“Sos hombres subieron al templo a orar“
Sir 35, 15-17. 20-22; Sal 33; 2 Tim 4, 6-8.16-18; Lc 18, 9-14.
En esta maravillosa parábola, tan sencilla y a la vez tan clara y cuestionadora, descubrimos tres enseñanzas para nuestra vida:
Primera: La humildad como camino a Dios. La parábola enseña que Dios se inclina hacia aquellos que reconocen su dependencia de Él y se humillan ante su presencia. El fariseo, en su orgullo, se cierra a la posibilidad de la gracia divina, mientras que el publicano, al reconocer su pecado, abre la puerta a la misericordia, al perdón y a la gracia.
Segunda: La importancia de la autoconciencia. La parábola nos invita a reflexionar sobre nuestra propia justicia y nuestras relaciones con Dios. ¿Nos sentimos merecedores de la gracia de Dios o nos reconocemos pobres y necesitados de ella?
Tercera: La oración es diálogo con el Padre. No debe ser una lista de méritos, o una forma de presumirnos, sino un diálogo sincero con Dios Padre, donde expresamos nuestro arrepentimiento que nos llene de su amor y de su misericordia.
Señor, dame la gracia de reconocerme pecador y de acercarme a ti con la humidad y sinceridad del publicano.
Fuente: «Evangelio y Vida», comentarios a los evangelios. México.
Autor: Benjamín Romo Martín, C.M.













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