la Caridad temblaron solamente al escuchar que debían cuidar a soldados. La mayoría de ellos eran aventureros, bandidos, revolucionarios y borrachos; es decir, mercenarios de cualquier nacionalidad y religión o de ninguna, que se alquilaban al mejor postor y se les pagaba con el pillaje, permitido por los jefes. Violaban, robaban, torturaban y asesinaban, llevando la desolación y la ruina a las tierras por donde pasaban, acaso el país de alguna Hija de la Caridad.
Para cuidar a esta chusma Santa Luisa escogió a tres de sus hijas. Al frente iba Sor Ana Hardemont. Pero mandó a Sor Bárbara que fuera a Chálons para ayudarlas. En Brienne quedó la pobre Sor Juana continuamente llorando al verse la responsable de la obra. Al poco tiempo hubo que abrir una especie de dispensario en el mismo cerco de SainteMénéhould y allá fue Sor Ana, a veces sola a veces con otra compañera. En Sainte-Ménéhould hacían las primeras curas y luego los heridos pasaban al hospital de Chálons. Aquí quedó como responsable Sor Bárbara haciendo malabarismos para conjugar a las Hermanas entre Brienne y Chálons. San Vicente y Santa Luisa estaban tranquilos. Sabían que Sor Bárbara tenía arranque, firmeza y bondad para dirigir a las Hermanas y a los soldados. Procuraba que todas las Hermanas hicieran oración todos los días y los fieros soldados eran como niños delante de ella. Y lo más emocionante era ver cuánto la querían. El obispo de Chálons no la dejaba marchar, el deán de Brienne la reclamaba, San Vicente la felicitaba y Santa Luisa depositaba en ella su confianza. El Ayuntamiento de la ciudad alabó el servicio de las Hermanas, el obispo quedó admirado del orden que había en el hospital, la reina y el rey que llegaron a Chálons recibieron a las Hermanas en público y ante todos los nobles las agasajaron y felicitaron. ¡Toda una Hija de la Caridad, a pesar de estar agotada y enferma y ser casi una anciana para aquel siglo!
En diciembre ya no hay heridos y vuelve a Brienne con el alborozo alegre de Sor Juana, pero por poco tiempo. En febrero de 1654 Luisa la llamó a Paris para ir a fundar una Comunidad en Normandía. La Cofradía de la Caridad que habían fundado los misioneros paúles después de una misión pidieron Hijas de la Caridad. Hacia setiembre marchó a Bernay con Sor Lorenza, una Hermana joven. La fundación parecía tranquila y la señorita Le Gras la enviaba con idea de que descansara. Lo merecía aquella mujer debilitada por tantos años de servicio en favor de los pobres.
El viaje fue cómodo y alegre por Mantes-la-Jolie y Evreux, pues el tiempo era agradable, ni frío ni calor. Era primavera. Al llegar a Bernay Sor Bárbara sintió que el corazón se le rompía de emoción. Estaba en una pequeña ciudad tranquila del campo; le daba la sensación de que había mucha gente de bien, muchos ricos venidos a menos y bastantes pobres. No distinguía que hubiera rencor entre unos y otros. Caminando hacia la iglesia cercana, casi sin darse cuenta, Sor Bárbara y su compañera se presentaron a las Damas de la Caridad.
El recibimiento fue simpático por lo espontáneo. La Presidenta les señaló su servicio: una escuelita de niñas, la catequesis a las mujeres y atender a los enfermos pobres. Justamente como en los inicios de la Compañía, cuando entró ella, pensó Sor Bárbara; y añadió para sus adentros: especialmente a los pobres vergonzantes (ricos caídos en la pobreza a causa de las guerras) como insistentemente se lo había recalcado la señorita Le Gras. El alojamiento de las dos Hermanas era pobre, muy pobre. Y esto le alegró a Sor Bárbara. No obstante una de las señoras precisó que era un alojamiento transitorio.
Desde este día comienza una correspondencia entre Sor Bárbara y Santa Luisa y San Vicente. Es una correspondencia amable de descanso. En las cartas se nota ese cariño que se tienen los tres santos. Las cartas de San Vicente son de dirección espiritual y de dirección de una obra religiosa. Las de Santa Luisa son cartas de organización, de animación y de diálogo entre dos amigas. En ellas hablan, como dos amas de casa, de precios, de hilos, de telas, de cacharros y, muy propio de la señorita Le Gras, se dan noticias de los familiares, de las Hermanas y de las obras. Son años de paz para la persona de Sor Bárbara Angiboust.
Hacia 1656, en las cartas entra un elemento transcendental para la mentalidad futura de la Compañía. Sor Bárbara ama a los pobres como pocos son capaces de amarlos. Pide que se mejore la situación de los enfermos, y se piensa hacer un hospital nuevo. Luisa de Marillac los ama tanto o más que ella y es más lista y más realista; por ello anota varias circunstancias:
Vicente de Paúl, el superior, es reacio a hacer hospitales en los pueblos donde hay Caridades de señoras, por el peligro de desentenderse de la visita personal a los pobres.
No se puede exigir a las familias un gasto tan exorbitante como es la construcción de un hospital nuevo en unos años de graves trastornos económicos.
Un hospital es un refugio aceptable para muchos pobres, pero hay otros pobres, los vergonzantes, que nunca irán a él por la humillación que supone para unas familias que antes tenían dinero y eran atendidos por los médicos en sus casas. Hay peligro de que nadie les atienda en adelante.
Si, a pesar de todo, se hace el hospital, no debe ser lujoso, con gastos superfluos y escandalosos ante otros pobres.
En cuanto a la vivienda de las Hijas de la Caridad es necesario que sea sencilla y dé la sensación de vivir en la pobreza. Pues la Hija de la Caridad no puede tener «nada más que el vivir y el vestido que Dios hace que se lo den gratuitamente».
Sor Bárbara comprendió y logrará que así se hiciera. La impresión que causaban Sor Bárbara y su joven compañera era arrebatador. Varias jóvenes querían ser Hijas de la Caridad. Sor Bárbara se lo comunicaba entusiasmada a Santa Luisa, pero Santa Luisa y San Vicente temían que las jóvenes sintieran tan solo curiosidad por ver Paris y no una vocación divina. Había necesidad de probarlas seriamente.
Así iban pasando los meses. Así pasaron dos años. Desde finales de 1656 la señorita Le Gras le iba insinuando cómo alejada de las demás comunidades había una casa de Hermanas, por la que ella sentía una compasión y un cariño sin medida. Era la Comunidad de Sainte-Mariedu-Mont, en Normandía, no muy lejos de Cherbourg. La aldea estaba fuera de las líneas de comunicación. A la aldea de Sainte-Marie no llegaban ni las diligencias ni el correo. Sor Claudia Chanteron y Sor Isabel de Angers sintieron las alegrías de los pobres y el afecto de la duquesa de Ventadour que las había llamado, pero sufrieron la terrible sensación de vivir incomunicadas de sus compañeras. Las cartas iban a Bernay, de aquí a Carentan, y si algún vecino pasaba por allí recogía lo que hubiera para el pueblo. Si nadie pasaba, a esperar a veces meses. La señorita Le Gras, que tembló de soledad, se enteró que había muerto Sor Claudia, y Sor Isabel, en la soledad, pedía una compañera. Santa Luisa rogó y forzó a Sor Bárbara que ella, la más cercana, a unos 150 kilómetros, la visitara, pasara con ella un tiempo y le trajera noticias a Paris, pues en marzo le había enviado a Sor María como compañera, pero no tenía noticias seguras de su vida y de sus necesidades.
Y Sor Bárbara Angiboust, enfermiza y cargada de años, se dispuso a hacer los 150 kilómetros en julio de 1657. En una diligencia hasta Caen. Nueva diligencia hasta Carentan. Aquí se acabó la civilización. A pie, en mula o en alguna carreta de quien pasara, por montes, veredas y bosques, la buena Sor Bárbara llegó a Sainte-Marie. Los gritos de alegría y las lágrimas de emoción se mezclaron en el abrazo y en los besos que se dieron. Sor Isabel y Sor María casi no podían creerlo. Sor Bárbara, la amiga de Luisa de Marillac, una de las primeras Hijas de la Caridad venía a visitarlas y a quedarse un tiempo con ellas. Y era la señorita Le Gras quien se la enviaba.
Sor Bárbara llevaba órdenes bien precisas: volver directamente a Paris por el camino más rápido. Y así lo cumplió. Sin detenerse en Bernay llegó a Paris. Largamente en una conversación de amigas Sor Bárbara le contó a Luisa de Marillac dónde estaba el pueblo, cómo era la gente, qué trabajo tenían las Hermanas y qué vida llevaban. Santa Luisa se tranquilizó. La duquesa de Ventadour, una devota firme, se preocupaba de ellas. Mientras Bárbara, sentada al lado de Luisa, hablaba y hablaba, a Luisa de Marillac el Espíritu de Dios la iba iluminando: ¡Cháteaudun! El problema de Cháteaudun lo podría solucionar admirablemente esta mujer, Hija de la Caridad de cuerpo entero. Al terminar la conversación tan sólo le dijo:
No vuelvas a Bernay hasta que yo haya hablado con nuestro padre Vicente. Acaso no vuelvas a Bernay.
Pero mis cosas las he dejado allí —le dijo Sor Bárbara.
Ya las mandaremos traer —le aseguró la santa.
De acuerdo con San Vicente, al de unos días salió como Hermana Sirviente para Cháteaudun, no lejos, al suroeste de Paris. Su misión era devolver la observancia a la comunidad. Al llegar a Cháteaudun Sor Bárbara no innovó nada. Eso sí, las Hermanas notaron que observaba el reglamento con toda naturalidad y arrastraba a las compañeras. Aún estando enferma acudía a la oración con todas. No dejaba la oración, sabiendo anteponer el servicio a la oración; los pobres eran los únicos que podían romper, si era necesario, la puntualidad. A la gente le extrañaba esta observancia.
Los años y Santa Luisa la habían hecho más flexible, pero había cosas que ella, atenta a las directrices de San Vicente en los mínimos detalles, no podía tolerar. Al de unos meses comprendió dónde estaba el problema de la comunidad. Era una comunidad entregada a los pobres, el trato mutuo rezumaba caridad, se sacrificaban por atender a la gente de la ciudad. Y éste era su fallo: cualquiera entraba, no sólo en el hospital, sino también en las dependencias de las Hijas de la Caridad. Las habitaciones de las Hermanas, sagradas para San Vicente de Paúl, eran como locutorios donde cualquiera podía entrar para hablar con ellas. Ciertamente tan sólo entraban a la sala, a la cocina, a los pasillos, pero alguna vez entraron hombres. Y ésto se propuso atajar radicalmente Sor Bárbara.
Un día un señor de la ciudad fue a la puerta de las dependencias de las Hijas de la Caridad en el hospital y la encontró cerrada; llamó, le abrió Sor Bárbara y le llevó a un recibidor. El buen hombre quedó cortado, ¿era desconfianza? y lo contó en la ciudad. La gente se extrañó y lo criticó, pero de una manera suave. Al de unos días un sacerdote intentó entrar en casa de las Hermanas y Sor Bárbara enérgica se puso delante y le dijo: «Pero, padre, ¿va a entrar usted en donde no hay más que mujeres?». Y tomándolo del brazo lo sacó fuera. Aquello era demasiado. La superiora no se fiaba ni de los curas. La ciudad se alborotaba con aquella enérgica superiora. Pero, por otro lado, era amable con la gente, caritativa con todos y los enfermos la adoraban. Las Hermanas se iban poniendo al lado una Hermana Sirviente que ponía orden en la casa, que las guiaba en la espiritualidad y que no hacía nada más que cumplir lo que tanto les inculcaba Vicente de Paúl.
Pero los eclesiásticos estaban heridos. Una noche, cuando las Hermanas se habían retirado, enviaron a un mozo conocido por su violencia a encender el candil. Llamó a la puerta, le abrió Sor Bárbara y el mozo, de un empujón, la echó a un lado. Sor Bárbara volvió a interponerse y ordenó al joven que saliera. Ella le encendería el candil. La respuesta fue una bofetada que le hizo girar la cara y casi caer contra la mesa. El joven se detuvo al comprender lo que había hecho. Momento que aprovechó la superiora para sacarlo dócilmente hasta la puerta, encender el candil y entregárselo con toda calma.
El suceso se conoció en la ciudad y no gustó. La gente empezaba a dar la razón a la superiora: a las mujeres no trataba de aquella manera, era virtuosa y no hacía nada más que cumplir sus reglas. Pasados unos meses toda la ciudad la alababa. Se había ganado aún a los que murmuraron su primera decisión. En Paris Luisa de Marillac la felicitaba y la animaba a seguir la pequeña «reforma».
Da la impresión, por las cartas que le escribe Santa Luisa, que la ha convertido en una especie de asistente suya para que atienda también a la comunidad de Varize, a la que debe visitar y solucionar sus problemas, a pesar de tener su Hermana Sirviente. Ella debe darle noticias y examinar las necesidades de las Hermanas, y si lo ve apropiado cambiar alguna Hermana entre Cháteaudun y Varize. Las cartas son a veces cartas sencillas entre dos amigas que se estiman y que se quieren. Luisa se fía de ella cuando se entera que Sor Ana desea hacer una peregrinación. Lo deja todo en sus manos, aconsejándola únicamente que la ponga en buena compañía para el viaje.
Poco tiempo estuvo en Cháteaudun. Unos días antes de Navidad de 1658 cayó enferma. Ella sintió que era el final. Llamó a los niños huérfanos del hospital que amaba como a hijos y les recomendó sus deberes. A las Hermanas las animaba a vivir unidas y a servir a los pobres con todo el esfuerzo. Nunca olvidaron una frase que les dijo antes de morir: «Hace ya veinte años que estoy en la Compañía. Gracias a Dios nunca he sentido molestia alguna. Trabajad, hermanas mías, tened ánimo y no temáis». El 27 de diciembre, de madrugada le llevaron la Comunión y se le escapó una frase: «Amor mío». Parece cursi para las personas vulgares, pero es el grito de amor de un alma santa. A las siete de la mañana expiró.
Cuando se supo la noticia la gente decía que si la muerte se podría comprar con dinero, no la hubieran dejado morir. Toda la ciudad pasó a darle el último adiós. Al verla, comentaban: la han maquillado, parece que está viva. Pero no, era la belleza de la santidad sencilla. Le echaban agua bendita como si fuera una bienaventurada y pasaban los rosarios por su cuerpo como por el de una santa. Dicen que pasó toda la ciudad y que al entierro asistieron los notables de la ciudad y las autoridades.
Santa Luisa ya lo esperaba pero cuando llegó la noticia sintió que se le desgarraba algo en su interior. Era un dolor sereno lo que sintió la santa, pero dolor. La noticia se la trajo una señora de Chñteaudun que la había asistido en sus últimos momentos. Venía de parte de las Hermanas y les traía una carta.
Al recibir la noticia, la señorita Le Gras le escribió a Vicente de Paúl: «¡Por el amor de Dios! Dígase una Misa cantada por nuestra difunta Sor Bárbara, como muy antigua en la Compañía y muy fiel a su vocación; llamaremos a todas las Hermanas y creo que será para ellas de gran consuelo y estímulo para obrar bien».
El 27 de abril de 1659, San Vicente de Paúl tuvo una conferencia sobre sus virtudes, y otra el 11 de noviembre. Todas las Hermanas se convencieron de que habían tenido por compañera a una santa.
Autor: Benito Martínez, C.M.
Fuente: Folleto Las cuatro cumplieron con su misión» (Ediciones Fe y Vida, Teruel, 1994).












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