En el año 2026, las Hermanas de la Caridad de Santa Juana Antida Thouret celebrarán el 200 aniversario del fallecimiento de su querida Fundadora, una mujer de fe, de fortaleza y de caridad sin límites. Nacida en Sancey-le-Long, Francia, en 1765, Juana Antida vivió tiempos convulsos —la Revolución Francesa, el exilio, la pobreza y la incomprensión—, pero nunca perdió su confianza en la Divina Providencia. Toda su vida estuvo enraizada en el amor: amor a Cristo, amor a los pobres y amor a la Iglesia.
Para preparar este Jubileo, la Congregación ha iniciado un camino de reflexión y renovación, una peregrinación espiritual que nos invita a redescubrir la vida, la espiritualidad y la misión de la Madre Thouret. A través de una serie de breves vídeos, las hermanas, los laicos colaboradores y la Familia Vicenciana de todo el mundo están llamados a profundizar en la riqueza de su carisma, vivo hoy en las periferias existenciales de más de treinta y dos países. Allí, en medio de las luchas de los pobres, los jóvenes, las familias, los que buscan a Dios, la justicia, la paz y el cuidado de la creación, el corazón de Juana Antida sigue latiendo.
El primer vídeo, presentado por sor Stella Maris, lleva por título «Cerca de su corazón. 1826: Los últimos años de la vida de Santa Juana Antida». Nos invita a acercarnos a la Fundadora en sus últimos años, no solo para conocer los hechos de su muerte, sino para escuchar el latido vivo de su corazón. Así como el discípulo amado apoyó su cabeza sobre el pecho de Cristo, también nosotros estamos llamados a reposar sobre el corazón de Juana Antida y descubrir, en su ritmo, el eco fiel del amor de Dios. Esta reflexión nos conduce al núcleo de su humanidad y de su santidad, iluminando el itinerario interior de una mujer que vivió y murió únicamente para la gloria de Dios.
Sor Stella Maris comienza su intervención dirigiéndose a sus “queridísimos hermanos y hermanas, amigos”. Sitúa su reflexión en el contexto del Bicentenario de la “Pascua” —el paso a la eternidad— de Santa Juana Antida. Su propósito no es ofrecer una simple narración histórica, sino acercarse al corazón de la Fundadora, escuchar su latido y descubrir qué la animaba en los últimos años de su vida.
Una mirada contemplativa a los últimos años
Sor Stella invita a contemplar los procesos humanos y espirituales que marcaron los últimos tiempos de Juana Antida. Compara este gesto con el del apóstol Juan, que apoyó su cabeza sobre el pecho de Jesús en la Última Cena, signo de intimidad, confianza y profunda comunión. Con ese mismo espíritu nos propone reposar el oído del alma sobre el corazón de Juana Antida, para percibir su ritmo y descubrir lo que todavía hoy desea decir a sus hijas e hijos.
Citó la encíclica del papa Francisco Dilectus est nobis, sobre el amor humano y divino del Corazón de Jesús, recordando la advertencia del Papa sobre este “mundo líquido” en el que vivimos: un mundo que ha perdido su centro, su unidad interior y su corazón. Muchas personas viven hoy fragmentadas, atrapadas en el ruido, la prisa y la tecnología, olvidando la lentitud y el silencio que necesita la interioridad. “Falta el corazón”, dice sor Stella, haciendo eco al Papa. Y sugiere que al recuperar el lenguaje del corazón podremos comprender mejor los últimos años de Juana Antida: años vividos desde ese centro sagrado donde habita Dios.
Escuchar el latido del corazón de Juana Antida
Conocer sus últimos años es redescubrir la esencia de su ser: la generosidad, la pureza de intención, la fortaleza y el celo por la gloria de Dios. Sor Stella cita el testimonio escrito en Besanzón el 24 de agosto de 1826 —el día de su muerte—, que la describe como una mujer de “gran pureza de intención y magnanimidad intrépida”. Nada la detenía cuando reconocía en algo la voluntad de Dios. Tenía un corazón grande, generoso y compasivo, dispuesto a cruzar los mares o ir hasta los confines de la tierra si con ello podía dar gloria a Dios.
Su conocido lema “Siempre adelante” expresaba ese impulso interior. No era activismo, sino un abandono total a la voluntad de Dios, sostenido por la docilidad al Espíritu y encendido por el amor. Para Juana Antida, servir a Cristo en los pobres era la consecuencia natural de su unión con Él. Emprendía grandes obras no por ambición, sino porque su corazón, lleno de caridad divina, no podía encerrarse en horizontes estrechos.
Un corazón que perdona y se entrega
Sor Stella recuerda la ternura y la capacidad de perdón de Juana Antida. Fue generosa en su amor a Dios y al prójimo —también hacia sus enemigos—. Enseñó a sus hermanas a responder a la adversidad con fe y esperanza, recordándoles que “Dios lo ve todo y sabrá recompensarnos y ayudarnos”. Su corazón, centrado en la gloria de Dios y no en el propio beneficio, permaneció en paz incluso en medio de la prueba.
Esa paz se refleja de manera conmovedora en su Oración de 1821, escrita enteramente por ella y que llevó siempre consigo hasta su muerte. Es una oración de confianza absoluta, de humildad y abandono, con ecos de los salmos, pero fundada en los méritos de Cristo crucificado. En ella suplica:
“Oh Dios mío, soberano Señor del cielo y de la tierra, único grande, único santo y único todopoderoso, levántate y haz brillar tu misericordia. Ponte entre mí y mis enemigos. Solo en ti, mi Dios y mi Señor, he puesto toda mi confianza y perfecta esperanza. Quien espera en ti no quedará confundido.”
La oración revela a una mujer que perdona a sus perseguidores, acepta el sufrimiento por la gloria de Dios y confía todo a la Providencia divina.
Prueba, paz y gloria
De regreso a Nápoles, tras su intento fallido de reconciliar las divisiones internas de la Congregación, Juana Antida afrontó lo que, humanamente, podía parecer un fracaso. Sus peticiones no fueron escuchadas; su obra parecía dividida. Pero ella lo puso todo en manos de Dios, escribiendo que había confiado aquel asunto a su misericordia y que su único deseo era que “se cumpliera su santa voluntad y todo redundara en su gloria”.
Sor Stella interpreta esta actitud como signo de una libertad interior profunda: la paz de un alma completamente abandonada a Dios. La grandeza de Juana Antida no reside solo en sus obras históricas, sino en la estatura moral y espiritual de una mujer que nunca dejó de confiar, incluso herida. “Siguió caminando”, dice sor Stella: incomprendida, contrariada, pero siempre bendiciendo, siempre sirviendo, siempre avanzando.
Sus últimos días
Basándose en el testimonio de la hermana Febronia, sor Stella relata las últimas semanas de la Fundadora. Durante su enfermedad final, marcada por la debilidad y una inflamación interna, Juana Antida solo podía comulgar los domingos. Sin embargo, permaneció tranquila, serena y fiel. El 16 de julio de 1826, fiesta de Nuestra Señora del Monte Carmelo, impuso el hábito por última vez a cuatro novicias —entre ellas su sobrina, sor Ferronia Thouret—.
El 15 de agosto comulgó con sus hermanas, y la noche del 24 de agosto de 1826, rodeada de su comunidad, recibió los sacramentos, siguió dulcemente las oraciones y entregó su alma a Dios en paz a las 22:10 h.
Sus hermanas la recordaron como una mujer de mente clara y espíritu práctico, dotada para la organización y el gobierno, amante de la verdad y la justicia, con un corazón generoso, magnánimo, compasivo y perseverante. Creía que Dios era poderoso y misericordioso, que todos los corazones estaban en sus manos y que el Instituto era obra suya. Esperaba todo de Él, convencida de que el Espíritu Santo guiaba su vida y la de sus hijas en el cumplimiento de la voluntad divina.
Su testamento espiritual fue sencillo y total: “Todo para la gloria de Dios. Solo Dios.” Ésta, concluye sor Stella, fue el alma misma de la vida y de la misión de Juana Antida, el corazón del que sus hijas siguen bebiendo luz y valor hoy.
Transcripción íntegra en español
(A continuación, la traducción completa y fluida del guion del vídeo de sor Stella Maris)
Queridísimos hermanos y hermanas, amigos:
En el contexto del Bicentenario de la Pascua de nuestra Madre, queremos acercarnos a ella, escuchar el latido de su corazón, como hizo san Juan, el discípulo amado, con el Señor Jesús.
Es audaz sumergirnos en sus últimos años e intentar descubrir los sentimientos que habitaban en el corazón de nuestra Madre y Fundadora. Por eso os invito a contemplar los procesos humanos y espirituales de esos años, uniéndolos a sus cartas y a los testimonios que revelan la esencia de Santa Juana Antida.
Pongamos en juego nuestro ser interior y nuestra capacidad de empatía con ella. Esta es una pequeña reflexión, que quizá en el futuro alguna hermana o algún laico pueda enriquecer, ampliar o hacer más precisa y científica.
En este camino podemos dejarnos iluminar por la encíclica del papa Francisco Dilectus est nobis, sobre el amor humano y divino del Corazón de Jesús. En el número 9 leemos:
“En este mundo líquido es necesario volver a hablar del corazón, y señalar ese lugar donde toda persona, sea cual sea su condición, encuentra la fuente, la raíz de toda fortaleza, convicción, pasión y decisión.”
Pero vivimos, dice el Papa, en una sociedad consumista, impaciente, dominada por el ruido y la tecnología, que carece del silencio que requiere la interioridad. La humanidad corre el riesgo de perder su centro, su unidad, su corazón.
Si recuperamos el valor del corazón, podremos acercarnos a Santa Juana Antida, apoyar la cabeza sobre su pecho y preguntarle:
“Querida Madre, ¿qué deseas revelarnos de tus últimos días en Nápoles? ¿Qué mensaje quieres transmitir hoy a tus hijas y a tus hijos? ¿Con qué ritmo late tu corazón?”
El testimonio de Besanzón, fechado el 24 de agosto de 1826, dice así:
“La venerable sierva de Dios, por medio de la cual Él puso los cimientos de esta comunidad fundada el 15 de octubre de 1799, murió en este día. La gobernó directamente hasta 1810, y durante algunos años más desde Nápoles, a través de las hermanas Cristina Ménégé y Mariana Bon. Poseía una gran pureza de intención y una magnanimidad intrépida. Nada la detenía cuando reconocía la voluntad de Dios. Tenía un gran corazón, generoso e incansable en hacer el bien. Decía que cruzaría los mares o iría hasta los confines de la tierra si creyera que Dios así lo quería, para buscar su gloria.”
Este testimonio revela su impulso interior: una mujer incansable cuyo “siempre adelante” inspiró a generaciones. Su fortaleza brotaba de un abandono total a la voluntad de Dios, de la docilidad a su Espíritu y de un amor ardiente que la consumía.
Tuvo una mente y un corazón grandes, capaces de abrazar proyectos amplios y de servir a Cristo en los pobres con una caridad eficaz y tierna. Fue generosa, compasiva y cercana, incluso con sus enemigos.
Cuando debió dejar su hogar para ir a París y seguir su vocación, dijo al sacerdote del convento carmelita que estaba dispuesta a todo, incluso a ir hasta los confines de la tierra. Toda su vida demostró que esas palabras eran verdaderas.
A una hermana angustiada por los comentarios de otras, le dijo:
“Sufrimos todas por el santo nombre de Dios, por su amor, para impedir el mal y por la salvación del prójimo. Dios lo ve todo y lo sabe todo. Sabrá recompensarnos y ayudarnos. Eso debe bastarnos. Tengamos ánimo y confiemos en Dios.”
Su fe y su devoción la guiaron en todas las pruebas. Solo Dios fue su motivo, su amor creciente.
Su Oración de 1821 expresa su confianza total y su abandono:
“Oh Dios mío, soberano Señor del cielo y de la tierra, único grande, único santo y único todopoderoso, levántate y manifiesta tu misericordia. Ponte entre mí y mis enemigos. Solo en ti, mi Dios y mi Señor, he puesto toda mi confianza y esperanza. No mires mi indignidad, sino los infinitos méritos, sufrimientos y muerte de Jesucristo crucificado. Ten piedad de mí, guíame y condúceme con tu Espíritu Santo. Perdono a mis enemigos por amor a ti y estoy dispuesta a sufrir cuanto quieras, con tu gracia, deseando que sea para tu mayor gloria y mi santificación. Amén.”
De regreso a Nápoles, tras los intentos frustrados de reconciliación en París, escribió:
“Hemos hecho, según el consejo de la Santa Sede, todo lo que nos ha parecido conveniente para la unión de los espíritus. Aún no se ha logrado. Dejamos, pues, este asunto en manos de la misericordia de Dios, a quien lo hemos confiado desde hace tiempo. Que se cumpla su santa voluntad y que todo redunde en su gloria.”
La paz y la serenidad fueron fruto de su abandono total. Continuó caminando, haciendo el bien a todos: a quienes la apoyaban y a quienes la contradecían, a quienes la seguían y a quienes se cruzaban en su camino. Fue una mujer de grandeza histórica y, más aún, de grandeza moral.
La hermana Febronia nos dejó testimonio de los últimos meses de su vida. Durante su enfermedad, Juana Antida se mantuvo serena y paciente. El 16 de julio de 1826, fiesta de Nuestra Señora del Carmen, entregó el hábito por última vez a cuatro novicias, entre ellas su sobrina. El 24 de agosto, a las 22:10, rodeada de sus hermanas, entregó su alma a Dios en paz.
Sus hermanas la recordaron como una mujer de mente clara, práctica, amante de la verdad y la justicia, de corazón generoso, magnánimo y compasivo. Creía que el Espíritu Santo era su guía y que el Instituto era obra de Dios. Su corazón latía por un único motivo: Todo para la gloria de Dios. Solo Dios.
Queridos hermanos y hermanas, después de contemplar la vida de Santa Juana Antida, también nosotros podemos mirar nuestra propia vida y preguntarnos: ¿qué habita en mi corazón?, ¿qué creo?, ¿qué siento?, ¿dónde está mi esperanza?, ¿en qué necesito renovarme?, ¿a quién debo amar y servir más?












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