Jesús vivió en una sociedad patriarcal. La mujer dependía de un hombre para que protegiera sus derechos: un padre, un marido, un hijo. Una viuda podía encontrarse en una situación particularmente vulnerable. A menudo se las menciona entre los pobres tanto en las enseñanzas judías del Antiguo Testamento como en el corazón de Jesús. Los Evangelios nos ofrecen las historias de la viuda con hemorragias, la viuda de Naín y la viuda que ofrece su óbolo. Jesús siente una profunda compasión por este grupo marginado y actúa en su favor. El Evangelio de Lucas nos invita a considerar la parábola de una viuda que necesita ayuda legal.
Un juez, también presente en la historia, se encuentra en el extremo opuesto del espectro del poder respecto a la viuda. Siempre un hombre y una figura poderosa, su papel consistía en interpretar la Ley y dictar juicios importantes entre las personas. Un juez sería alguien bien establecido y con una influencia considerable. El juez del Evangelio de hoy no es precisamente un personaje atractivo. Dos veces insiste en que no teme a Dios ni respeta a ningún ser humano. Lo único que le preocupa es su propio bienestar. Observamos que, finalmente, toma una decisión a favor de la viuda precisamente movido por ese deseo de protegerse a sí mismo.
En la parábola, reconocemos que la viuda no busca caridad ni pretende aprovecharse de nadie. La historia insiste una y otra vez en que lo que ella busca es justicia. “Hazme justicia contra mi adversario” es su clamor constante. Cuando el juez sale de su casa por la mañana, allí está ella: “Hazme justicia contra mi adversario”. Cuando él se sienta en su despacho, ella permanece fuera, junto a la ventana: “Hazme justicia contra mi adversario”. Cuando va a comer, ella se sienta en otra mesa: “Hazme justicia contra mi adversario”. Cuando regresa a casa por la noche, ella le sale al encuentro en el camino: “Hazme justicia contra mi adversario”. Y, finalmente, él lo hace.
Lo que ha ganado la partida no ha sido una intervención influyente, ni un argumento sofisticado, ni una petición con mil firmas. La simple perseverancia y la claridad del mensaje han llevado la súplica de la viuda al triunfo. No tenía mucho a su favor, pero utilizó lo que tenía. Y Dios bendijo sus esfuerzos.
Nos gustan las historias como esta.
Cuando reflexionamos sobre la importancia de nuestro trabajo, esta historia puede ofrecernos una lección particular. Escuchamos la llamada a ser perseverantes. Queremos ser fieles a la oración y a nuestras demás responsabilidades. Queremos cumplirlas con dedicación, con la mayor entrega posible y con claridad de intención. “Estoy realizando esta tarea por el bien de la comunidad, al servicio de los pobres y en obediencia al plan de Dios para la Iglesia”. Nuestros esfuerzos constantes contribuyen a la tarea común y buscan asegurar apoyo y justicia para quienes sufren opresión. La sencillez y la perseverancia deben caracterizar tanto nuestra manera de orar como nuestra manera de vivir en virtud constante.
Vicente nos enseña: “La perfección consiste en la perseverancia invariable por adquirir las virtudes y progresar en ellas” (SVP ES II, 106).













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