Recuerdo haber predicado una homilía un domingo, y que varias personas se me acercaron después para decirme cuánto les había gustado. Recuerdo también que, al volver a la casa de mi comunidad, durante la cena comenté lo bien que había sido recibida mi homilía y los aplausos que había provocado.
Se puede decir que me sentía bastante satisfecho conmigo mismo. Cuando vi las miradas de aprobación en torno a aquella mesa, pude recrearme una segunda vez en el mismo día.
Sin embargo, después, en el pasillo, un hombre se me acercó y me dijo: “Espero que no te tomes esto a mal, pero sería bueno reconocer que, en esas palabras que pronunciaste, había Alguien más que tú hablando. Era el Espíritu Santo, y ese Espíritu hablaba desde una profundidad mucho mayor que la tuya”.
Tal vez no sean sus palabras exactas, pero su pensamiento daba en el clavo. El bien que hacemos en el ministerio tiene su raíz en un lugar más profundo que nuestras propias raíces.
¿No es eso, acaso, lo que Jesús dice a sus discípulos engreídos y satisfechos de sí mismos en el capítulo 10 de san Lucas? “No os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres estén escritos en el cielo”. En otras palabras, esos seguidores están enraizados en una tierra que va mucho más hondo que la suya propia: la presencia sustentadora del Padre del Señor, que se manifiesta a través de su Espíritu Santo.
Quizá sea un ejemplo demasiado concreto, pero el mensaje está claro. Cuando actuamos (cuando servimos) en nombre de Jesús, hay algo más en juego que nosotros mismos. Es el propio Dios quien se hace presente a través de lo que hacemos y decimos. Es el eco de la voz de Dios resonando en lo más profundo dentro de nuestras propias voces.
Jesús está ayudando a sus discípulos a volver la mirada hacia la fuente más íntima de su eficacia: el mismo Dios, que sostiene y da fuerza a todos nuestros esfuerzos. Y esta es una verdad que fácilmente se nos escapa de la conciencia —como me ocurrió con mi “exitosa” homilía aquel domingo.
“Nadie conoce al Padre sino el Hijo —y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo.” En la raíz de nuestras propias raíces habita la presencia siempre más profunda de Dios Padre, que viene a nosotros en Jesús y a través de su Espíritu Santo.
En una carta escrita en 1642, Vicente subraya precisamente este punto:
“Su divina bondad quiere de nosotros que no hagamos jamás ningún bien en ningún sitio para que nos tengan en consideración, sino que miremos siempre la gloria de Dios directamente, inmediatamente y sin segundas intenciones en todas nuestras obras”.
(SVP ES II, 236, carta a Bernard Codoing).













0 comentarios