400 años de misión: el legado vivo de San Vicente de Paúl
Los acontecimientos históricos están para ser estudiados y celebrados. Este año 2025 nos trae, a modo de memorial, los 400 años de la fundación de la Congregación de la Misión. Y lo iniciamos, como marco, con una profunda afirmación del mismo san Vicente de Paúl: «Pues ¿quién es el que ha fundado la compañía?… ¿He sido yo?… Ha sido Dios, su providencia paternal y su pura bondad» (SVP ES XI-4, 731).
1. Algunos protagonistas circunstanciales
En todas las grandes obras intervienen más personajes de los que se cree. Bien se dice que «unos cardan la lana y otros se llevan la fama». En la fundación de los Misioneros Paúles y, con ello, de la amplia Familia Vicencian–a actual intervienen en sus inicios, de una u otra forma, varios personajes de gran relevancia social. Simplemente los citamos. El cardenal Berulle (y su orientación hacia la acción social), la sra. de Gondi (que pondrá las bases económicas), Francisco de Sales (y su matiz del humanismo devoto), los Marillac (el acercamiento al estamento privilegiado), Richelieu (el cardenal que ostenta el poder político), Ana de Austria (la reina que tendrá a san Vicente como asesor espiritual), la duquesa de Aiguillon (sobrina del cardenal y permanente auxilio) …
2. La experiencia del Señor Vicente de Paúl
A las anteriores personas e influencias (y otras varias, especialmente la de Luisa de Marillac) añadamos su propia experiencia que podemos resumir en tres eventos. Así un 25 de enero de 1617, día en que pronunció una homilía en Folleville, cerca de Amiens. Sus palabras fueron una llamada de atención a un auditorio de campesinos a los que apremiaba a confesarse. Esta apelación era la consecuencia de una experiencia vivida recientemente: el molinero de Gannes, un pueblo cercano, había pedido confesarse por encontrarse gravemente enfermo. Aquel hombre tenía fama de honrado y virtuoso entre sus convecinos, y es probable que Vicente de Paúl pensara que su confesión sería breve y, en cierto modo, rutinaria. Sin embargo, el sacerdote se llevó una sorpresa cuando el moribundo solicitó hacer una confesión general. Llegó entonces el momento de revelar una serie de pecados graves, ocultos durante años a causa de una vergüenza transformada en un peso abrumador. Este episodio cambiará por completo el rumbo de la vida de nuestro santo.
Ahora, tras la confesión del molinero de Gannes, llegaba otro paso más, en el que la mirada de Vicente de Paúl se dirigía a aquellos en los que apenas había reparado: los pobres, los campesinos… En Chatillón, pueblo ubicado en los dominios de la familia Gondi imperaba una miseria material y moral. ¿Bastaba con la atención espiritual al matrimonio Gondi y su hijo, o era más urgente ocuparse de unos 8.000 campesinos necesitados de catequesis y sacramentos? Si el molinero no había llevado una vida recta, pese a su prestigio social, ¿cuál sería la situación de unos campesinos desatendidos en sus necesidades espirituales y materiales?
3. Las bases fundacionales
Todas estas experiencias se trasladaron al papel mediante un contrato entre los señores de Gondi y el sacerdote Vicente de Paúl. En él, tras mencionar motivos espirituales, se afirma que
«para que… por medio de la piadosa asociación de algunos eclesiásticos … se dedicasen … a la salvación del pueblo pobre, yendo de aldea en aldea a sus propias expensas, predicando, instruyendo, exhortando y catequizando a esas pobres gentes y moviéndolas a hacer una buena confesión general de toda su vida pasada».
SVP ES, X, 238.
Los Gondi hacen una dote de 45.000 libras. El beneficiario, se dice en el mismo documento, es Vicente de Paúl, sacerdote de la diócesis de Acqs y «licenciado en derecho canónico». Era el 17 de abril de 1625.
En este contrato se señalan las condiciones de esta fundación o, lo que es lo mismo, sus derechos y obligaciones. Las recogemos sucintamente.
a) Tras estos motivos, los de Gondi dotaron a la congregación con un capital de 45.000 libras. De ellas, 37.000 pagadas al contado y las 8.000 restantes a pagar en el plazo de un año, con una hipoteca sobre sus propiedades por ese valor. Vicente de Paúl -el beneficiario- era designado como sacerdote de la diócesis de Acqs, pero también -y esto es una novedad- «licenciado en derecho canónico».
Los biógrafos suponen que obtuvo este título en el otoño de 1623, ya que no figura en ninguna escritura oficial anterior a este documento.
b) Los señores de Gondi dejaron a Vicente de Paúl la tarea de elegir, en el plazo de un año, a seis eclesiásticos para que vivieran juntos y trabajaran bajo su dirección.
- La única reserva que figura en el texto es que el superior de la Comunidad debía seguir viviendo en la casa de los Gondi.
- La suma de 45.000 libras debía invertirse en fondos de tierras o en rentas constituidas, de modo que los beneficios e ingresos permitieran a los sacerdotes atender a su manutención y necesidades. La propia congregación sería su gestora.
- A la muerte de Vicente, sus sucesores debían ser elegidos por mayoría de votos cada tres años.
- Los de Gondi fueron declarados fundadores de la obra con derechos y prerrogativas concedidos a perpetuidad. Sin embargo, renunciaban al nombramiento de cargos e imponían obligaciones en materia de misas y funerales.
c) A continuación las obligaciones que adquiere la nueva Congregación:
- Se llamaría «Compañía, Congregación o Hermandad de Padres o Sacerdotes de la Misión» con vida en común y bajo la obediencia de un superior.
- En cuanto al modus opera ndi de la Congregación, los términos del contrato reflejaban la experiencia de Vicente en los ocho años anteriores.
- Cada cinco años, los sacerdotes de la Misión tenían que realizar labores misioneras en tierras de los donantes; el resto del tiempo podían emplearlo en servir al prójimo, especialmente en asistir espiritualmente a los «pobres forzados» (condenados a galeras).
- Tenían que trabajar de octubre a junio en misiones en el campo; servir un mes en la Compañía; retirarse quince días para un retiro espiritual de tres o cuatro días; un periodo para preparar otra misión. En los meses de verano los sacerdotes de la Compañía debían asistir en las aldeas a los párrocos que los solicitaban, sobre todo los domingos y los días de fiesta.
4. Del mensaje del Papa Francisco
«Rezo para que este significativo aniversario sea una ocasión de gran alegría y de renovada fidelidad a la concepción del discipulado misionero, fundado en la imitación del amor preferencial de Cristo por los pobres». Con estas palabras, el Papa Francisco expresa, en un mensaje dirigido al Superior General de la Congregación de la Misión, padre Tomaž Mavrič CM, su cercanía con motivo del cuarto centenario de la Congregación de la Misión, fundada por San Vicente de Paúl el 17 de abril de 1625.
San Vicente consideró, sin embargo, que el 25 de enero de 1617 era la fecha efectiva de fundación, en recuerdo de la conciencia adquirida al sentirse llamado a llevar el Evangelio a los pobres.
En su mensaje, el Papa Francisco recorre los primeros pasos de la Congregación de la Misión, destacando su crecimiento hasta el día de hoy. Reflexiona sobre la herencia espiritual, el celo apostólico y el cuidado pastoral que San Vicente de Paúl transmitió a toda la Iglesia universal.
El Papa expresa su deseo de que las celebraciones del cuarto centenario resalten los aspectos esenciales de la acción del santo, para que hoy, al igual que ayer, puedan beneficiar a los jóvenes: «Espero que las celebraciones del cuarto centenario subrayen la importancia de la concepción de San Vicente sobre el servicio a Cristo en los pobres, para la renovación de la Iglesia de nuestro tiempo, en el seguimiento misionero y en la ayuda a los necesitados y abandonados en las muchas periferias de nuestro mundo, y en los márgenes de una cultura superficial y ‘de usar y tirar’. Estoy convencido de que el ejemplo de San Vicente puede inspirar de manera especial a los jóvenes, quienes, con su entusiasmo, generosidad y preocupación por construir un mundo mejor, están llamados a ser testigos audaces y valientes del Evangelio entre sus compañeros y dondequiera que se encuentren».
Son muchos, en todos los continentes, quienes han hecho propia la espiritualidad vicenciana y la han vivido heroicamente siguiendo los pasos de San Vicente. Como subraya el Santo Padre, lo han hecho impulsados por ese «fuego de amor»que ardía en el corazón del Hijo de Dios encarnado y que lo llevó a identificarse con los pobres y marginados.
La Familia Vicenciana sigue hoy iniciando obras de caridad, emprendiendo nuevas misiones y ayudando en la dirección espiritual, así como en la formación del clero y de los laicos. Ejemplo de ello es la Sociedad de San Vicente de Paúl, fundada en 1833 por el beato Federico Ozanam, que el Papa define como «una fuerza extraordinaria de bien al servicio de los pobres, con cientos de miles de miembros en todo el mundo».
El Papa recuerda también otras dos fundaciones vicencianas: en 1617, las «Confraternidades de la Caridad», conocidas hoy como Asociación Internacional de Caridad o Voluntariado Vicenciano, y en 1633, junto con Santa Luisa de Marillac, las «Hijas de la Caridad», que el Santo Padre califica como «una forma revolucionaria de comunidad femenina» para su tiempo. Mientras las religiosas de entonces vivían en monasterios, San Vicente animó a sus hermanas a salir a las calles de París para cuidar a los pobres y enfermos.
Hoy, los hijos espirituales de San Vicente manifiestan una creatividad similar con iniciativas como la Alianza de la Familia Vicenciana con las personas sin hogar. Este proyecto internacional, inspirado en San Vicente, quien en 1643 construyó trece casas para los pobres en París, busca proporcionar viviendas asequibles para personas sin hogar.
Concluye su mensaje impartiendo la Bendición Apostólica y citando a San Vicente: «Rezo para que, inspirados por su Fundador, puedan seguir modelando su vida y su trabajo según la exhortación a la humildad y al celo apostólico que él dirigió a los primeros miembros de la Congregación: ‘Dediquémonos con renovado amor al servicio de los pobres, busquemos incluso a los más miserables y abandonados. Reconozcamos ante Dios que ellos son nuestros señores y amos, y que no somos dignos de prestarles nuestros humildes servicios».
P. Mitxel Olabuénaga, CM















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