“El amor —enseñaba san Vicente—, es inventivo hasta el infinito”. El ejemplo que inspiró esta observación fue el más alto ejemplo de amor y creatividad: la institución de la Eucaristía por Jesús, quien reconoció que “su ausencia podía ocasionar algún olvido o enfriamiento en nuestros corazones” (SVP ES XI-3, 65) y, por eso, quiso asegurar su presencia continua entre nosotros. A lo largo del tiempo, se nos invita con frecuencia a participar de Él, a unirnos a Él física y espiritualmente; a entrar en comunión.
Esta comunión nos une con todo el Cuerpo de Cristo, el cuerpo de la Iglesia, formado por todos los fieles. La comunión nos une con Jesús y entre nosotros. El beato Federico reflexionó sobre este efecto del sacramento y dijo a un amigo: “Cuando no he podido estar contigo… te he encontrado en el altar. Creo firmemente que cuando comulgo, estoy en estrecho contacto con mis amigos, todos unidos al mismo Salvador” [Baunard, 381]. Cuando recibimos la Comunión, nunca estamos solos: estamos en comunión.
Sin embargo, nuestros amigos y familiares aquí en la tierra no constituyen la totalidad del cuerpo de la Iglesia. Como explicó santa Luisa, “la Sagrada Comunión del Cuerpo de Jesucristo nos hace participar realmente en el gozo de la Comunión de los Santos del Cielo” [SL, Pensamientos, 688]. Y como reconocía Federico, esa “misteriosa correspondencia que la Iglesia llama comunión de los santos” nos recuerda “que esos difuntos queridos no nos olvidan aunque nos olvidemos de ellos, que piensan en nosotros, que nos aman, que rezan por nosotros, que tal vez nos acompañan como invisibles protectores” [carta a Paul Brac de la Perrière, de 19 de enero de 1836].
Tras la muerte de su madre, escribió que, al comulgar, “me parece que ella le sigue [a Cristo] hasta mi pobre corazón… Entonces creo firmemente en la presencia real de mi madre a mi lado” [Baunard, 158]. De hecho, el Catecismo enseña que “la comunión de los santos es la comunión de los sacramentos […]. Pero este nombre es más propio de la Eucaristía que de cualquier otro, porque ella es la que lleva esta comunión a su culminación” [CIC, 950]. A su vez, la Eucaristía nos impulsa a compartirnos generosamente con el prójimo, como hacía Federico, que visitaba los hogares de los pobres después de la Misa. “Así devolvía a Nuestro Señor —escribió su biógrafo—, en la persona de sus pobres que sufrían, la visita que acababa de recibir de Él en la Sagrada Eucaristía” [Baunard, 209].
La Regla de la Sociedad de San Vicente de Paúl, al explicar nuestro camino común hacia la santidad, destaca especialmente nuestra “devoción a la Eucaristía” [Regla, Parte I, 2.2]. ¿Cómo podría ser de otro modo? Somos el Cuerpo de Cristo, y al recibir el Cuerpo de Cristo en el sacramento, quedamos unidos en la fe, unidos en el amor, unidos en los sacramentos, unidos con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y finalmente, unidos con aquellos a quienes Cristo vino especialmente a servir y bendecir, para que también nosotros podamos entregarnos a ellos plena y creativamente.
Contemplar
¿Con qué frecuencia recibe mi Conferencia la Eucaristía en comunidad?
Por Timothy Williams
Director Senior de Formación y Desarrollo de Liderazgo
Sociedad de San Vicente de Paúl USA.













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