La chispa divina del amor de Cristo que Dios nos ha dado
¿Qué pasaría si viviéramos creyendo de verdad que la chispa divina del amor de Cristo está dentro de nosotros? ¿Cómo serían nuestras vidas?
Muchos de nosotros nos sentimos frustrados e indignados porque el presidente de los Estados Unidos cree tener el poder de infundir miedo en el pueblo de nuestro país; porque piensa que puede atropellar al pueblo estadounidense intimidando a quienes trabajan, a quienes hacen grande a América, y a quienes son expulsados o viven atemorizados en los Estados Unidos.
Impulsados por la chispa del amor divino que reconocemos en todas las personas, alzamos la voz contra el trato deshumanizador e inmoral que se inflige a los refugiados, solicitantes de asilo e inmigrantes, así como a los propios ciudadanos estadounidenses a quienes el presidente amenaza con la deportación simplemente porque no nacieron en los Estados Unidos.
Interpelamos a nuestros representantes electos y a la jerarquía de la Iglesia católica para que unan sus voces a las nuestras y exijan que el ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) sea apartado de las escuelas, los lugares de culto, los restaurantes, los centros de trabajo y los espacios de ocio en los que este organismo considera que se reúnen “ilegales” que pueden ser detenidos y deportados con escasas explicaciones.
Como vicencianos, nos esforzamos por ayudar a todos los necesitados, porque la Persona de Jesús, a quien seguimos, nos mandó amarnos los unos a los otros como Él nos ama, y vemos el rostro de Cristo en cada persona que encontramos. Como ciudadanos, políticos y miembros del clero, tenemos el deber y la obligación moral de unir nuestras voces para exigir el fin de las detenciones masivas y deportaciones que separan familias y aumentan la pobreza entre nuestros hermanos y hermanas inmigrantes. Debemos exigir a los políticos que colaboren, más allá de los partidos, en la Cámara y en el Senado, para crear un camino hacia la ciudadanía para quienes llegan a este país buscando asilo y una vida mejor. Y debemos invitar a nuestros párrocos, obispos y a toda la Iglesia a pronunciarse públicamente, como lo hizo el papa Francisco y como ha comenzado a hacerlo el papa León.
Esa chispa divina del amor nos impulsa no solo a realizar buenas obras, sino también a hablar con valentía, a defender, a interpelar a nuestros líderes políticos y religiosos para que reconozcan la chispa divina en todo ser humano. Lo hacemos, porque tanto amó Dios al mundo…
Sandy Figueroa
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